Las
virtudes humanas
y su «auriga»
Sigamos ahondando en el conocimiento
propio. En números anteriores hemos visto cómo Dios, purificando y encumbrando
sobrenaturalmente al hombre caído en el pecado original, le dota de todo un
organismo que viene a instalarse y como enraizarse en su naturaleza, elevándola
y haciéndola participar de la vida de Dios ya en la tierra y capacitándola para
merecer con sus buenas obras la visión de Dios, y compartir el amor y la
felicidad del mismo por la eternidad.
En ese organismo distinguíamos una
como sustancia, la gracia santificante y unas como facultades, las virtudes y
los dones del Espíritu Santo. Nos detuvimos últimamente en la descripción de
las virtudes teologales, fe, esperanza y caridad. Hoy quisiéramos conocer mejor
las virtudes morales o humanas, limitándonos al examen de las cuatro
principales, que, como ya sabemos, se llaman cardinales por ser cada una como
un gozne o bisagra en torno al que giran varias otras. Prudencia, justicia,
fortaleza y templanza son los nombres que la sabiduría, tanto de los filósofos
griegos, como de los pensadores de Israel y de otras civilizaciones y
religiones, les han dado.
Ya hemos visto lo que es común a las
cuatro: el perfeccionar a la inteligencia y a la voluntad en su orientación y
tendencia al bien, el ser adquiridas natural y trabajosamente con la repetición
de los actos correspondientes, el proporcionar a la persona facilidad y gusto
en su ejercicio una vez conseguidas, y el ser elevadas
sobrena-turalmente por la
gracia divina infundida en el alma, haciendo que sus actos sean meritorios de
la vida eterna en Dios.
Comencemos
por la última, la templanza
El Catecismo de
Parece difícil poder decir de ella
nada mejor. Como se ve, se trata de un autodominio o señorío que, con la
paciente repetición de los actos correspondientes, ha llegado a ser fácil y
gustoso sobre todas nuestras actividades, sea las de nuestros sentidos
externos, ver, oír, oler, gustar, tocar; sea las de los internos, recordando,
imaginando; sea las del apetito sensitivo; sea
las de la inteligencia, reflexionando, cavilando, juzgando; sea las de
la voluntad y sentimiento superior, amores, deseos, temores, tristezas; sea
otras actividades más externas, como el comer y beber, el estudiar, trabajar y
descansar, el divertirse, el hablar y relacionarse con otras personas, etc. Es
un gran y muy apreciable señorío.
Pasemos
a la fortaleza
También aquí seguiremos sirviéndonos del
Catecismo de
“1808 La fortaleza es la virtud moral
que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del
bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los
obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el
temor, incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las
persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia
vida por defender una causa justa. «Mi fuerza y mi cántico es el Señor»
(Sal 118, 14). «En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: Yo he
vencido al mundo» (Jn 16, 33).”
Es pues la virtud de los mártires y
de los héroes cristianos, aun cuando no hayan tenido que derramar su sangre por
la fe. Pero lo es también de los cumplidores fieles de su deber en medio de
grandes o de constantes dificultades. Es la virtud de tantos esposos y esposas,
de tantos padres y madres y también de no pocos hijos, ante problemas de
natalidad, de estudio, de trabajo, de economía, de salud, de relación, etc. Es
la virtud de obispos, sacerdotes y catequistas incomprendidos, denigrados,
calumniados, simplemente por enseñar la verdad evangélica y sus exigencias morales;
como lo es también de muchos ciudadanos perseguidos simplemente por cumplir
ellos o exigir de otros el cumplimiento de los deberes sociales y políticos. En
fin, se trata de una fuerza moral que nos ayuda a salir victoriosos de las
pruebas y a resistir al mal a costa de lo que sea. Una valentía santa.
¿Y
la justicia?
