SUCESORES DE LOS APÓSTOLES

Expedición hasta los orígenes

 

Hemos pasado, como si la cosa fuese de sí, del colegio de «los Doce», al de los Obispos, y de Pedro, al Obispo de Roma.

¿Va realmente tan de sí? No, ciertamente, que no se trata de una verdad evidente por sí misma y, por lo tanto, es necesario demostrarla.

Veamos, pues, con mayor detalle las razones que justifican ese paso, es decir, que nos permiten estar seguros de que los Obispos son los sucesores de los Apóstoles y el Papa de San Pedro, y esto por voluntad de Cristo.

Es un aspecto importante de lo que queremos decir cuando afirmamos que la Iglesia es apostólica.

Una convertida de nuestro siglo, Marie Carré, debe precisamente a este estudio su entrada en la Iglesia católica. Vamos a acompañarla, siguiendo a grandes trazos el itinerario que ella misma describe ampliamente y con abundancia de citas en su libro «J’ai choisie l’unité».

Ya de muy joven le sorprendía que los pastores calvinistas -había nacido, en efecto, en una familia calvinista y como tal había sido educada en esta rama de la Reforma protestante- hablasen tanto de la Biblia y tan poco de la Historia de la Iglesia y, sobre todo, de los primeros cristianos. Si les preguntaba cuándo la Iglesia católica se había apartado del Evangelio, las respuestas eran siempre imprecisas o evasivas.

Tan pronto como estuvo en condiciones, se determinó a remontar por sí misma el curso de la Historia, a partir del siglo XVI -cuando Lutero y sus seguidores dejaron la Iglesia católica-, en busca de ese gravísimo acontecimiento.

 

En la Edad media ya existía la Iglesia católica

 

Ningún rastro del mismo encontró en la Edad Media. Desviaciones e incoherencias de la conducta en fieles y pastores, con respecto a lo que creían y profesaban, sí, muchas, más o menos como en todos los tiempos. La doctrina, tanto en materia de fe, como de costumbres, los sacramentos, la organización eclesial, eran esencialmente los mismos que en el siglo veinte.

Verdad es que el Cisma de Oriente, iniciado en el siglo V y consumado en 1054, le llamó particularmente la atención. Los cristianos de Oriente y la Iglesia latina se separaban. Las causas eran complejas. Sólo dos, sin embargo, parecían afectar a la sustancia del dogma católico: la relativa al origen del Espíritu Santo en el seno de la Santísima Trinidad y la del Primado de jurisdicción del Obispo de Roma sobre la Iglesia universal.

En cuanto a la primera -los Griegos sostienen que el Espíritu Santo procede del Padre por el Hijo, y no admiten la expresión de la Iglesia Romana: que procede del Padre y del Hijo-, le pareció, y no sin motivo, una sutileza teológica, más que una divergencia profunda.

La segunda, sí, era importante y coincidía con el rechazo inicial de la Reforma. ¿Será en este momento cuando la Iglesia Católica abandona el Evangelio?

Para salir de dudas, se pregunta: ¿El Obispo de Roma es de verdad el sucesor de Pedro? El Primado que los católicos reivindican para el Papa, ¿se habrá ido introduciendo progresivamente durante estos siglos, o ya era admitido antes por la Iglesia, en Oriente como Occidente?

 

 El Obispo de Roma en los siglos IV a IX

 

Historia arriba, descubre que durante los siglos IV al IX han tenido lugar los primeros concilios ecuménicos -Nicea (325), Constantinopla I (381), Éfeso (431), Calcedonia (451), Constantinopla II (553), Constantinopla III (680), Nicea II (787) y Constantinopla IV (869)-. Todos han sido celebrados en Oriente.  En todos ha estado presente el Obispo de Roma, por medio de sus legados, y su autoridad ha sido siempre reconocida. El concilio Constantinopolitano I, queriendo exaltar al Patriarca de Constantinopla, afirmará que le corresponde el primado de honor, después del Obispo de la antigua Roma.

