Las virtudes humanas

y su «auriga»

 

Sigamos ahondando en el conocimiento propio. En números anteriores hemos visto cómo Dios, purificando y encumbrando sobrenaturalmente al hombre caído en el pecado original, le dota de todo un organismo que viene a instalarse y como enraizarse en su naturaleza, elevándola y haciéndola participar de la vida de Dios ya en la tierra y capacitándola para merecer con sus buenas obras la visión de Dios, y compartir el amor y la felicidad del mismo por la eternidad.

En ese organismo distinguíamos una como sustancia, la gracia santificante y unas como facultades, las virtudes y los dones del Espíritu Santo. Nos detuvimos últimamente en la descripción de las virtudes teologales, fe, esperanza y caridad. Hoy quisiéramos conocer mejor las virtudes morales o humanas, limitándonos al examen de las cuatro principales, que, como ya sabemos, se llaman cardinales por ser cada una como un gozne o bisagra en torno al que giran varias otras. Prudencia, justicia, fortaleza y templanza son los nombres que la sabiduría, tanto de los filósofos griegos, como de los pensadores de Israel y de otras civilizaciones y religiones, les han dado.

Ya hemos visto lo que es común a las cuatro: el perfeccionar a la inteligencia y a la voluntad en su orientación y tendencia al bien, el ser adquiridas natural y trabajosamente con la repetición de los actos correspondientes, el proporcionar a la persona facilidad y gusto en su ejercicio una vez conseguidas, y el ser elevadas sobrena-turalmente por la gracia divina infundida en el alma, haciendo que sus actos sean meritorios de la vida eterna en Dios.

 

Comencemos por la última, la templanza

El Catecismo de la Iglesia Católica dice de ella en el n. 1809: “La templanza es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad. La persona moderada orienta hacia el bien sus apetitos sensibles, guarda una sana discreción y no se deja arrastrar «para seguir la pasión de su corazón» (Si 5, 2; cf. 37, 27-31). La templanza es a menudo alabada en el Antiguo Testamento: «No vayas detrás de tus pasiones, tus deseos refrena» (Si 18, 30). En el Nuevo Testamento es llamada «moderación» o «sobriedad». Debemos «vivir con moderación, justicia y piedad en el siglo presente» (Tt 2, 12).”

Parece difícil poder decir de ella nada mejor. Como se ve, se trata de un autodominio o señorío que, con la paciente repetición de los actos correspondientes, ha llegado a ser fácil y gustoso sobre todas nuestras actividades, sea las de nuestros sentidos externos, ver, oír, oler, gustar, tocar; sea las de los internos, recordando, imaginando; sea las del apetito sensitivo; sea  las de la inteligencia, reflexionando, cavilando, juzgando; sea las de la voluntad y sentimiento superior, amores, deseos, temores, tristezas; sea otras actividades más externas, como el comer y beber, el estudiar, trabajar y descansar, el divertirse, el hablar y relacionarse con otras personas, etc. Es un gran y muy apreciable señorío.

Pasemos a la fortaleza

También aquí seguiremos sirviéndonos del Catecismo de la Iglesia Católica, tan precioso y tan poco conocido. ¿Qué nos dice de esta virtud?

“1808 La fortaleza es la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa. «Mi fuerza y mi cántico es el Señor» (Sal 118, 14). «En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: Yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33).”

Es pues la virtud de los mártires y de los héroes cristianos, aun cuando no hayan tenido que derramar su sangre por la fe. Pero lo es también de los cumplidores fieles de su deber en medio de grandes o de constantes dificultades. Es la virtud de tantos esposos y esposas, de tantos padres y madres y también de no pocos hijos, ante problemas de natalidad, de estudio, de trabajo, de economía, de salud, de relación, etc. Es la virtud de obispos, sacerdotes y catequistas incomprendidos, denigrados, calumniados, simplemente por enseñar la verdad evangélica y sus exigencias morales; como lo es también de muchos ciudadanos perseguidos simplemente por cumplir ellos o exigir de otros el cumplimiento de los deberes sociales y políticos. En fin, se trata de una fuerza moral que nos ayuda a salir victoriosos de las pruebas y a resistir al mal a costa de lo que sea. Una valentía santa.

¿Y la justicia?

Abramos de nuevo el Catecismo. “1807 La justicia es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido. La justicia para con Dios es llamada «la virtud de la religión». Para con los hombres, la justicia dispone a respetar los derechos de cada uno y a establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad respecto a las personas y al bien común. El hombre justo, evocado con frecuencia en las Sagradas Escrituras, se distingue por la rectitud habitual de sus pensamientos y de su conducta con el prójimo. «Siendo juez no hagas injusticia, ni por favor del pobre, ni por respeto al grande: con justicia juzgarás a tu prójimo» (Lv 19, 15). «Amos, dad a vuestros esclavos lo que es justo y equitativo, teniendo presente que también vosotros tenéis un Amo en el cielo» (Col 4, 1).”