Abramos de nuevo el Catecismo. “1807
La justicia es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de
dar a Dios y al prójimo lo que les es debido. La justicia para con Dios es
llamada «la virtud de la religión». Para con los hombres, la justicia dispone a
respetar los derechos de cada uno y a establecer en las relaciones humanas la
armonía que promueve la equidad respecto a las personas y al bien común. El
hombre justo, evocado con frecuencia en las Sagradas Escrituras, se distingue
por la rectitud habitual de sus pensamientos y de su conducta con el prójimo. «Siendo
juez no hagas injusticia, ni por favor del pobre, ni por respeto al grande: con
justicia juzgarás a tu prójimo» (Lv 19, 15). «Amos,
dad a vuestros esclavos lo que es justo y equitativo, teniendo presente que
también vosotros tenéis un Amo en el cielo» (Col 4, 1).”
Aquí hay espacio para la ironía. Por
lo que se ve, la justicia es la virtud que ayuda a hacer en nuestras relaciones
con los demás, lo que casi nadie hace. Como más de uno dice, es la virtud de
los tontos. Pero, dichosos estos tontos, porque a ellos se refiere también la
primera bienaventuranza, de ellos es el Reino de los cielos. En efecto, para
ser justo es necesario tener el corazón desprendido de los bienes de este
mundo, ser pobre de espíritu; y amar, porque la perfección de la justicia no se
logra sin amor. Dichosos también porque su corazón disfruta haciendo el bien.
Y
vengamos ya a la primera de todas, la prudencia
Que una vez más sea el Catecismo de
“1806 La prudencia es la virtud que
dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero
bien y a elegir los medios rectos para realizarlo. «El hombre cauto medita
sus pasos» (Pr 14, 15). «Sed sensatos y
sobrios para daros a la oración» (1P 4, 7). La prudencia es la «regla recta
de la acción», escribe S. Tomás (s. th. 2-2, 47, 2), siguiendo a Aristóteles.
No se confunde ni con la timidez o el temor, ni con la
doblez o la disimulación. Es llamada «auriga virtutum»:
conduce las otras virtudes indicándoles regla y medida. Es la prudencia quien
guía directamente el juicio de conciencia. El hombre prudente decide y ordena
su conducta según este juicio. Gracias a esta virtud aplicamos sin error los
principios morales a los casos particulares y superamos las dudas sobre el bien
que debemos hacer y el mal que debemos evitar.”
El Compendio del mismo Catecismo de
Toda la vida moral es regida por la
prudencia, ya que las otras tres virtudes morales no serían verdaderas virtudes
sin “regla y medida” según la expresión del Catecismo y esa regla y medida se
la da la prudencia. Es más, las mismas virtudes teologales de alguna forma
dependen de la prudencia. Porque, si bien es verdad que en cuanto a su objeto
no admiten medida, siendo Dios ese objeto y reclamando una fe, una confianza y
un amor sin límite, por lo que pudo decir S. Bernardo que “la medida del amor a
Dios es amarle sin medida”, sin embargo pueden necesitar regla y medida en
cuanto a su ejercicio. En efecto, puede ser imprudente el ejercicio tanto de la
fe, como de la esperanza, como de la caridad, en cuanto al momento, en cuanto
al lugar, en cuanto a la intensidad de los actos, etc. Cuando S. Ignacio
estudiaba latín, memorizando el verbo amar, tenía unas consolaciones tan
grandes que no podía seguir estudiando. La prudencia le hizo descubrir que
aquellas consolaciones no podían ser de Dios. Y siendo ya anciano, los médicos
tuvieron que recomendarle que orase menos porque el amor que ponía o
experimentaba en la oración le hacía llorar excesivamente y corría peligro su
vista. Algo similar le sucedía a S. Francisco. En realidad es la prudencia de
un hombre quien manifiesta de forma objetiva, visible, sin lugar a engaño, su
santidad.
Con estos remos, de prudencia,
justicia, fortaleza y templanza y no solo con los de fe, esperanza y caridad,
nos arman la naturaleza y la gracia divina para la travesía del mar tempestuoso
de la vida presente, hacia el Puerto de
José María Fernández-Cueto, cpcr.
1 Escritas esta pobres reflexiones sobre las virtudes morales,
leemos el magnífico trabajo de