EL ORIGEN DE LA IGLESIA

                                      

¿Cuándo empezó?

 

El Concilio Vaticano II afirma que el Padre estableció convocar a quienes creen en Cristo en la santa Iglesia, que ya fue prefigurada desde el origen del mundo, preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en la Antigua Alianza, constituida en los tiempos definitivos, manifestada por la efusión del Espíritu y que se consumará gloriosamente al final de los tiempos (Lumen Gentium 2).

En la frase, cinco verbos son importantes: prefigurar, preparar, constituir, manifestar y consumar. A través de ellos se ve claramente que la Iglesia tiene un largo recorrido, un proceso de siglos en el que Dios la va llevando a cabo.

Pero se da un momento, -los tiempos definitivos-, en los que la Iglesia es concretamente constituida, es decir, formada, establecida o fundada. Y esos tiempos definitivos, lo sabemos, son los últimos tiempos, los que han sido inaugurados con la Encarnación del Verbo de Dios y que van hasta su Ascensión-Glorificación. Luego Cristo tuvo algo que ver, o mucho, con la fundación de la Iglesia. Pues sí, tanto, que de hecho Él es su Fundador. Sí, pero ¿cuándo o en qué momento la fundó? Es cuanto ahora queremos aclarar.

 

Primeros pasos

El centro de la predicación de Jesús fue, sin duda, la cercanía del Reino de Dios, es decir, la presencia amorosa y decisiva de Dios para con toda la humanidad (véase Mc 1,15 y Mt 4,17). Todo eso, por cierto, quedaba concretado en la persona y en la obra de Jesús, a la que Él invitaba a todos sin excepción. Y con la que oraba: Padre Nuestro (véase Mt 6-9-15 y Lc 11, 2-4).

El Reino, como es obvio, necesitaba también un pueblo en el que pudiera hacerse presente, que le acogiese, lo hiciera concreto y visible, y que lo anunciase a los demás: tal, el «Pueblo de Dios». Y lo que Jesús hizo, en la perspectiva de los profetas (véase por ejemplo, Is 2,2-5), fue convocar al pueblo de Israel, invitándole a una unión definitiva aceptando el Reino de Dios. Cosa que no logró y fue llorada por Jesús (véase Mt 23,37 y Lc 13,34).

En ese marco hay que situar uno de los hechos más relevantes y significativos de Jesús, como es la elección de los doce Apóstoles, entre sus discípulos. «Doce» significaba precisamente el «restablecimiento» de Israel, tan vivo y esperado desde antiguo entre su pueblo. Y además, la promesa del primado de Pedro (véase Mt 16,18) y su confirmación (véase Jn 21,15-17).

Es claro en todo el Evangelio: lo que Jesús promovió con la predicación del Reino de Dios, fue un amplio movimiento de seguidores: discípulos, amigos, mujeres, curiosos, enfermos marginados, pecadores, etc., lo que se ha llamado acertadamente «movimiento intrajudío de renovación».

Con la muerte de Jesús, huyen y se dispersan; pero tras el anuncio de la Resurrección, se reagrupan en torno a los doce (véase Hch 2,1-47) y se extienden notablemente. De este modo se «desnacionalizan» y su vida y mensaje, que son los de Jesús, pues son sus testigos vivientes, se convierte en una propuesta atendible y válida para todos los pueblos y naciones. En todo esto, ¿no se evidencia que la «Iglesia de Jesús» está en marcha? Lo recuerda bellamente el Concilio Vaticano II: el Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia, es decir, la llegada del reino de Dios prometido en las Escrituras (LG 5).

Y ahora, el nombre

Es hoy sentir común que entre finales del siglo I y principios del siglo II este «movimiento intrajudío de renovación», que el Nuevo Testamento califica como «camino», «los santos», «los nazarenos», «la secta o facción nazarena», los «cristianos».., pasa a ser reconocida progresivamente de forma diferenciada del pueblo judío con el calificativo específico de «Iglesia» (así, entre otros, el teólogo Pié-Ninot).

Ahora ya decididamente y de modo progresivo se va realizando el distanciamiento de los cristianos de quienes querían seguir siendo el pueblo judío porque rechazaban las enseñanzas de los Apóstoles centrada en Jesús de Nazaret. En un tal contexto, los seguidores de Jesús adoptan de forma preeminente el nombre «Iglesia». Palabra que el Antiguo Testamento había usado para calificar la asamblea fundacional del pueblo hebreo en el monte Sinaí, y que significaba «la comunidad convocada por Dios» para comunicarles la Alianza con Él (véase Dt 4,10; 9,10, etc.). Así quedaba clara su raíz y convicción: continúan siendo la asamblea (iglesia) del nuevo y verdadero Israel.

Fundación progresiva

Esta idea de fundación progresiva de la Iglesia es la que mejor concuerda con los datos que ofrece el Nuevo Testamento, desde el inicio de la actividad del Jesús terreno, así como del resucitado.

Esos datos, conforme al documento de la Comisión Teológica Internacional de 1985, -Comisión del Santo Padre, digamos-, pueden enumerarse así:

1-las promesas veterotestamentarias sobre el pueblo de Dios; 2 -la amplia llamada de Jesús a todos los hombres a la conversión y a la fe; 3 -la vocación e institución de los Doce como signo del futuro restablecimiento de todo Israel; 4 -la imposición del nombre a Simón Pedro y su lugar preeminente en el círculo de sus discípulos y su misión; 5 -el rechazo de Jesús por parte de Israel y la ruptura entre el pueblo judío y los discípulos de Jesús; 6 -el hecho de que Jesús, al instituir la Cena y afrontar su pasión y muerte, persiste en predicar el Reino universal de Dios que consiste en el don de la vida a todos los hombres; 7 -la restauración, gracias a la resurrección del Señor, de la comunidad resquebrajada entre Jesús y sus discípulos, y la introducción después de la Pascua de la vida «propiamente» eclesial; 8 -el envío del Espíritu Santo que hace de la Iglesia una verdadera «criatura de Dios» (así la narración de Pentecostés en los escritos de Lucas); 9 -la misión hacia los paganos y la constitución de la Iglesia entre los paganos; 10 -la ruptura definitiva entre el «verdadero Israel» y el judaísmo.

Conclusión. Adviértase que ninguna etapa de éstas, tomada por sí sola, es totalmente significativa. Pero todas unidas muestran con evidencia que la fundación de la Iglesia debe entenderse como un proceso histórico, que se constituyó definitivamente con los acontecimientos de la Pascua y de Pentecostés. Y que por eso es necesario afirmar que Jesús quiso fundar la Iglesia. Pero digamos también, que esto no autoriza a afirmar que fundó y estableció todos los aspectos institucionales de la Iglesia, tal y como se han desarrollado en el transcurso de los siglos. ¡Amemos a la Iglesia de Jesucristo! ¡Es Él mismo continuado en la historia! ¡Es nuestra santa-madre Iglesia!

Gregorio Rodríguez, cpcr