 

Marie Carré constatará que ninguno de los Padres de la Iglesia, tanto latinos, como griegos, ha puesto en duda la autoridad suprema del Papa. Leerá el «Roma locuta est, causa finita est»  -Roma ha hablado, la causa ha terminado- de San Agustín.

La autoridad del Papa en el siglo III

Proseguirá su ascensión y se encontrará con que en la segunda mitad del siglo III S. Esteban I, Papa, actúa con autoridad en el caso de dos obispos españoles, Basílides y Marcial, así como en el del obispo de Arlés, Francia, Marciano. De esta misma época es el libro de San Cipriano, Obispo de Cartago, De la unidad de la Iglesia católica, escrito probablemente hacia el año 251. En él ve que este obispo llama a la iglesia de Roma la silla de Pedro y la iglesia principal, de donde procede la unidad de los obispos. También encuentra esta pregunta, que en la mente del autor es una afirmación: ¿El que abandona la Cátedra de Pedro, sobre la cual ha sido fundada la Iglesia, ¿puede gloriarse de estar en la Iglesia?

Esta es la fe de Cipriano, aun cuando su conducta no concordara siempre perfectamente con ella.

En la primera mitad del mismo siglo, ve cómo el Papa San Calixto excomulga de la Iglesia al hereje Sabelio. Y los mismos herejes reconocen la primacía del sucesor de Pedro, apelando a él contra las decisiones de los propios obispos. Así, Valentín y Marción; así, los montanistas de Frigia. A Roma acuden también los presbíteros del Obispo de Alejandría, Dionisio, a querellarse ante el Sumo Pontífice, que en aquel momento lleva también el nombre de Dionisio (259-264).

También en el siglo II

Cuando llegue a San Ireneo (115-202), segundo obispo de Lyon, que de niño ha conocido y oído a San Policarpo de Esmirna, discípulo a su vez del Apóstol San Juan, encontrará, en su célebre libro «Contra las herejías», una manera práctica y segura de saber si una determinada doctrina es realmente apostólica: basta recurrir a la Iglesia de Roma y ver si es enseñada por ella. Así de sencillo. Porque, añade, «es necesario que con esta Iglesia concuerde, a causa de su autoridad superior, toda la Iglesia, es decir todos los fieles del mundo, pues en ella se ha conservado la tradición que viene de los apóstoles» [Adv. Haer. 3, 3, 2].

E, inmediatamente antes, otro texto importante de Ireneo había llamado la atención de Marie: 

«La tradición de los apóstoles, que ha sido manifestada en el mundo entero, puede ser percibida en cualquier Iglesia por todos los que quieren ver la verdad. Y podríamos indicar los nombres de los obispos que fueron establecidos por los Apóstoles en las Iglesias y sus sucesores hasta nosotros» [Ibidem., 3, 3, 1]..

Y esto que  Ireneo decía de los obispos de su tiempo en general, es particularmente cierto del de Roma. Es conocida la lista entera de los sucesores de Pedro, desde San Lino, el primero, hasta Juan Pablo II.

 

Un testigo de finales del primer siglo

 

A caballo entre el siglo segundo y el primero, topa nuestra guía con San Ignacio, Obispo de Antioquía, discípulo, como San Policarpo, de San Juan. Lee las maravillosas cartas que va escribiendo, a lo largo de su viaje hacia Roma, en donde el año 107 morirá mártir, según sus más ardientes deseos. En ellas aparece constantemente, en cada Iglesia particular, la misma estructura jerárquica de la Iglesia católica de hoy: Obispo, presbíteros, diáconos, pueblo fiel.

