«Bien común», «fraternidad», don»
en la encíclica «Caritas in veritate»
Ofrecemos a nuestros lectores tres enseñanzas
importantes de
1ª: Superar la antigua y
obsoleta dicotomía entre la esfera de lo económico —que se encerraría en la
búsqueda del beneficio— y la esfera de
lo social, —el lugar de la solidaridad para una distribución equitativa de la
riqueza—. Frente a esta dicotomía, el
Papa reclama para una y otra esferas la búsqueda del bien común:
Amar a alguien es querer su
bien y trabajar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien
relacionado con el vivir social de las personas: el bien común. Es el bien de
ese «todos nosotros», formado por individuos, familias y grupos intermedios que
se unen en comunidad social. No es un bien que se busca por sí mismo, sino para
las personas que forman parte de la comunidad social, y que sólo en ella pueden
conseguir su bien realmente y de modo más eficaz. Desear el bien común y
esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad. Trabajar por el bien común es cuidar, por un lado, y utilizar, por otro, ese conjunto
de instituciones que estructuran jurídica, civil, política y cultural-mente la
vida social, que se configura así como pólis, como
ciudad. Se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja por un
bien común que responda también a sus necesidades reales. Todo cristiano está
llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la
«pólis» (actividad ciudadana). Ésta es la vía
institucional —también política, podríamos decir— de la caridad, no menos
cualificada e incisiva de lo que pueda ser la caridad que encuentra
directamente al prójimo fuera de las mediaciones institucionales de la pólis. El compromiso por el bien común, cuando está
inspirado por la caridad, tiene una valencia superior al compromiso meramente
secular y político. Como todo compromiso en favor de la justicia, forma parte
de ese testimonio de la caridad divina que, actuando en el tiempo, prepara lo
eterno. La acción del hombre sobre la tierra, cuando está inspirada y
sustentada por la caridad, contribuye a la edificación de esa ciudad de Dios
universal hacia la cual avanza la historia de la familia humana.
2ª Introducir el principio de
fraternidad en la gestión económica como paso adelante sobre la solidaridad, ya
que mientras la solidaridad es el principio de organización social que permite
a los desiguales llegar a ser iguales en virtud de su igual dignidad y de sus
derechos fundamentales, el principio de fraternidad es el principio de
organización social que permite a los iguales ser diferentes, en el sentido de
que pueden expresar de modo diverso su proyecto de vida o su carisma.
El subdesarrollo tiene una
causa más importante aún que la falta de pensamiento: es «la falta de
fraternidad entre los hombres y entre los pueblos». Esta fraternidad, ¿podrán
lograrla alguna vez los hombres por sí solos? La sociedad cada vez más
globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos. La razón, por sí sola,
es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una
convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad. Ésta nace
de una vocación transcendente de Dios Padre, el primero que nos ha amado, y que
nos ha enseñado mediante el Hijo lo que es la caridad fraterna. Pablo VI,
presentando los diversos niveles del proceso de desarrollo del hombre, puso en
lo más alto, después de haber mencionado la fe, «la unidad de la caridad de
Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida del Dios
vivo, Padre de todos los hombres» (Pop. progressio).
La centralidad de la familia
La apertura moralmente
responsable a la vida es una riqueza social y económica. (...) Por eso, se convierte en una necesidad
social, e incluso económica, seguir proponiendo a las nuevas generaciones la
hermosura de la familia y del matrimonio, su sintonía con las exigencias más
profundas del corazón y de la dignidad de la persona. En esta perspectiva, los
estados están llamados a establecer políticas que promuevan la centralidad y la
integridad de la familia, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer,
célula primordial y vital de la sociedad, haciéndose cargo también de sus
problemas económicos y fiscales, en el respeto de su naturaleza relacional.
3ª Al escribir sobre «la
sorprendente experiencia del don» Benedicto XVI nos hace comprender que,
junto a los bienes de justicia, están los bienes de gratuidad:
La caridad en la verdad pone
al hombre ante la sorprendente experiencia del don. La gratuidad está en su
vida de muchas maneras, aunque frecuentemente pasa desapercibida debido a una
visión de la existencia que antepone a todo la
productividad y la utilidad. El ser humano está hecho para el don, el cual
manifiesta y desarrolla su dimensión trascendente. A veces, el hombre moderno
tiene la errónea convicción de ser el único autor de sí mismo, de su vida y de
la sociedad. Es una presunción fruto de la cerrazón egoísta en sí mismo, que
procede —por decirlo con una expresión creyente— del pecado de los orígenes. La
sabiduría de
(De www.vatican.va)