Los maravillosos remos de las virtudes

En el artículo precedente presentamos el organismo sobrenatural humano —gracia, virtudes y dones del Espíritu Santo—, con la comparación de las virtudes con los remos y de los dones con las velas de un navío, todo dentro de otra metáfora, la que asimila la vida del hombre en este mundo a la travesía de un mar tempestuoso.

 

Qué se entiende por virtud

Hoy quisiéramos penetrar en la función de las virtudes, esos maravillosos remos que nos permiten bogar, aunque sea con esfuerzo, hacia el puerto de la Vida eterna en Dios.

Para ello tendremos que explicar, ante todo, qué se entiende por virtud. Cuando una persona acepta con facilidad los contratiempos de la vida, sin alterarse ni perder los estribos, decimos que  es paciente, tiene la virtud de la paciencia. Lo mismo se dirá de quien realiza con soltura otros actos buenos; se dirá que tiene la virtud correspondiente. Porque la virtud es precisamente eso, el vigor —virtud viene de virtus, palabra latina que significa fuerza— y la facilidad para hacer o practicar de modo ordinario el bien. Así entendida, la virtud se adquiere con la repetición de los actos correspondientes y lleva el adjetivo de humana o natural, porque puede existir naturalmente, sin que sus actos merezcan la vida eterna. Cuando el alma está en gracia, esas virtudes quedan elevadas al orden sobrenatural y sus actos son meritorios. A las cuatro más conocidas, prudencia, justicia, fortaleza y templanza, se las llama también cardinales —del latín cardo, que significa gozne o bisagra—, porque en torno a una u otra de ellas giran todas las demás virtudes naturales. Así, por ejemplo, la castidad y la sobriedad en el comer y beber son virtudes humanas que se relacionan con la templanza.

 

Las tres más importantes

Pero todos sabemos que, en la vida del cristiano, hay otras virtudes, y son las más importantes, que llamamos teologales, porque tienen por objeto a Dios; son tres, fe, esperanza y caridad. Son infundidas por Dios en el alma juntamente con la gracia. Y curiosamente no dan por sí solas la facilidad de ejercer sus actos correspondientes, sino la simple posibilidad. Pero esta posibilidad es mucho más que la de realizar sus actos; es la de merecer con ellos la visión de Dios, cara a cara, por la eternidad. La facilidad hay que adquirirla como en las virtudes humanas, con repetidos actos de las mismas. Con muchos actos de fe, de esperanza y de caridad conseguimos que nos sea fácil y agradable, creer, esperar y amar.

 

Cómo las virtudes nos llevan a nuestra plena realización

Tras esta un tanto larga aclaración de los términos, veamos cómo unas y otras virtudes nos llevan a nuestra plena realización.

El Compendio del Catecismo de la Iglesia nos lo sintetiza así en su número 384: “Las virtudes teologales son las que tienen como origen, motivo y objeto inmediato a Dios mismo. Infusas en el hombre con la gracia santificante, nos hacen capaces de vivir en relación con la Santísima Trinidad, y fundamentan y animan la acción moral del cristiano, vivificando las virtudes humanas. Son la garantía de la presencia y de la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano.” 

Así pues, Dios es el “origen, el motivo y el objeto inmediato” de la fe, la esperanza y la caridad. Origen, porque es Dios mismo quien las infunde en el alma; motivo, porque su actividad se apoya en El, objeto, porque sobre él versan las tres. Efectivamente, la fe infundida por Dios en el alma juntamente con la gracia, como las otras dos, se fía de Dios y acepta el testimonio con el que nos revela verdades que de ordinario la inteligencia del hombre no puede alcanzar por sí misma. Apoyada en la Palabra de Dios, que no puede engañarse, ni engañarnos, la fe nos permite acceder con seguridad y certeza infalible a la realidad misma de Dios y a sus relaciones con el hombre y el universo. La esperanza, estribándose en la bondad, misericordia y fidelidad divinas, cuenta con seguridad llegar a la posesión de Dios, supremo bien, fin último, del hombre y a Él tiende, sirviéndose confiadamente de los medios que él mismo le da para ello. La caridad ama a Dios por sí mismo, por su infinita perfección, bondad y belleza.

Así “nos hacen capaces de vivir en relación con la Santísima Trinidad”, como dice después el Compendio del Catecismo. Es decir que, vienen a ser el alma de la oración, de la intimidad con las divinas Personas y de toda la vida espiritual del cristiano. Son ellas las que atraen a Dios al alma y hacen de ésta su morada, su templo vivo. Y sin embargo ellas mismas son don de Dios.

