SAN RAMON NONATO,

Cardenal,  protector de las embarazadas.

 

“Tú eres mi hijo.  Yo, María, soy tu Madre”.

 

Siglo XIII, siglo de grandes cambios, luces y santos.

Ve la luz en Portell, pueblo de la provincia española de Lérida, lugar del feudo de los condes de Cardona.

Sus padres, gente de campo, humildes, sueñan con la llegada de un hijo.  Sueños y anhelos que con el paso del tiempo no se cumplen. 

Cerca de su casa se encuentra la ermita de San Nicolás de Bari con la imagen de la Virgen con el niño.  La futura madre acude, día tras día, buscando esperanza y consuelo.  Ora pidiendo ese favor de verse favorecida  con un alumbramiento.  María escucha sus ruegos y la vida comienza a germinar.   Está embara-zada.  Más, de pronto, una grave enfermedad la golpea, siente que sus fuerzas flaquean, se siente morir y en un último aliento pide a la Madre por el hijo que lleva en su vientre.  El padre, desconsolado, ve como su esposa fallece.  Pide auxilio y la noticia llega al conde Cardona que acude a prestar socorro.  Horro-rizado la ve tendida en el suelo, sin vida.  Al recogerla siente que algo  dentro se mueve.  Sin dudarlo, con su daga rasga las entrañas de la mujer, y de ellas sale un niño. Es el 2 de Febrero de 1200. El conde de Cardona le da su propio nombre, Ramón.  Más adelante  se le denomina con el apelativo de Nonato, “no nacido”,  no nacido de forma natural.

Pastorea  las ovejas.  Se acerca a diario a la ermita.  “Allí pasaba mucho tiempo embelesado rezando y viendo aquel Niño arropado por su Madre que yo no conocí ni tuve,  pero en más de una ocasión oí una voz en mi interior que me susurraba: Tú eres mi hijo, Yo soy tu Madre”.  “A veces descuidaba el rebaño. Algún vecino lo puso en cono-cimiento de mi padre que vino en mi búsqueda  y me habló de encontrarme extasiado y de que vio como un joven desconocido andaba  a lo lejos recogiendo las ovejas que se habían descarriado”.Sentí  la misma voz interior que me invitaba a entrar en la orden de la Merced”.  Cumplidos los 20 años así lo hice.  Deseaba formarme, estudiar lo que fuera sin descanso.  En mí se hicieron vivas las angustias y sufrimientos de los cristianos cautivos de los musulmanes”.

A los 24 años, en 1224, se ordena sacerdote.  La Comunidad mercedaria tiene los ojos puestos en Ramón.  Es hombre dotado de fortaleza física, de inteligencia vivaz y  probada  fe.  En el capítulo general de 1225 es elegido como redentor de cautivos.  Se embarca al año siguiente y llega a Argelia.  Su labor negociadora es fecunda.  Sus gestiones dan la libertad a 140 prisioneros.

Regresa a su convento de Barcelona y pide autorización para volver de misión a ese país.  En 1236 se le ve de nuevo recorriendo las cárceles.  “Me encontré con gran número de rehenes sumidos en unas condiciones de espanto.  Los dineros que llevaba no daban  para más y me ofrecí a los mandatarios musul-manes de quedarme en mazmorras a cambio de la liberación de los más que pudiese. Así se hizo.  Ellos salieron y yo entré.  Compartí sufrimientos, malos tratos, hambre y mucha sed”.

Ramón consuela a compañeros de cautiverio, infunde confianza en el Dios que no desampara y en la Madre que nunca abandona.

Su presencia de ánimo, sus continuas prédicas sirven de apoyo a prisioneros y carceleros.  “Alguno de los captores se quedaban absortos oyéndome. Más de uno encontró gran consolación”.

Los jefes de la prisión conocen la nefasta influencia de este hombre.  Vigilan sus pala-bras, controlan sus movimientos.  “Decidieron hacerme callar, pero no lo lograron.  Jesús y María me daban fuerza, constancia y valor para remediar tanto dolor.  El escarmiento fue horrendo. Perforaron mis labios con una lezna al rojo y pasaron a su través un candado que abrían cada tiempo para tomar algo de agua y algún alimento”.

Ocho meses transcurrieron hasta que llegó desde España a Argelia el dinero enviado por Pedro Nolasco para su liberación.  “Ocho meses en los que sentí muy cercana la muerte y muy cercana la presencia de María.  Notaba su voz en mi interior:  Hijo mío, confía, estoy con vos”.

Tal testimonio de vida evangelizadora, misionera, desprendida, llega al Vaticano.  Es llamado a Roma por el papa Gregorio IX con el que departe varios días.  Meses más tarde de aquel año 1.239, le promueve a la dignidad de cardenal.  Ramón oye  y lee su nombramiento, e indiferente a él, vuelve a ocupar su humilde celda.  “No cambié ni de hábitos ni de vestimenta, ni cambié mi manera de vivir inmersa en oración de súplica por los infieles y por tantos cristianos padeciendo” .

El papa vuelve a demandar su presencia.  Puesto de nuevo en camino, a escasos diez kilómetros de Barcelona, se ve sorprendido por una alta fiebre.  Las secuelas de su cautiverio y tortura tienen quebrantada su salud.

“Se encontraba muy cansado para el viaje, comenta un fraile que le acompaña, cayó al suelo muy pálido y viendo que no podía continuar pidió el Viático. Imploraba sin descanso a María y a Jesús.  En el camino apareció alguien, una figura regia, con la Sagrada Forma en la mano. Ramón tomó la comunión y aquel hombre desapareció.  Al poco tiempo él expiró”.

Es el 31 de agosto de 1.240. Ramón  acaba de cumplir 40 años.

 La noticia de su muerte congrega a gentes de comarcas y poblados.  Desean venerar y despedir los restos de un personaje humilde, sencillo, entregado a la causa de liberar de penurias a desprotegidos y cautivos.  Su cuerpo no presenta signos de descom-posición.  Es venerado por espacio de 15 días.

La familia del conde de Cardona quiere trasladarle a su castillo;  el pueblo y el clero desean enterrarle dentro de la iglesia y los religiosos de su Orden le quieren en su convento. Para dirimir enfrentamiento se acepta la propuesta de colocar su cadáver sobre un catafalco encima de una mula y que la Providencia así decida.  El animal, al pasar cerca de Cardona, se detiene y da una vuelta.  Continúa su andar  y llega al paraje de Torá donde se vuelve a detener y da otra vuelta.  Prosigue su camino y llega hasta la ermita  tan querida por Ramón.  Se detiene, da tres vueltas y cae allí mismo con su preciada carga.

En ese lugar se levanta un Santuario dedicado a su memoria, erigiéndose en los dos anteriores puntos de parada, un oratorio y una cruz con baldaquino.

Su cuerpo se conserva incorrupto hasta la Guerra Civil española, en que es despedazado y desperdigado. Hoy tan solo existe una pequeña reliquia.

Su iconografía le presenta con el hábito de la Merced, los atributos de cardenal, portando una custodia en su mano rememorando aquella su última Comunión.

Los peregrinos que acuden al santuario de San Ramón conservan la tradición de dar tres vueltas al mismo antes de entrar a visitarlo.

San Ramón Nonato libéranos de las ataduras físicas y  psicológicas que nos tienen atados, condicionados, frustrados y tantas veces amargados y tristes.  Que tu intercesión ante el Señor y la Virgen de la Merced nos otorguen la libertad de cuerpo y espíritu.  Así sea.

José Ramón González