SAN VICENTE,
Diácono, Mártir
del Imperio Romano
Diácono en la primitiva
iglesia Caesaraugustana, —hoy Zaragoza—, es objeto
predilecto de la persecución romana. Por
orden expresa del procónsul Daciano, es vigilado, controlado y finalmente
apresado.
Atado y en carretón le
llevan, en compañía de su obispo Valero, hasta Valencia.
Dado el insignificante
número de seguidores de Cristo en esa colonia romana, Daciano la elige para
deportar allí a ambos, apartándoles de la incansable labor apostólica que
realizan en Zaragoza.
“Haciéndoles desaparecer se disolverán las
comunidades que han creado”.
Vicente y Valero, llegados a
la cuidad del Turia, son sometidos a prisión, cadenas y hambre. Es el año 304.
Dan constante testimonio del
Hijo de Dios. Le dan a conocer a través
de las rejas.
Se les incrementan las
penas. Duro tormento que soportan con
sorprendente entereza. ” Sus fuerzas no disminuyen; alguien toma a su cargo su manutención. Decreto que Valero parta al destierro. Vicente, el rebelde cristiano, permanezca
recluido”, se lee en un acta de su proceso
redactada por funcionarios romanos.
Prueba de nuevo la
tortura. Conoce en sus carnes la muela
trituradora, la parrilla ardiente erizada de puntas, los azotes, la falta de
comida, la soledad, el cruel abandono.
“Ten compasión de ti, no pierdas la flor de la vida en
esta primavera de tu edad. Te encuentras
en los primeros años. No acortes tu vida. Deja de predicar a ese Jesús”, dice Daciano a Vicente.
“Viperina lengua del diablo que tientas al Señor y Dios
mío. No temo tus tormentos, lo que temo
es que finges compadecerte de mí.
Confieso que el Señor Jesucristo es Hijo único unido al Eterno Padre y
acepto que es un solo Dios con el Padre.
Me debes atormentar si miento, si acepto a tus príncipes como dioses”, son fragmentos recogidos
de sus declaraciones.
Golpeado, flagelado,
quemado. Su espíritu permanece “vencedor”
como sugiere la etimología de su nombre.
“La confesión de Cristo me
da fuerza para vencer todo”.
Las heridas sobrevienen a
las heridas; las abominaciones de los
verdugos sobrevienen a las abominaciones de los verdugos.
Daciano ordena arrojarlo a
un hueco tenebroso. —la denominada hoy “cárcel de San Vicente?—
y ahí “Sus ojos no deben
disfrutar de un respiro de luz, su aislamiento será total no fuera que cobre
ánimos hablando con otros cristianos. Su
recinto bien cerrado. Los guardianes
tomarán la única providencia de comunicarme su muerte cuando acaezca”.
Su aniquilamiento, su
destrozo físico, sus horrendas heridas se transforman en gloria. Aquel patético lugar de muerte se ilumina
por la noche. “Un gran resplandor sale del calabozo y mientras, el
preso canta. Dice que el confesor de su
Dios siempre sale vencedor”.
El testimonio de los
soldados es conocido por Daciano. “Suprimid los tormentos. No estoy dispuesto a que sea feliz con
ellos. Dejadle morir”
.
Y así, Vicente, “Vencedor
del diablo”,
desfallece agotado víctima del suplicio, de la carencia total de agua y
alimentos. Deja este mundo, entrega su
espíritu a Dios, y Daciano se ceba con su cuerpo yacente.
Lo arrojan en medio del campo. Pero sus restos en la llanura valenciana
parecen estar custodiados por poderes celestiales. No presentan descomposición ni destrozo de
las alimañas.
Manda Daciano “sumergirlo en el Mediterráneo con una piedra
en forma de rueda alrededor del cuello mar adentro, desde donde no se vean los
montes del litoral”.
El cuerpo de Vicente,
conducido por la veloz mano de Dios, es devuelto a las playas y enterrado en la
arena. El Señor se encarga de “avisar” a los creyentes, quienes le encuentran y esconden
en un pequeño refugio donde se le levanta un altar.
Tras la paz de Constantino
(año 313), se le traslada cerca de
Sobre su sepulcro se erige
más tarde una basílica, regida por una comunidad de monjes
hispano-romanos. Posteriormente sus
restos se trasladan por diferentes regiones de España, llegando hasta el
monasterio benedictino del Languedoc francés.
El poeta riojano Prudencio,
en el siglo IV, en su Libro de las Coronas, canta a Vicente como “vencedor de su juez y verdugo. Triunfo del torturado sobre el torturador”.
San Agustín le profesa una
particular devoción. Año tras año, hace
un panegírico de su vida en el día de su fiesta –22 de Enero–, y recoge grandes
episodios de su paso terrenal en cinco sermones conservados en la
actualidad. En ellos contempla la “Victoria
total de San Vicente en la persecución, interrogatorio, tortura y muerte. Vence en la muerte y vence una vez
muerto. Su fortaleza la recibe de Cristo
quien antes derrama su sangre por él y por todos”.
“Vicente todo lo superó
con la ayuda del Señor, combatiendo en dura lucha contra las asechanzas del
antiguo enemigo, contra la bestialidad del juez impío, contra los dolores de la
carne mortal. Da la impresión de ser uno
el atormentado y otro el que habla, cumpliéndose lo que el Señor dice: ... “porque no sois vosotros los que habláis, sino el
Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros”.
Tú que lees, yo que escribo,
estás, estoy, estamos en esa onda? Que Dios Padre envíe su Espíritu, y que
nosotros lo queramos recibir para recoger al final
José Ramón González