¡Benéficas distracciones!

 

Ya lo dije: las distraccio­nes no deben constituir una seria dificultad para orar, sino una ocasión de purifi­cación e incluso de mejor oración.

 

Se cuenta de santa Te­resa del Niño Jesús que combatía las distracciones orando por el objeto de las mismas.  Por ejemplo: si en la oración la distraía -la mo­lestaba incluso- el ruido no­table que una hermana ha­cía con el rosario en el ban­co de la capilla, lo que se­guramente hacía era orar más decididamente por esa hermana. ¡Y ya estaba oran­do sin más preámbulos!  Y por eso mismo amándola sin concesiones.  Lo que hacía que la oración tuviera mayor calidad, la de¡ amor.

 

Para nuestro provecho, existen otras maneras de servirse de las distracciones en la oración, y por tanto sernos muy beneficiosas.

 

En vez de estar comba­tiendo distracciones y enfrentándolas directamen­te, -lo que produce cansan­cio, desgaste psíquico y es­piritual e incluso verdadera distracción- debemos apro­vecharlas para un mayor y mejor conocimiento perso­nal.  Me explico.

 

Las distracciones están revelando de ordinario ten­dencias profundas más o menos conscientes, e inconcientes también. Incluso pueden estar dando a conocer las raíces negativas de esas tendencias.

Si es así, las distracciones pueden ayudarnos mucho -sin duda, además- a conocernos con mayor profundidad.

 

Un ejemplo.  Durante la oración me percibo dominado por sen­timientos de tristeza, angustia, dolor... O bien imágenes que he visto en la TV o en la calle. ¿Me van a distraer esos sentimientos o aquellas imágenes?  Depende de mí.  Lo que debo hacer es ofrecerlos confiadamente al Señor y, unido a Él, buscar su ori­gen. ¿De dónde proceden?

 

Tal vez descubra que estoy así por un reproche o un desplan­te que se me ha hecho.  Pero, ¿por qué el reproche me tiene triste, angustiado...? Seguramente porque mi orgullo ha sido herido y por esa herida segrega tristeza. ¡Casi nada!

 

Detectada la causa de mi tristeza o distracción, -cosa que he hecho en oración y me han ayudado a ello las distracciones­ puedo ahora sobre todo corregirme.

 

La oración y las distracciones bien aprovechadas, me han permitido detectar las tendencias negativas más profundas.  Lo cual debe orientarme a una oración humilde, en la autenticidad y en la verdad para con Dios y conmigo mismo.  Esto me permite identificar esas tendencias e irías sanando, con la ayuda de la gracia de¡ Señor, que no me faltará.

Pero todavía hay algo más.

 

Las distracciones pueden sernos muy útiles, siempre que sepamos aprovecharlas, para situarnos y resituarnos pacífica­mente en lo esencial de la oración.  Y lo esencial de la oración es la "atención amorosa" en la fe. 0 lo que es lo mismo: tratar de amar a quien sé que me está amando.

 

"Atención amorosa" y "tratar de ama@' es tener la voluntad abierta a la voluntad de Dios (que es quien me está amando) y orientada a Él, ponerla en práctica en mi vida. ¡Así de simple!

 

¿Que tenemos distracciones en la oración?  No las elimina la atención psicológica, el fervor sensible o la buena postura corpo­ral, aunque ayuden; sino el volver a lo esencial y mantenerse en ello.  Entonces, nada mejor que orientar hacia Dios el hondón del ser, el corazón, la voluntad, renovando serenamente actos de fe, esperanza y amor, para mantenernos en aquella "atención amo­rosa". ¿Vale?

 

Lector amigo, oro contigo y por ti. ¿Quieres hacerlo por mí?

 

La práctica orante

 

1.    Si es el momento de la oración, sin dudarlo, ponte generosamente a orar.

No dudes que se sabe por experiencia que para poder entrar en oración hay que ordenar el corazón.  Para desear y sobre todo alcanzar un Encuentro de comunión y amor que se precie de tal, ahí, en el corazón, en tu corazón, pregúntale: ¿Cómo he predispuesto el corazón?  Ordénale con calma, pues es más difícil que ordenar un lugar material.  Ordénale con orden... Ordénale con las mejores intenciones.... y saneándole de las peores... Ordénale queriendo.... creyendo y queriendo Encontrarte con el Señor en tu corazón.  Repite esa "operación", si es necesario hasta que te centre y te meta en la oración.  Ten sólo deseos de unión, ­comunión...

 

2.    ¿Percibes alguna molesta distracción o preocupación?  Ya sabes: aprovéchala.  Ante todo, reconociéndola como tal y tuya, no de otro.  Así estás ahora mismo.  Reconocidas y aceptadas las dificultades, ofrécelas generosamente. Éste es el ofertorio de tu misa íntima... Ofrécelas con toda seguridad de fe: son aceptadas y transformadas por el Señor... Ahora mismo... Él ve tu oferta pobre, pero hecha en una patena rica porque viva de amor y fe, que eres tú, persona orante... en la Presencia de¡ Señor.  Aprende, es fácil, a hacer este ofertorio con tus propios límites interiores e incluso distracciones.

 

3.    Y no olvides: si te molestan notablemente esas distracciones, si sufres en tu corazón porque te hieren y parece que impiden tu paz o su Presencia, entonces, es muy posible que no estés realmente distraído. ¿Qué hacer?  Simplemente querer estar con el Señor así. Él se hizo sufrimiento y por tanto en el sufrimiento o en la dificultad está el Señor.  Nada te inquiete: asume serenamente y con todo el amor posible ese sufrimiento, signo de una doble presencia: la Suya para ti, y la tuya, aunque parezca muy pobre, para El... Ahí y así, se purifica el amor y se purifican las raíces de los desórdenes que pudieran ser causa de las dificultades que surgen en ti... Ten ánimo... Ten paz... Espera con serenidad.

4.    Quien está agitado, excitado, distraído, dolorido -lo que fuere- no puede encontrar en un breve momento la serenidad absoluta. ¿Y entonces?  La recitación lenta, vocal o no, de¡ nombre de Jesús.... Jesús.... Jesús.... hecha con ternura y delicadeza y sin querer más ni pasar adelante, puede ir logrando el apaciguamiento e ir dando paso a la atrac­ción divina que quita las palabras de la boca y va instalando el silencio de la Presencia que llena de¡ todo, te llena de¡ todo, sin mayor esfuerzo.  Si es el caso ahora, inténtalo...

 

5.    Termina dando gracias.  Siempre, siempre hay que ser muy agradecido con el Señor.  Convencido, además, de que ahora Dios te quiere en otra parte y en otras tareas.  Todas las obras de¡ orante son para la gloria de Dios y nunca para la propia gloria. ¡Que sea Dios glorificado con mis obras y que yo me mantenga en su humilde servicio y el de mis hermanos!

 

 

Junio-Julio 2004