¿Puede Dios querer el mal?

 

Por un lado se dice que “no hay mal que por bien no venga”, lo que a veces se ilustra con la muerte de Cristo. El Padre eterno, se dice, ha querido el mal de la muerte en cruz de su Hijo para obtener el bien  de nuestra salvación. Por otro lado, se enseña que “no es lícito hacer el mal para obtener un bien”. ¿No hay una contradicción en esto? ¿Puede Dios, en su Providencia, querer el pecado gravísimo del deicidio?

Ya ve qué lío. ¿Podría darme un poco de luz?

M. V. Caldes de Montbui

 

Lo intentaremos. Procedamos punto por punto.

“No hay mal que por bien no venga”. Es un adagio popular netamente cristiano, un acto de fe en la Providencia divina y a la vez fruto, muchas veces, de la experiencia.

La Providencia es, tanto el decreto o decisión eterna de Dios de conducir a su último fin el universo creado por él, como la realización temporal del mismo decreto, sirviéndose de la naturaleza y leyes que él mismo ha dado y conserva a cada criatura.

Ahora bien, es evidente que en el Universo hay desórdenes y males: físicos unos, morales otros. Los males físicos no proceden de causas libres y son el resultado de la limitación y contingencia de los seres que carecen de libertad, así como de la subordinación de unos a otros. Piensa, por ejemplo, en la alimentación de los vivientes, plantas y animales. Siendo unos alimento de otros, su mal, el ser comidos, cede en beneficio de los otros. Dios, queriendo el orden del Universo, no puede no querer esos males físicos, aunque, cuando éstos afectan al hombre, no deje de dolerle -hablamos a la humana- y nos ofrece con ellos la oportunidad de adquirir bienes mayores, como pueden ser la paciencia, la misericordia, la rendición plena a la voluntad divina, el ofrecer esos males junto con los dolores de Cristo en la Cruz por la salvación del mundo, etc.

Los males morales han de atribuirse a la libertad, necesariamente imperfecta, pero verdadera y responsable, de las criaturas racionales, ángeles y hombres, y son lo que llamamos pecados. Éstos, Dios no los quiere, los detesta con toda su santidad divina, y, donde no hay arrepentimiento de los mismos, los condena incluso con un castigo eterno, el infierno. Pero los permite en respeto de la libertad que ha dado a esos seres racionales.

Pero, volviendo a la existencia del mal en el Universo, ese mal no compromete la realización del proyecto divino. Precisamente lo admirable del orden universal, que, por evidente, no puede ser negado, es que se trata de un orden global que incluye desórdenes parciales. La Providencia obtiene el fin que se ha propuesto creando el universo -la manifestación de su gloria y la divinización del hombre- a pesar de los desórdenes o males; es más, mediante esos desórdenes parciales. La existencia misma del infierno no impide la realización de ese proyecto divino. Los condenados, mal que les pese, glorifican a Dios, poniendo de manifiesto su justicia infinitamente misericordiosa.

Vengamos a la ilustración de ese adagio con la muerte de Cristo. En efecto, del mayor de todos los males morales, el pecado de deicidio, se ha derivado la salvación del género humano.

¿Ha querido el Padre la muerte en cruz de su Hijo? Sí. Para negarlo tendríamos que eliminar de la Biblia o dar una interpretación torcida a un montón de textos en los que, con variedad de expresiones e imágenes, se afirma esa voluntad e incluso orden dada por el Padre al Verbo encarnado. Para no alargarme, citaré sólo algunos.

«Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre» (Jn 10, 17-18). ¿Más claro?

Y decía: «¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú» (Mc 14, 36). Luego el Padre quiso que bebiera esa copa.

Jesús dijo a Pedro: «Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?» (Jn 18, 11). Si se la ha dado, será para que la beba, ¿no?

Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina,  no codició el ser igual a Dios  sino que se despojó de sí mismo  tomando condición de esclavo.  Asumiendo semejanza humana  y apareciendo en su porte como hombre,  se rebajó a sí mismo,  haciéndose obediente hasta la muerte  y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó  y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre (Flp 2, 5-9). ¿Obediente a quién, sino al Dios que después lo exaltó?

Ahora bien, el Padre no quiso esa muerte en cruz de su Hijo con anterioridad o independencia del pecado. El Padre quiso la muerte de su Hijo para salvar a la humanidad de la ruina eterna merecida por el pecado original. Y quiso que esa muerte fuera la que libremente decidiría el Sanedrín y consentiría Pilatos. Con anterioridad a esos y los demás pecados de la humanidad, el Padre no podía querer la muerte de su Hijo, aun en el supuesto de que hubiese querido su encarnación, como piensan algunos teólogos.

Objetarás, pero entonces parece que Dios nos da ejemplo para tratar de obtener un bien mediante un mal, en contra de lo que establece la Moral. Pues no, porque lo que ésta establece es que no se puede hacer un mal para obtener un bien, y Dios no hizo ningún mal para obtener el bien de la redención; quienes hicieron el mal fuimos los hombres pecando y especialmente, en cuanto a la muerte en cruz, quienes en el Sanedrín sentenciaron la muerte de Jesús y Pilatos también que cedió cobardemente a su intento y dio y ejecutó igualmente la sentencia. Y advierte no sólo la sabiduría de este designio divino, sino también su misericordia, que busca la salvación eterna de todos los pecadores, sin exclusión de aquellos que le llevan a la muerte de cruz y por los cuales el Hijo ruega explícitamente.

Insistirás diciendo que, de todas formas, Dios quiso la muerte de su Hijo. Y yo te diré que la quiso, sabiendo que serían los hombres quienes libre y responsablemente cometerían el pecado de decidirla y ejecutarla. Él consentía ese pecado, como consiente todos los demás pecados del mundo, en respeto de la libertad que ha dado a los hombres, sin que por ello sea responsable de los mismos. La norma moral establece que una misma persona no puede hacer el mal para obtener un bien, lo que no impide que alguien conociendo y condenando un determinado mal hecho por otro, se alegre, sin embargo, de que de ese mal se haya seguido un bien. Pongo un ejemplo. Supongamos que alguien asesine a un gobernante tirano. ¿Pecarían quienes, detestando el crimen, se alegrasen de la liberación que ese crimen traería a su país? Evidentemente que no.

Espero que con lo dicho el lío quede disuelto. Si no, insiste y trataremos de resolverlo.

J. M. F-C.

 

 

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