 

Algo más de cada una de las virtudes teologales

La fe perfecciona formalmente la inteligencia del hombre, sus actos son actos de la inteligencia. Pero, sin la voluntad, nuestra inteligencia no podría hacer actos de fe. Porque el primer paso del hombre hacia la fe es fiarse de Dios, creerle, y esto supone ya una forma peculiar de amor, una entrega de la voluntad, abandonándose confiadamente a Él. La misma fe humana, con la que aceptamos el testimonio de un hombre, porque nos consta que sabe lo que dice y dice lo que sabe, no es un puro acto de la inteligencia, reclama una especie de orden de la voluntad, sin la que la inteligencia no daría su asentimiento al testimonio. La fe, sea humana, sea divina, es siempre un acto libre de la inteligencia, por más que ésta no sea una facultad libre, su acto es libre porque viene ordenado por la única facultad libre del hombre, la voluntad.

Ahora bien, éste es solo el primer paso, no caigamos en el error de reducir la fe a la confianza, fe fiducial de Lutero. Lo propio y específico de la fe es creer con certeza todo cuanto Dios nos ha revelado y como tal lo enseña la Iglesia.

De esta suerte, la fe nos hace participar de la sabiduría infinita de Dios; lo que sabemos por fe, lo sabemos porque Dios, que todo lo sabe, nos lo ha comunicado. Entendamos a qué altura nos eleva ya esta primera virtud teologal. Entendamos también que esta participación en la ciencia de Dios supone de su parte un amor muy grande. No sin motivo pudo decir Jesús en la última cena: No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer (Jn 15, 15). Y el mismo contenido de la Revelación y de los dogmas que la expresan es todo él un misterio de amor infinito.

La esperanza perfecciona a la voluntad; sus actos, en efecto, son volitivos puesto que tienden al bien —ya sabemos que el objeto de la voluntad es el bien conocido por la inteligencia—, es más, tienden a ese Bien que es Dios para el propio hombre, todo su bien, como repetía estático S. Francisco de Asís: “¡Dios mío y todas mis cosas!” De suerte que los actos de esperanza son actos de amor, aunque no del más desinteresado amor, no son “ágape”, son una forma de “eros o concupiscencia, una forma de amor interesado, una forma sublime, la más elevada posible, eso sí, de amor interesado. Y es que la esperanza tiende a Dios como a su propio bien, su última perfección. La última perfección del hombre es la posesión de Dios.

 

La reina de las virtudes

La caridad es también un acto de la voluntad elevada al orden sobrenatural, con el que amamos a Dios por sí mismo, por lo bueno, bello y santo que es, y en correspondencia a lo muchísimo que Él nos ama con el más puro de los amores. Este amor humano de caridad es puro, desinteresado, es “ágape” y no “eros”, en la medida en que el amor humano puede serlo. Se puede decir que la caridad, reina de todas las virtudes, es la misma gracia de Dios infundida en el alma y que el Espíritu Santo que por ella y con ella mora en nosotros, nos asocia al Amor que él mismo es en la Trinidad, Amor del Padre y del Hijo, comunicándonos el espíritu filial en el Hijo, Cristo Jesús. La caridad, cuando llegue a su perfección en la Gloria, nos transformará en cada una de las Personas divinas, como explica S. Juan de la Cruz, en el Cántico Espiritual, Canción 39: “Este aspirar del aire es una habilidad que el alma dice que le dará Dios allí en la comunicación del Espíritu Santo; el cual, a manera de aspirar, con aquella su aspiración divina muy subidamente levanta el alma y la informa y habilita para que ella aspire en Dios la misma aspiración de amor que el Padre aspira en el Hijo y el Hijo en el Padre, que es el mismo Espíritu Santo que a ella la aspira en el Padre y el Hijo en la dicha transformación, para unirla consigo. Porque no sería verdadera y total transformación si no se transformase el alma en las tres personas de la Santísima Trinidad en revelado y manifiesto grado.” El Santo basa su osada convicción en las palabras de Jesús en la oración sacerdotal: Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí (Jn 17, 21-23).

De manera que las virtudes teologales nos elevan en alguna manera a la altura de Dios para que podamos amarle como Él nos ama.

Tocamos la cima de la grandeza del hombre creado y redimido por Dios en la que alcanza una intimidad inefable con las divinas Personas.

La cita del Compendio del Catecismo que hemos comentado termina con las virtudes humanas, pero de éstas nos ocuparemos en otro número. Por hoy lo dicho bastará.

 

José Mª Fernández-Cueto, cpcr.

 1 Uso estos términos, “ágape” y “eros”, porque supongo que el lector conoce la primera encíclica del Papa Benedicto XVI, “Deus caritas est” y le son ya familiares.