 

Escribiendo a los cristianos de Esmirna les dice: «Seguid todos al obispo, como Jesucristo al Padre; y al colegio de los presbíteros, como a los apóstoles. A los diáconos tenedles en la misma reverencia que a los mandamientos de Dios. Que nadie haga nada de cuanto atañe a la Iglesia sin contar con el obispo. Que se considere auténtica sólo aquella eucaristía que es celebrada por el obispo o por quien de él tenga autorización. Dondequiera apareciere el obispo, allí también esté el pueblo, al modo que donde está Jesucristo, allí está la Iglesia católica».

Y en la que escribe a los Romanos, puede leer: «Ignacio, por sobrenombre Teóforo -Llevado por Dios, o también Portador de Dios-, a la Iglesia que alcanzó misericordia en la magnificencia del Padre altísimo y de Jesucristo, su único Hijo; la que es amada y está iluminada por voluntad de Aquel que ha querido todas las cosas que son, conforme a la caridad de Jesucristo, Dios nuestro; la cual, además, preside en representación de Dios el lugar de los romanos; digna de Dios, digna de todo decoro, digna de toda bienaventuranza, digna de alcanzar su deseo, y puesta a la cabeza de la caridad, seguidora como es de la ley de Cristo, ornada con el nombre del Padre...»

«Puesta a la cabeza de la caridad...» ¿A quién alude con la palabra caridad? Ciertamente a la Iglesia fundada por Jesucristo, a la que El ha dado el mandamiento nuevo «Amaos los unos a los otros, como yo os he amado».

El obispo de Roma en tiempos todavía apostólicos

 

Llegando ya a los mismos tiempos apostólicos -todavía vive Juan, el discípulo a quien Jesús quería tanto-, descubre que el tercer sucesor de Pedro en Roma, San Clemente, se siente en el deber de intervenir autoritaritativamente -sin que nadie, ni el mismo Juan, que vive mucho más cerca, lo considere una intromisión- en la Iglesia de Corinto, dividida por haber sido depuestos algunos presbíteros de la misma.

En su carta, escrita por los años 96-98, Clemente razona así: «Los Apóstoles nos predicaron el evangelio del Señor Jesucristo; Jesucristo fue enviado de parte de Dios, los Apóstoles vienen de Cristo. Por la resurrección de nuestro Señor fueron llenos de certeza y por la palabra de Dios fueron afianzados en la fidelidad. Así pues, a medida que pregonaban por los lugares la buena nueva, iban estableciendo a los que eran las primicias, después de probarlos por el Espíritu, como obispos y diáconos de los que habían de creer».  Y más adelante: «También los Apóstoles supieron que habría discusiones acerca del ministerio episcopal; por ello dieron una instrucción precisa para que, cuando muera un obispo, recojan su servicio otros varones probados: considero, pues, una injusticia que hayan sido depuestos quienes fueron constituidos obispos con el asentimiento de toda la comunidad, que han servido sin reproche a la grey de Cristo y han obtenido un buen testimonio de parte de todos».

La carta de Clemente se leerá en Corinto durante mucho tiempo en las mismas celebraciones litúrgicas.

De suerte que, en toda esta ascensión histórica, Marie Carré se ha ido encontrando siempre con la persuasión, por parte de ellos mismos y del pueblo, de que los obispos son los legítimos sucesores de los Apóstoles y de que el Obispo de Roma, por ser el sucesor de Pedro, tiene en la Iglesia una autoridad preeminente. Los últimos testigos de esta persuasión son, como acabamos de ver, Ignacio y Clemente.

¿Y los Apóstoles?

Ahora, ya no le queda sino ver cómo actuaron los Apóstoles. Vuelve a leer el Nuevo testamento y en particular las cartas de San Pablo. Tres llaman más especialmente su atención: las dirigidas a Timoteo -dos- y a Tito -una-.

