PABLO, Y SU ENSEÑANZA
SOBRE LOS
SACRAMENTOS (II)
Si
el sacramento del bautismo nos cambia la vida, ¿qué decir del sacramento de la Eucaristía y del
matrimonio? Es bueno caer bien en la cuenta, porque es algo insospechado para
el fiel cristiano. Cristo se nos da a sí mismo, su mismo amor, para hacernos en
todo igual a Él. Pero no sólo, nos hace uno también con el otro, con el
hermano. ¿Es posible? Veámoslo ayudados por los textos de Benedicto XVI.
Gregorio Rodríguez, cpcr
El sacramento de la Eucaristía
Sabemos
con qué profundo respeto san Pablo transmitía verbalmente la tradición sobre la Eucaristía recibida de
los mismos testigos de la última noche. Trasmite aquellas palabras como un
precioso tesoro confiado a su fidelidad. En ellas escuchamos realmente a los
testigos de la última noche.
He aquí
las palabras: «Por que yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el
Señor Jesús, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan, y después de dar
gracias, lo partió y dijo: ‘Éste es mi cuerpo que se da por vosotros; haced
esto en recuerdo mío’. Asimismo también la copa después de cenar diciendo:
‘Esta copa es la Nueva
Alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en
recuerdo mío»’ (1 Co 11,23-25). Es un texto inagotable.
Sólo haré
dos breves observaciones. Pablo transmite las palabras del Señor sobre el cáliz
así: este cáliz es «la nueva alianza en mi sangre». En estas palabras se
esconde una referencia a dos textos fundamentales del
Antiguo Testamento.
La primera referencia se refiere a la promesa de una nueva alianza en el Libro del
profeta Jeremías. Jesús dice a los discípulos y nos dice a nosotros: ahora, en
esta hora, conmigo y con mi muerte se realiza la nueva alianza; con mi sangre
comienza en el mundo esta nueva historia de la humanidad.
Pero está
presente también, en estas palabras, una referencia al momento de la alianza en
el Sinaí, donde Moisés había dicho: «Ésta es la sangre de la Alianza que el Señor ha
hecho con vosotros, según todas estas palabras» (Ex 24,8). Allí se trataba
de sangre de animales. La sangre de los animales podía ser sólo expresión de un
deseo, la esperanza del nuevo sacrificio, del verdadero culto. Con el don del
cáliz el Señor nos da el verdadero sacrificio. El único verdadero sacrifico es
el amor del Hijo. Con el don de este amor, amor eterno, el mundo entra en la
nueva alianza. Celebrar la
Eucaristía significa que Cristo se nos da a sí mismo, su
amor, para conformarnos con Él y para crear así el mundo nuevo.
La segunda referencia importante de la doctrina sobre la Eucaristía aparece
también en la Carta
a los Corintios: «La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión
con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de
Cristo? Porque aún siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues
todos participamos de un solo pan» (10, 16-17).
En estas
palabras aparece igualmente el carácter personal y el carácter social del
Sacramento de la
Eucaristía. Cristo se une personalmente a cada uno de
nosotros, pero el mismo Cristo nos une también con el hombre y con la mujer que
están a mi lado. El pan es para mí y también para el otro. Así Cristo nos une a
todos consigo y entre nosotros, unos con otros.
Recibimos
en la comunión a Cristo. Pero Cristo se une igualmente a mi prójimo: Cristo y
el prójimo son inseparables en la Eucaristía. Y así todos somos un solo pan, un
solo cuerpo. Una Eucaristía sin solidaridad con los demás es un abuso de la Eucaristía. Estamos
aquí en la raíz y al mismo tiempo en el centro de la doctrina de la Iglesia como Cuerpo de
Cristo, del Cristo resucitado.
Vemos
también todo el realismo de esta doctrina. Cristo nos da su cuerpo en la Eucaristía, se da a sí
mismo en su cuerpo y así nos hace cuerpo suyo, nos une a su cuerpo resucitado.
Si el hombre come pan normal, este pan en el proceso de la digestión se
convierte en parte de su cuerpo, transformado en sustancia de vida humana. Pero
en la Santa Comunión
se realiza el proceso inverso: Cristo, el Señor, nos asimila a sí mismo, nos
introduce en su Cuerpo glorioso y así todos juntos nos convertimos en su
Cuerpo.
Nos une a Él y a los hermanos Quien lee sólo el capítulo 12 de la
primera Carta a los Corintios, (y también el capítulo 12 de la Carta a los Romanos), podría
pensar que la palabra sobre el Cuerpo de Cristo como organismo de los carismas
sea sólo una especie de parábola sociológico-teológica. Realmente en la ciencia
política romana esta palabra del cuerpo con los diversos miembros que forman
una unidad se utilizaba por el mismo Estado, para decir que el Estado es un
organismo en el que cada uno tiene su función, la multiplicidad y diversidad de
las funciones forman un cuerpo y cada uno tiene su sitio.
Leyendo
sólo 1 Co 12, podría pensarse que Pablo se limitaba a transferir esto a la Iglesia, y por tanto, a
señalar que aquí sólo se trataba de una sociología de la Iglesia. Pero
teniendo presente este capítulo 10, como estamos haciendo, vemos que el
realismo de la Iglesia
es bien distinto, mucho más profundo y verdadero que el de un Estado-organismo.
Porque realmente Cristo nos da su cuerpo y nos hace su cuerpo. Nos unimos todos
realmente con el cuerpo resucitado de Cristo, y así nos unimos uno a otro. La Iglesia no es sólo una
corporación como el Estado, es un cuerpo. No es simplemente una organización,
sino un verdadero organismo.
El sacramento del Matrimonio
Finalmente,
una brevísima palabra sobre el Sacramento del matrimonio. En la Carta a los Corintios se encuentran
sólo algunos apuntes, mientras que en la Carta a los Efesios ha desarrollado realmente una
profunda teología del matrimonio.
Pablo
define aquí el matrimonio como «gran misterio». Lo dice «en
referencia a Cristo y a su Iglesia» (Ef 5, 32).
Se pone de relieve en este pasaje una reciprocidad que se configura en una
dimensión vertical.
La
sumisión mutua debe adoptar el lenguaje del amor, que tiene su modelo en el
amor de Cristo hacia su Iglesia. Esta relación Cristo-lglesia
convierte en primario el aspecto teologal del amor matrimonial, y exalta la
relación afectiva entre los esposos.
Un
auténtico matrimonio será bien vivido si en el crecimiento constante humano y
afectivo hay un esfuerzo por permanecer ligado a la eficacia de la Palabra y al significado
del Bautismo. Cristo ha santificado a la Iglesia, purificándola por medio del baño del
agua, acompañado por al Palabra. La participación en el cuerpo y la sangre del
Señor no hace otra cosa que cimentar, además de hacer visible, una unión
indisoluble por la gracia.
Y
finalmente escuchamos la palabra de san Pablo a los Filipenses: «El Señor
está cerca» (Fl 4,5). Me parece que hemos
comprendido que, mediante la
Palabra y los Sacramentos, en toda nuestra vida el Señor está
cerca.
¿Qué
hacer después de esta meditación sacramental? Agradecer ciertamente a Dios
tanta generosidad a favor nuestro. Pero no sólo. Es necesario pedirle, y
pedirle con humilde insistencia, que seamos tocados cada vez más en lo íntimo
de nuestro ser por esta cercanía sacramental, presencia transformadora y
transformante del Señor, para que nazca en nosotros la alegría testimonial, que
sólo la cercanía y la presencia viva del Señor hacen posible.
G.R.