SANTA BERNADETTE SOUBIROUS,

la vidente de Lourdes (II parte)

 

“No necesito consolación, sólo fortaleza y paciencia. Iré al cielo si me porto correctamente. Cuanto más pequeña me hago, más crezco en el Corazón de Jesús. Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que acudimos a Ti.”

El 16 de julio de 1858, Bernardette, arrodillada lo más cerca posible de la gruta, ahora cercada, vigilada y prohibido su acceso a ella  por orden del gobernador de Tarbes, recibe la última visión de la Virgen.

Ha cumplido una misión, con gran valentía ante todos los sufrimientos, incomprensiones, calumnias, burlas, injurias que tiene que soportar.

Dos virtudes resaltan en su vida: la piedad y la modestia. “No sé como orar, pero paso horas enteras en oración. Hablo a Dios, hablo a la Virgen como cuando hablo cara a cara con una persona. Les abro mi corazón y expreso con honestidad todo lo que en él hay. Ama la oración verbal del rosario. Lo lleva siempre en su bolsillo. Lo tiene en sus manos cuando la Virgen se le manifiesta. Su primer gesto en momentos de prueba, de dificultad, es tomarlo y recitarlo con intensidad.

La escogida de la Virgen tiene que sufrir mucho hasta el día de su muerte. Sufrimiento moral. Sufrimiento físico. Dios guía sus pasos y ella se apoya en Él con fe, humildad, abandono y coraje. Valentía ante sacerdotes, obispos, procuradores, policías, quienes tratan de persuadirla para que manifieste la falsedad de las apariciones. Sabe discernir lo que estas personas quieren. No desean conocer la verdad, sino arrancar de sus labios contradicciones, mentiras, alucinaciones.

El 3 de junio de 1858, con 14 años, hace su Primera Comunión. Su salud no es buena. Padece asma crónica, abscesos en oídos que le procurarán sordera, tumor en una rodilla, tuberculosis.

La Virgen manifiesta a Bernardette: “No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el otro”. Y estas palabras se cumplen en nuestra santa. Mucho tiempo de dolor durante su vida hasta su fallecimiento a los 35 años. Aguas de Lourdes que sanan a otros pero no a ella. “La Virgen Santísima quizá desea que yo sufra. Solo el Buen Dios sabe el por qué”.

Bernardette no puede recibir en su casa la atención que precisa su delicado estado. El gran número de visitantes y curiosos le causa una fatiga añadida.

Las Hermanas de la Caridad le ofrecen asilo en 1860 contando con la autorización de sus padres que ahora viven en un molino.

En el Hospicio de Lourdes aprende con 16 años a leer y escribir. Su preceptora deja escrito: “Encuentro en ella una inteligencia muy viva, un candor perfecto y un corazón exquisito. Es muy lista y asimila muy bien la doctrina. Es recta, sincera, piadosa, algo traviesa, muy vivaz, ríe, juega, bromea. Cuida a otros niños pequeños y se hace niña con ellos. Es muy seria en cuanto a su vida espiritual”.

No considera el casarse, el formar una familia. En 1863, a los 19 años, ve muy claro hacerse religiosa. Desea ser carmelita, pero se le hace comprender que su muy delicado estado físico es un impedimento para enfrentar los rigores del Carmelo.

El obispo de Nevers contribuye a su orientación. En agosto de 1864, con 20 años, comunica a la superiora del Hospicio :Madre, he orado para saber si estoy llamada a la vida religiosa. Creo que la respuesta es sí. Yo quisiera entrar en su congregación si soy aceptada. Permítame pedirle que le escriba al obispo”.

Hecha su elección, más ataques de enfermedad retrasan la puesta en práctica de su decisión.

A comienzos de julio de 1866, tiene 22 años, va a visitar por última vez su amada gruta: ¿Ven la gruta? Era mi cielo en la tierra”. Se despide de sus padres y familiares, dejando atrás su pueblo natal para nunca más volver. “Sí, Madre querida, tú te has abajado hasta la tierra para aparecerte a una débil niña. Tú, Reina del cielo y la tierra has querido servirte de lo que había de más humilde según el mundo”.

Se va para comenzar su noviciado. En los anales de la Casa Madre se lee: “Bernardette es todo lo que de ella hemos oído; humilde en su triunfo sobrenatural; simple y modesta a pesar de que todo se le ha unido para elevarla. Ella ríe y es dulcemente feliz aunque la enfermedad se la está comiendo. Este es el sello de la santidad, sufrimiento unido a gozo celestial”.

Al recibir el hábito de postulante recibe el nombre de María Bernarda. Muere su madre y ésta es una de las tristezas más grandes que experimenta. “Mi Dios, Tú lo has querido. Acepto el cáliz que me das. Que tu Nombre sea bendito”. Durante su noviciado, es tratada más severa y duramente que las otras novicias. Profesa en octubre de 1867. Tiene 23 años. Sin embargo, la felicidad de ese momento es teñida por una nueva humillación al darle el destino de sirvienta en la enfermería. Su padre fallece y Bernardette enferma de nuevo. Al recuperarse, la nombran asistente del sacristán. Su nuevo destino le permite pasar tiempo en la capilla, orar ante el Santísimo. Su salud empeora de nuevo. A partir de 1877 no es más que una inválida. Pronuncia sus votos perpetuos en septiembre de 1878 con 34 años en unos días que se encuentra mejor. Pero no dura mucho la ausencia de dolor y enfermedad. En diciembre se recrudecen los achaques; es trasladada a la enfermería para nunca más salir de ella. Sus últimos meses son muy difíciles. Pasa por una tortura física y por un desierto espiritual, por una noche oscura del alma. “Hay días que pierdo toda confianza, hay turbación en mi corazón, tengo dudas, mi mente está muy confusa, no tengo ánimo, y no deseo caer en la desesperación; soy indigna de la salvación…”. Tentaciones del enemigo y confusión mental causada por la fiebre y el mal que la consume. La estancia prolongada en cama le provoca llagas en la espalda; su pierna tuberculosa se revienta. “Si no hubiesen sido tan evidentes sus síntomas, nadie hubiese sospechado que estaba enferma. Su actitud serena y gozosa no manifestaba el profundo sufrimiento que padecía. No perdió su fortaleza, a pesar de sus tentaciones y dudas”.

Bernardette entra en agonía en la Semana Santa de 1879. El día 16 de abril ruega a las religiosas que la asisten que recen el rosario, siguiéndolo ella con gran fervor. Al finalizar un Ave María, como si se encontrara de nuevo con la Virgen en la gruta, pronuncia sus últimas palabras: Santa María, Madre de Dios, ruega por mí, pobre pecadora…pecadora…”.  Son las 3,15 de la tarde.

Su cuerpo es puesto en la pequeña capilla gótica situada en el centro del jardín del Convento bajo la advocación de San José.

Después de 30 años, en septiembre de 1909, reconocen sus restos en vista del proceso de beatificación . El cuerpo es hallado en perfecto estado de preservación. Su piel dura, intacta, mantiene su color.

Bernardette es canonizada el 8 de diciembre de 1933.

Su cuerpo incorrupto se puede venerar en su capilla de Nevers colocado en un féretro de cristal donde parece dormir en un bello y apacible sueño, transmitiendo paz y esperanza a través de la impresionante dulzura de su rostro.

José Ramón González