Aquí hay espacio para la ironía. Por lo que se ve, la justicia es la virtud que ayuda a hacer en nuestras relaciones con los demás, lo que casi nadie hace. Como más de uno dice, es la virtud de los tontos. Pero, dichosos estos tontos, porque a ellos se refiere también la primera bienaventuranza, de ellos es el Reino de los cielos. En efecto, para ser justo es necesario tener el corazón desprendido de los bienes de este mundo, ser pobre de espíritu; y amar, porque la perfección de la justicia no se logra sin amor. Dichosos también porque su corazón disfruta haciendo el bien.

 

Y vengamos ya a la primera de todas, la prudencia

Que una vez más sea el Catecismo de la Iglesia quien nos de la descripción de la primera de las virtudes cardinales, que hemos dejado para el final, para terminar con lo mejor, precisamente porque es la primera, la más importante, con la misión de regir de alguna forma a las otras tres.

“1806 La prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo. «El hombre cauto medita sus pasos» (Pr 14, 15). «Sed sensatos y sobrios para daros a la oración» (1P 4, 7). La prudencia es la «regla recta de la acción», escribe S. Tomás (s. th. 2-2, 47, 2), siguiendo a Aristóteles. No se confunde ni con la timidez o el temor, ni con la doblez o la disimulación. Es llamada «auriga virtutum»: conduce las otras virtudes indicándoles regla y medida. Es la prudencia quien guía directamente el juicio de conciencia. El hombre prudente decide y ordena su conducta según este juicio. Gracias a esta virtud aplicamos sin error los principios morales a los casos particulares y superamos las dudas sobre el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar.”

El Compendio del mismo Catecismo de la Iglesia lo resume diciendo: “La prudencia dispone la razón a discernir, en cada circunstancia, nuestro verdadero bien y a elegir los medios adecuados para realizarlo. Es guía de las demás virtudes, indicándoles su regla y medida.” 

Toda la vida moral es regida por la prudencia, ya que las otras tres virtudes morales no serían verdaderas virtudes sin “regla y medida” según la expresión del Catecismo y esa regla y medida se la da la prudencia. Es más, las mismas virtudes teologales de alguna forma dependen de la prudencia. Porque, si bien es verdad que en cuanto a su objeto no admiten medida, siendo Dios ese objeto y reclamando una fe, una confianza y un amor sin límite, por lo que pudo decir S. Bernardo que “la medida del amor a Dios es amarle sin medida”, sin embargo pueden necesitar regla y medida en cuanto a su ejercicio. En efecto, puede ser imprudente el ejercicio tanto de la fe, como de la esperanza, como de la caridad, en cuanto al momento, en cuanto al lugar, en cuanto a la intensidad de los actos, etc. Cuando S. Ignacio estudiaba latín, memorizando el verbo amar, tenía unas consolaciones tan grandes que no podía seguir estudiando. La prudencia le hizo descubrir que aquellas consolaciones no podían ser de Dios. Y siendo ya anciano, los médicos tuvieron que recomendarle que orase menos porque el amor que ponía o experimentaba en la oración le hacía llorar excesivamente y corría peligro su vista. Algo similar le sucedía a S. Francisco. En realidad es la prudencia de un hombre quien manifiesta de forma objetiva, visible, sin lugar a engaño, su santidad.

Con estos remos, de prudencia, justicia, fortaleza y templanza y no solo con los de fe, esperanza y caridad, nos arman la naturaleza y la gracia divina para la travesía del mar tempestuoso de la vida presente, hacia el Puerto de la Vida eterna. Rememos sin cuento, confiando en que el soplo del Espíritu no ha de tardar en aliviar nuestra fatiga y llenarnos de gozo, hinchando las velas de sus dones.

José María Fernández-Cueto, cpcr.

 

 1 Escritas esta pobres reflexiones sobre las virtudes morales, leemos el magnífico trabajo de la Comisión Teológica Internacional sobre la Ley natural y vemos que en él se habla de la importancia de estas virtudes y especialmente de la prudencia para poder, en un mundo pluralista como el nuestro, descender de los grandes e inmutables principios de la Ley natural, a las normas más concretas —variables, debido, entre otras cosas, a los cambios impuestos por el progreso de las ciencias y de la técnica—.