SAN ENRIQUE DE OSSÓ

 

Fundador de la Compañía de Santa Teresa

 

No nos dañará ninguna adversidad

si no nos domina ninguna iniquidad”

 

Sacerdote catalán de profunda espiritualidad teresiana, vive en la España desgarrada y convulsa de la segunda mitad del siglo XIX.

Tercero de los hermanos nacidos del matrimonio de Jaime y Micaela, labradores acomodados, nace el 16 de noviembre de 1840 en Vinebre, provincia de Tarragona.

De su padre recibe “la dirección práctica para el mundo del comercio en el que él me intentó encaminar. De mi madre, una profunda espiritualidad que me lleva hacia la vocación religiosa”.  “Con 14 años, al morir mi madre, me fui al Monasterio de Monserrat para servir como ermitaño a los pies de la Moreneta, la Virgen negra. Mi hermano mayor Jaime me ayudó a ingresar en el Seminario de Tortosa, finalizando luego Teología en Barcelona, donde fui ordenado sacerdote a los 27 años. Me quedé en el Seminario como profesor, desarrollando a la vez una labor catequética”.

Comienza en un barrio barcelonés de pescadores y al cabo de corto tiempo ya está organizada una amplia labor evangélica en toda la diócesis.  “Congregué la infancia, la juventud e hice hincapié en la mujer, corazón de la familia, porque educar a un niño es formar una persona;  educar a una mujer es formar a una familia”.

Nutre sin pausa su vida de sacerdote,  de catequista, de pedagogo, de periodista, de escritor,  con una profunda vida de oración y de contemplación.  Los escritos de santa Teresa de Jesús fueron su fuente de inspiración y de iniciación.

Sus lemas:  “Todo por Jesús” “Ser todo de Jesús” “Ser otro Jesús en la tierra” “Pensar, sentir, amar como Cristo Jesús;  obrar, conversar y hablar como El; conformar, en una palabra, toda la vida con la de Cristo. Revestirme de Cristo Jesús es mi ocupación esencial”.  Ideales que comunica con fuerza y vigor a todas las personas que siguen sus pasos.

En 1870, con apenas 30 años, inicia sus fundaciones: En ese mismo año nacen «La Pía asociación de la Purísima», para los jóvenes campesinos;  el semanario «El Amigo del Pueblo» y  la Revista mensual  «Santa Teresa de Jesús».   Años más tarde crea la «Asociación de Hijas de María Inmaculada y Santa Teresa de Jesús», “para jóvenes que quieran vivir de veras el cristianismo en su propio ambiente”. 

En 1876 funda la «Hermandad Josefina», para hombres de toda edad y profesión,  y  lo que él denomina «El Rebañito del Niño Jesús», para la infancia.

 Finalmente,  lo que es la gran obra de su vida: la «Compañía de Santa Teresa de Jesús», instituto religioso femenino extendido en la actualidad por Europa, América, Asia y África que, de acuerdo con el carisma de santa Teresa, difunde el conocimiento y amor a  Jesucristo por todo el mundo.  “Este debe ser vuestro único afán: ser todas de Jesús.  Que no haya cosa en vuestro interior y exterior que no predique a Jesús”.

Enrique es un hombre de acción incesante. Con múltiples ocupaciones y viajes busca la máxima eficacia apostólica “aprovechando al máximo todos los dones naturales y sobrenaturales que todos poseemos.  Organicémonos. Organicémonos siempre con mentalidad estratégica para planificar todas las acciones, logrando un efecto multiplicador para mayor gloria de Dios.  Los ideales deben ser siempre muy altos en todas las cosas.   Que den como resultado práctico un mayor aumento de los intereses de Jesucristo en cualquier parte”.

Prologa su presencia y labor incansable por medio de la pluma.  Escritor infatigable y constante en sus escritos y cartas breves, muy breves a veces, pero muy condensadas con la fuerza de su pensar, de su espiritualidad, de su afecto sobrio y tierno.

La prensa, los libros, los folletos son otro modo de extender y multiplicar su acción directa.

Nacen nuevas Publicaciones: la «Guía Práctica del Catequista»,  el «Tesoro de la Niñez», «El Cuarto de Hora de Oración».  En esta última muestra un camino sencillo para adentrarse, sin esfuerzo, en lo que Enrique llama “lo indispensable para no estar muerto en vida: oración y contemplación”. Es el apóstol del “cuarto de hora de oración diario”

No cesan sus numerosos escritos para sus Asociaciones.  Publica libros de texto,  infinitas obras de devoción.  Se preocupa de acercar a todos la doctrina social de la Iglesia, redactando refundidas obras divulgativas que la explican de forma sencilla y clara.

El rasgo más impactante de la personalidad de Enrique es la capacidad de integrar una profunda interioridad con una actividad vertiginosa.  Él, que firma muchos de sus artículos con el seudónimo de “El Solitario”, se retira con frecuencia en busca de silencio para encontrar a Dios y entrar en oración. El Desierto de Las Palmas, convento carmelitano en la ciudad castellonense de Benicasim, es uno de sus lugares preferidos. La experiencia aprendida de Teresa de Jesús le lleva a ser hombre maestro de oración. También llegan las cruces a su existencia. 

Desde 1879, a punto de cumplir 40 años, se ve envuelto en un delicado y doloroso pleito que, involuntariamente por su parte, le enfrenta a la autoridad eclesiástica.  Lo que sus compañeros juzgan como obstinación, no es sino defensa  de la verdad, de la justicia y de los derechos de otros.   Varias décadas más tarde, ya después de su muerte, sale a la luz la auténtica realidad de este proceso complicado, poniéndose de manifiesto la fidelidad de Enrique a la Iglesia, su honradez, caridad, su espíritu de fe, prudencia y fortaleza en grado heroico.

Ante la incomprensión y el conflicto, que él llama “contradicción de buenos”, dice: “Que no salga jamás de mis labios una crítica que aniquile. La verdad padece, pero no perece. Esperemos y veremos. Callemos y oremos. Debemos ahogar el mal con la abundancia del bien. No seamos jamás vencidos por el mal, sino venzamos al mal con el bien. No nos estorbemos cuando se trate de promover la mayor gloria de Dios o los intereses de Jesús, sino más bien ayudémonos mutuamente.  No nos dañará ninguna adversidad si no nos domina ninguna iniquidad”.

Momentos difíciles se presentan.  Abandonado por la Compañía de Santa Teresa de Jesús, de la que es padre y fundador, se retira al convento franciscano de Sancti Spiritus en Gilet, provincia de Valencia. “Busco silencio, soledad, reflexión y oración, siempre oración”.

Es el año 1896. Tiene 55 años.  El día 27 de enero aparece muerto. Un derrame cerebral le lleva a la presencia del ansiado Padre. Fruto de esos días de aislamiento son sus escritos plenos de serenidad, de esperanza, de  nuevos proyectos.

Sus restos reposan en la capilla del noviciado la Compañía de Santa Teresa de Jesús, en Tortosa, en cuya lápida se puede leer aquel pensamiento teresiano: “Soy hijo de la Iglesia”.

Patrono de los catequistas españoles, es beatificado en Roma en 1979 y declarado santo por Juan Pablo II el 16 de junio de 1993.

                     

José Ramón González.