Continuidad y reforma

en la vida religiosa

 

Párrafos de la conferencia pronunciada en los Estados Unidos el 12 de septiembre por el cardenal Franc Rodé, prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.

El Papa Juan XXIII describió el auténtico espíritu del Concilio, en su inauguración, cuando afirmó que buscaba «transmitir pura e íntegra la doctrina católica, sin atenuaciones». Y prosiguió: «Nuestro deber no es sólo custodiar este tesoro precioso, como si únicamente nos ocupásemos de la antigüedad, sino también dedicarnos con voluntad diligente, sin temores, a la labor que exige nuestro tiempo, prosiguiendo el camino que la Iglesia recorre desde hace veinte siglos. (...) Ahora, en cambio, en nuestro tiempo, es necesario que el conjunto de la doctrina cristiana sea examinado por todos, sin quitar nada, con espíritu sereno y tranquilo (...). Es necesario que esta doctrina, cierta e inmutable, a la que se debe prestar un asentimiento fiel, se profundice y exponga como lo requiere nuestro tiempo. Una cosa es el depósito mismo de la fe, es decir, las verdades que contiene nuestra venerada doctrina, y otra la manera como se expresa, siempre, sin embargo, con el mismo sentido y significado» ( 11 de octubre de 1962. Estas palabras permiten interpretar el Concilio de un modo muy diferente del descrito antes. Aquí tenemos, en esencia, la hermenéutica de la continuidad y de la reforma.

La continuidad suscita un diálogo armonioso entre fe y razón. La razón iluminada por la fe no caerá en la trampa del laicismo moderno. El auténtico profetismo en la Iglesia quiere rectificar los comportamientos y no cambiar la revelación apostólica.

 

Los frutos

Hoy sentimos gratitud hacia el concilio Vaticano II por habernos proporcionado directrices claras para distinguir la sustancia del depósito de la fe de sus manifestaciones circunstanciales. La continuidad con lo que es esencial en la vida religiosa no suprime, sino que estimula la reforma de lo que es anticuado, accidental y perfeccionable. Esto resulta evidente cuando leemos los criterios y las directrices, esmeradamente equilibradas, del decreto Perfec-tae caritatis (nn. 1-18), a las que ya he hecho referencia hablando de la ruptura y la discontinuidad.

Si estos mismos números se interpretan según la línea de continuidad, se nota que los cambios nunca se deben separar de sus raíces. Quienes buscan la continuidad en la renovación notarán que el Concilio invitó a una renovación que es eminentemente renovación del espíritu, poniendo de relieve la centra-lidad de Cristo como nos lo presentan los Evangelios, siguiéndolo en el camino trazado por el fundador a través de los votos (cf. ib., 2).

Buscar la renovación

Afrontemos ahora la cuestión: ¿En qué dirección podemos avanzar? ¿Hay una nueva vida para las comunidades religiosas de Estados Unidos que aspiran a una auténtica reforma? Aquí conviene notar que, aunque el fondo del problema es el mismo, y aunque hay problemas y desafíos comunes para los religiosos y las religiosas (la ingeniería del lenguaje, la deriva hacia el relativismo, la pérdida del sentido de lo sobrenatural y, en algunos casos, dudas sobre la importancia y la centralidad de Cristo), también es verdad que cada grupo debe afrontar sus propios desafíos específicos. (...)

 

Continuidad

con la fe católica

Podría parecer superfluo hacer esta observación, pues en este punto no debería haber debate. En cambio, todos hemos experimentado la presencia de grupos o de individuos que, bajo su propia responsabilidad, se han «situado más allá de la Iglesia», aun permaneciendo externamente «dentro» de la Iglesia. Seguramente, una existencia tan ambivalente no puede dar frutos de alegría y paz (cf. Ga 5, 22), ni para sí mismos ni para la Iglesia. Oremos para que el Espíritu Santo los ilumine a fin de que vean el camino de la verdadera paz y libertad, y tengan la valentía para seguirlo.

De acuerdo con el Concilio, «la autoridad misma de la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, se ha esforzado por interpretarlos (los consejos evangélicos), regular su práctica y también establecer sobre su base formas estables de vida». La autoridad y la tradición de la Iglesia han hablado, a lo largo de los siglos, de la sustancia de la vida consagrada. Benedicto XVI la formuló de esta manera: «Pertenecer al Señor es la misión de los hombres y las mujeres que han elegido seguir a Cristo casto, pobre y obediente, para que el mundo crea y se salve».

 

Continuidad con el

carisma del fundador

Este punto es de importancia fundamental, y es la clave para renovar y revitalizar nuestras congregaciones, para atraer vocaciones y para cumplir nuestras obligaciones con respecto a los jóvenes que optan por entrar en nuestras familias religiosas. El Concilio insiste en este punto. Debemos garantizar que en nuestras congregaciones la vida sea plenamente católica y en sintonía total con el carisma del fundador o de la fundadora. En esta materia no puede haber contradicciones, dado que el carisma ha sido dado a los fundadores en el contexto eclesial y ha sido sometido a la aprobación de la Iglesia. Muchas congregaciones están haciendo grandes esfuerzos en este sentido.

A pesar de ello, algunos superiores religiosos han descubierto que esto no basta. Están haciendo grandes esfuerzos por reavivar la figura y la centralidad de sus fundadores; están renovando la observancia religiosa y la vida de sus comunidades; pero dicen que todavía no llegan las vocaciones. (...)

Quiero concluir con una oración tomada de la oración colecta y de la oración después de la comunión de la misa por los religiosos del Misal romano: «Oh Dios, que inspiras y llevas a cabo todo buen propósito, guía a tus siervos y siervas por el camino de la salvación. Concede a quienes lo hacen todo por amor a ti que sigan a Cristo y renuncien al mundo, sirviéndote a ti y a sus hermanos y hermanas, con espíritu de pobreza y humildad de corazón. Concede que las religiosas y los religiosos, reunidos en tu amor, se animen unos a otros en el ejercicio de la caridad y en la práctica de las obras buenas, y que con su vida santa sean testigos auténticos de Cristo en el mundo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, en la unidad del Espíritu Santo. Amén».

(Zenit)