¿Es cristiana la búsqueda de la
autoestima?
Una amiga me ha
enviado un largo artículo sobre la autoestima, titulado “La autoestima, una
trampa para el amor”, en el que se pretende demostrar a base de textos
bíblicos, del Magisterio de
V. S. Caldes de Montbui
Cuando se tiene la
paciencia de leer las 16 páginas del artículo, si al principio la impresión es
de un rechazo brutal de la autoestima por parte de la autora, al final se puede
ver que no lo es tanto. Es una lástima que esta buena señora, Dña. Lucrecia
Rego de Planas, culta y muy bien informada, no haya comenzado por lo que dice
al final, dejando para el después todo lo demás. El artículo habría resultado
menos tajante, y lograría mejor su intento, en un mundo como el nuestro, en el
que se impone el dialogar.
Dicho esto, mi
parecer sobre la tesis de Dña. Lucrecia es que tiene mucha razón cuando rechaza
esa corriente que pretende promover por todos los medios la autoestima,
siguiendo, por otra parte, a unos autores nada
recomendables para un católico, a saber Sigmund Freud, Carl Jung, Carl Rogers y
compañía.
Pero Dña. Lucrecia
no podrá negar que la tendencia al amor propio y a la propia valoración procede
del instinto de conservación, dado por Dios con la misma naturaleza al ser
humano. Y el fundamento más sólido, racional y cristiano del propio aprecio es
el amor que Dios nos tiene, por el que nos ha creado y destinado
sobrenaturalmente a participar de su misma vida divina, y esto aun después de
que el hombre rechazara con el pecado de origen el plan divino sobre él, puesto
que no se dejó vencer por ese rechazo y realizó por medio de su Hijo encarnado,
Jesucristo, la redención del género humano.
Si Dios nos ama
hasta ese extremo, es evidente que no sólo debemos corresponder a ese amor
divino, amándole a Él mismo y amando a todos los que Él ama, nuestros hermanos
los hombres, sino también a nosotros mismos. Pero, eso sí, amándonos
ordenadamente, sabiendo buscar nuestro verdadero bien. Y ese amor ordenado no
es posible tras el pecado original y sus consecuencias, sin la abnegación
cristiana y el dominio de las pasiones. De ahí todas las exigencias de
autodominio y mortificación de
No es posible amar
a Dios, al prójimo y a uno mismo con un amor puro, sin un corazón desprendido
de todas las cosas y de sí mismo. Es más, ese desprendimiento, esa libertad
interior, es la mejor realización de uno mismo en la tierra, al par que le
permite amarse con el más puro de los amores, es decir, como el amor que Dios
le tiene exige que se ame.
En la praxis
pedagógica esto se traduce en un equilibrio entre las manifestaciones de
aprecio de las cualidades y logros del formando y las exigencias de renuncia a
sus propios caprichos.
El sistema de
corregir todos los fallos y de no alabar ninguna de las cualidades del hijo,
del alumno, del súbdito, no es ni psicológicamente sano, ni cristiano.
Tampoco lo es la
conducta contraria, alabar siempre y no corregir nunca. Menos lo es todavía ese
constante martilleo con el que se empuja a la autoestima, a la autoafirmación,
a la autorrealización, etc.
Pero las mismas
alabanzas han de favorecer la humildad, que, como dice Sta. Teresa, es verdad;
verdad de los propios límites y defectos y verdad también de las cualidades,
recibidas de Dios y cultivadas con la ayuda de los demás, en la familia, en el
colegio, en la sociedad civil, en
Por último me
parece importante subrayar, como lo hace la articulista, la importancia del
amor fraterno cristiano para la realización y perfección propia; amor no sólo
como el que a nosotros nos debemos, sino como el que Cristo nos ha manifestado.
¿Se puede rezar por la salvación
de los niños abortados?
Recibo una carta de
una buena religiosa sorprendida y hasta indignada, al ver en Avanzar la noticia
de las esquelas mortuorias de abortos, publicadas en diversos periódicos por
una organización católica. Piensa ella que esas almas inocentes no necesitan
que se ruegue por ellas. Pero me pide una respuesta que aclare “este misterio”,
como ella dice.
Ante todo debo
aclararle que yo no soy ya desde hace años el Director de Avanzar. Digo esto
por lo que la carta pueda significar de protesta. El actual Director es el P.
Gregorio Rodríguez.
Después, le diré
que la intención de quienes hicieron publicar esas esquelas parece ser más una
manera de sensibilizar a la opinión pública, contrarrestando la errónea de
quienes piensan que los fetos no son personas humanas. Es una opinión, como
digo, inaceptable y ello no sólo para un católico, sino también para cualquier
científico serio. El óvulo a penas fecundado se comporta al instante como un
individuo independiente, que rechaza la penetración de otros espermatozoides,
que inicia el proceso evolutivo, siguiendo el programa del propio genoma paso a
paso, preparando cada uno de ellos el siguiente, hasta la madurez del noveno
mes de gestación. En ningún momento se puede hablar de un conglomerado amorfo
de células, como algunos dicen.
Pero lo que a Vd.
le preocupa es eso de pedir oraciones por la salvación de esos personas del
todo inocentes.
Pues bien, es
cierto que esas criaturitas no han podido cometer ningún pecado personal y por
ese lado es claro que no necesitan que se ruegue por ellas. Pero son hijos o
hijas de Adán, y aunque personalmente no hayan contraído pecado alguno, han
sido concebidas privadas de la gracia divina necesaria para la salvación. Han
contraído el pecado original, que según la definición dogmática del Concilio de
Trento, se trasmite por propagación. Lo que quiere decir que al hacerse Dios
presente, en el mismísimo momento en que el ser humano es concebido en el seno
materno, para crear el alma correspondiente e infundirla en él, esa alma es
creada sin la gracia divina, gracia que, según el plan divino, debiera tener
para poder entrar en la visión de Dios.
Esto supuesto, yo
le pregunto a Vd. ¿se puede pedir a Dios que en su misericordia infinita
conceda a esas criaturitas la gracia divina que Cristo ha merecido para todos
los hombres, y hasta que les conceda, si es necesario, en el instante anterior
a su muerte la posibilidad de aceptar libremente la gracia? Imagino que su
respuesta será afirmativa.
Me cita Vd. sobre
el particular el siguiente texto del Catecismo de
Este texto, lejos
de prohibir la oración por esos niños, nos habla de confiarlos a la
misericordia de Dios, lo cual es ya una oración, “como se hace en el rito de
las exequias por ellos.”
Espero que esto le
aclare y resuelva el problema.
J. Mª. F-C.