PABLO, Y SU ENSEÑANZA

SOBRE LOS SACRAMENTOS (I)

 

Ciertamente san Pablo habla de los sacramentos. Del bautismo habla mucho. De la Eucaristía, bastante. Y también habla del matrimonio. ¿En qué términos? ¿De qué manera? Veámoslo a partir de algunos de sus textos más significativos, con la ayuda de Benedicto XVI.

Gregorio Rodríguez, cpcr

 

Lo sabemos y tenemos experiencia: la historia humana desde el principio está contaminada por el abuso de la libertad creada (pecado de origen), que pretende emanciparse de la Voluntad divina. Este defecto heredado ha ido aumentando y es ahora visible en todas partes. Pero también se ha dado un nuevo comienzo en la historia con Jesucristo, hombre y Dios. Con Él comienza una nueva historia formada por su sí al Padre, fundado en el amor y la verdad. ¿Podemos entrar nosotros en esta nueva historia?

¿Cómo llega Jesús y su sí a mi vida, a mi ser? La respuesta fundamental de san Pablo, y de todo el nuevo Testamento, es ésta: llega por obra del Espíritu Santo. Si la primera historia se pone en marcha, por así decirlo, con la biología, la segunda lo hace en el Espíritu Santo, el Espíritu de Cristo Resucitado. Este Espíritu ha creado en Pentecostés el inicio de una nueva humanidad, de la nueva comunidad, la Iglesia, el Cuerpo de Cristo.

 

El sacramento del Bautismo

¿Cómo llega el Espíritu a ser nuestro Espíritu? Para ser concretos: este Espíritu de Cristo, el Espíritu Santo, llega a ser mi Espíritu, ante todo por la fe y el bautismo en la Iglesia.

El Espíritu de Cristo llama a las puertas de mi corazón, me toca interiormente. Pero ya que la nueva humanidad debe ser un verdadero cuerpo, ya que el Espíritu debe reunirnos y crear verdaderamente una comunidad, ya que lo característico del nuevo comienzo es la superación de las divisiones y la creación de la agregación de los dispersados, este Espíritu de Cristo se sirve de dos elementos de agregación visibles: de la Palabra y de los Sacramentos, particularmente del Bautismo y de la Eucaristía.

Dice san Pablo a los Romanos: «Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo» (10,9); o sea, entrarás así en la nueva historia de vida y no de muerte.

Pablo continúa: «Pero ¿cómo invocarán a aquél en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquél a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán si no son enviados?» (Rm 10, 14-15). Y en un versículo posterior dice de nuevo: «La fe viene de la predicación» (v. 17). Quiere decir que la fe no es producto de nuestro pensamiento, de nuestra reflexión, es algo nuevo que no podemos inventar, sino sólo recibir como un don, como una novedad producida por Dios. Entonces, la fe no viene de la lectura, sino de la escucha. No es una cosa solamente interior, sino una relación con Alguien. Supone un encuentro con el anuncio, supone la existencia del otro que anuncia y crea comunión.

Es más: aquel que anuncia no habla por sí mismo, sino como enviado. Está dentro de una estructura de misión que comienza con Jesús enviado por el Padre, pasa a los apóstoles —la palabra «apóstol significa «enviado»— y continúa en el ministerio, es decir, en las misiones transmitidas por los apóstoles.

Concluyendo: el nuevo tejido de la historia aparece en esta estructura de las misiones, en la que sentimos, en último término, hablar a Dios mismo, su palabra personal, el Hijo que habla con nosotros, llega hasta nosotros.

No en vano, la Palabra se ha hecho carne, Jesús, para crear realmente una nueva humanidad. Por ello la palabra del anuncio se convierte en sacramento del bautismo, que es renacimiento por el agua y el Espíritu, como dirá san Juan. Y también san Pablo habla de un modo muy profundo del Bautismo. Dice así «¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rm 6,3-4). De este texto difícil, quisiera destacar brevemente ahora sólo tres cosas:

La primera: «hemos sido bautizados» es un pasivo. Es decir, nadie puede bautizarse a sí mismo, tiene necesidad del otro. Nadie puede hacerse cristiano por sí mismo. Ser cristiano es un proceso pasivo. Sólo podemos hacernos cristianos por medio de otro. Y este «otro» que nos hace cristianos, que nos da el don de la fe, es en primera instancia la comunidad de los creyentes, la Iglesia.

Quede esto claro: recibimos la fe, el Bautismo, de la Iglesia. Sin dejarnos formar por esta comunidad no podemos ser cristianos. Un cristianismo autónomo, autopro-ducido, es una contradicción en sí mismo. En primera instancia, este «otro» es la comunidad de creyentes, la Iglesia, pero en segunda instancia, tampoco esta comunidad actúa por sí misma, según sus propias ideas o deseos. También la comunidad vive en el mismo sentido pasivo, o sea, recibiéndose de otro: sólo Cristo puede constituir la Iglesia. Cristo es el verdadero dador de los sacramentos. Éste es el primer punto: nadie se bautiza a sí mismo, nadie se hace a sí mismo cristiano. Nos convertimos en cristianos.

La segunda es ésta: el Bautismo es algo más que un lavatorio. Es muerte y resurrección. Pablo mismo, hablando en la Carta a los Gálatas del cambio en su vida a través del encuentro con Cristo resucitado, la describe así: he muerto.

Empieza en ese momento realmente una nueva vida. Ser cristiano es más que una operación estética, que añadiría algo bonito a una existencia ya más o menos completa. Es un nuevo comienzo, es renacimiento: muerte y resurrección. Obviamente, en la resurrección vuelve a emerger lo que era bueno en la existencia anterior.

Y la tercera es que la materia forma parte del sacramento. El cristianismo no es una realidad puramente espiritual, implica al cuerpo. Implica al cosmos. Se extiende hacia la nueva tierra y los nuevos cielos. Volvamos a la última palabra del texto de san Pablo: así -dice- podemos «vivir una nueva vida». Elemento de un examen de conciencia para todos nosotros: vivir una nueva vida. Esto, por el Bautismo.

Es claro. El bautismo es un sacramento importante, muy importante, que aporta algo nuevo y definitivo al ser humano. No es un lavado profundo, o un simple «encuentro espiritual» con el Señor, que nos favorece. No. Es un real encuentro personal con Cristo vivo, como el que tuvo Pablo en el camino de Damasco. Un encuentro que cambia la vida natural del bautizado por una nueva vida: la de Cristo en él. Pensemos. Meditemos. Valoremos. Y vivamos a lo Cristo. Si no, ¿qué hemos hecho con esa vida? ¿Habrá quedado atrofiada?      

G.R.