María, Madre de la Unidad

 

La celebración del «Mes de María» nos invita a recordar su importantísimo papel en la Alianza de Amor entre todos sus hijos. Ofrecemos un resumen del artículo publicado por el  R.P. Lic. Luis Jorge Montagna, IVE en la página Web: www.dialogoreligioso.org

 

El documento titulado María en el designio de Dios y en la comunión de los santos, presentado por el Grupo de Dombes, uno de los grupos de teólogos interconfesionales más avanzados en el diálogo ecuménico, reconoce que María ha sido motivo de conflicto entre católicos y protestantes, un conflicto del que, según el documento, la misma María ha sido víctima. Por eso el grupo es consciente que ha llegado el momento de decir basta al nombrar en vano el nombre de María y de humillarla por causa del pecado de los hombres. Se anhela el hecho de revertir esta situación, de modo que María no sea más una piedra de escándalo sino por el contrario un vínculo de unión.

El documento reconoce cómo, en el primer milenio, la teología reconocía unánimemente en María un rol importante y perfectamente determinado en el designio del Padre; en efecto, los Símbolos de la fe, afirman de Cristo que “nació de Santa María Virgen” y “se encarnó de María la Virgen”.

Por otra parte, nota el documento que, si bien es verdad que el carácter absoluto de la gracia electiva viene sólo de Dios, sin embargo se insiste ahora sobre la importancia de la respuesta humana que también es parte integrante. En este sentido y en un hecho particularísimo, el misterio de la Encarnación atestigua claramente que María ha cooperado con la respuesta de la propia fe, como cada ser justificado, a través de la propia obediencia, la propia maternidad, y todas la obras de “sierva” entre ellas su intervención en Caná.

Históricamente el autor de la gracia, Jesucristo, se encarna plenamente en nuestra humanidad a través de María, quien coopera de este modo efectivamente en la obra de redención de los hombres. Se comprende entonces que una devoción sobria y veraz hacia la Virgen María, Madre de Dios, sea un potente salvoconducto para el camino de fe referido a Jesucristo.

Podemos decir entonces que, reconociendo que en el primer milenio toda la Iglesia aceptó a María como la “Madre de Dios”, ahora notamos también la importancia clave que tiene la cooperación humana en la obra de la redención, manifestada en la disposición efectiva en cada hombre de recibir la gracia. La cual se verifica singularmente en María, de manera particular y especialísima en el de la Encarnación. Ella, en el orden del diálogo ecuménico, no puede ser motivo de división, por el contrario se convierte en “Madre de unidad” para todos los creyentes en Cristo.