En esas cartas, llamadas pastorales, Pablo, viendo cercana la muerte, se dirige a los dos discípulos, para recordarles sus deberes e indicarles la conducta que habrán de observar en adelante. Alude a la imposición de las manos, de donde deriva su autoridad y responsabilidad. Les encomienda que vayan constituyendo presbíteros por las ciudades y les da instrucciones sobre la persona y cualidades de estos presbíteros, de los diáconos y de los mismos obispos

Nota_____________

La terminología no estaba todavía bien precisada. Obispo podía signifcar simplemente sacerdote, y presbítero, obispo. Pero para nuestro propósito es lo mismo: es claro que Timoteo y Tito eran obispos en sentido propio, pues tenían el poder de ordenar a otros, poder que sólo a los obispos compete.

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«Tu pues, hijo mío, fortalécete con la gracia de Cristo Jesús, y las cosas que oíste de mi ante muchos testigos confíalas a hombres fieles que sean capaces de enseñar a otros [2Tim 2, 1-2]. El motivo de haberte dejado en Creta, fue que acabaras de organizar lo que faltaba y establecieras presbíteros en cada ciudad, como ya te ordené»

Nota______________

Tit 1,5. Habría que citar también por entero el capítulo tercero de 1Tm, con la conclusión: «Aunque espero ir a verte pronto, te escribo estas cosas por si tardare, a fin de que sepas conducirte en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad».

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La misión primordial de ambos discípulos, como la de aquellos que vayan instituyendo en el orden sacerdotal será guardar el depósito de la fe, estar dispuesto a confesarla y anunciarla:

«Yo te conjuro ante Dios y Jesucristo que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, por su venida y por su reino: predica la palabra, insiste oportuna e importunamente, arguye, reprende, exhorta, con toda paciencia y doctrina. Pues vendrá un tiempo en el que no soportarán la sana doctrina, sino que arrastrados, por sus pasiones y afán de novedades, se rodearán de maestros que les halaguen los oídos, y dejarán la verdad para volverse a las fábulas» [2Tim 4, 1-4] .

Todo esto está en harmonía con la misión que Jesús ha confiado a sus Apóstoles: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Es claro, en efecto, que los Apóstoles no podían por sí mismos evangelizar a todo las naciones y que no habrían de permanecer en la tierra personalmente hasta el fin de los siglos. Jesús hablaba a los Apóstoles no como a personas físicas, sino como a un colegio, duradero más allá de la supervivencia de sus primeros componentes, al que se confiaba la autoridad de la Iglesia.

Marie tiene bastante. No sólo no ha encontrado desviación en la Iglesia católica respecto a lo establecido por Cristo y los Apóstoles, sino que ha descubierto en la misma una fiel transmisión de lo enseñado y establecido por ellos. La Iglesia católica ha ido adaptándose a tiempos y lugares, adoptando formas y expresiones nuevas, según ha creído que lo exigían las circunstancias, ha progresado en la comprensión de la Palabra revelada. Es verdad que ha tenido miembros e incluso pastores indignos, pero, a pesar de ello -y este es un nuevo punto a su favor- ha conservado fielmente el depósito y en ella subsisten todos los elementos esenciales de la Iglesia que Cristo fundó sobre los Apóstoles: la misma estructura jerárquica, la misma doctrina en cuanto a la fe y las costumbres, los mismos sacramentos.

Cuando deshaga el camino recorrido, descendiendo desde los orígenes hasta nuestros días, Marie Carré comprenderá por qué las iglesias orientales han perdido la unidad que Cristo quiso y pidió en su oración sacerdotal para sus discípulos, se han vuelto autocéfalas, independientes las unas de las otras y, no raras veces, sometidas a los poderes temporales. Comprenderá asimismo por qué las iglesias nacidas de la reforma protestante se han dividido y subdividido en miles de confesiones y sectas. A unas y a otras les falta el principio de unidad y estabilidad, la piedra, Pedro y sus sucesores, que Cristo, «Piedra que desecharon los constructores y que ha venido a ser la Piedra angular» [Hch 4, 11] , quiso poner en su propio lugar. Comprendió... y optó por la unidad. De ahí el título de su libro: «Yo he elegido la unidad».