¿SANEAR LA CULTURA

O EVANGELIZAR A LAS PERSONAS?

 

Hace unos días, compartiendo con otro sacerdote, nos preguntábamos sobre la prioridad de nuestra actuación sacerdotal, ante la progresiva secularización de Europa. Él opinaba que lo más urgente y necesario era sanear la cultura, o mejor, recuperar la que hace sólo algunos decenios todavía era sustancialmente cristiana y hemos dejado que eliminen y sustituyan por ésta otra hostil a toda trascendencia e incluso, o por  lo mismo, deshumanizante. Yo me inclinaba más bien a pensar que nuestro esfuerzo principal debe dirigirse a la conversión y santificación de las  personas concretas. ¿Qué piensa Vd.?

E. M., Pozuelo

 

 

Tu pregunta me recuerda esa ley que Vittorio Messori llama del “et-et”. Como sabes, “et” en latín, y también en francés, es la partícula copulativa, nuestra conjunción “y”. Esa ley consiste en la necesidad de unir los extremos, aparentemente opuestos, para estar en lo justo: no esto o aquello, sino esto y aquello. Y opina el gran -quizá el mayor- periodista católico italiano que “toda la lógica cristiana se funda en la paradoja de la unión de los opuestos”.

Y te digo que tu pregunta me recuerda la tesis de Messori, porque me inclino a pensar que la mejor respuesta a la misma es, “lo uno y lo otro”. Y me explico.

No cabe duda que el objetivo principal de la Iglesia es la salvación y santificación de los hombres. Su misión es, como la de Jesús, invitarles a la conversión y a creer en el Evangelio (cf Mc 1, 15). Ayudarles a comprender y aceptar que en Jesús tienen su Salvador y su Dios, y facilitarles entrar en la Iglesia, por él fundada, recibiendo o revivificando el bautismo. Ayudarles a nutrir la fe adquirida o recuperada, con los demás sacramentos, con el resto de la liturgia y la oración personal, y a vivirla coherentemente las veinticuatro horas del día. Y como la cultura no es una realidad flotante sin relación con la manera de pensar, vivir y actuar de las personas, sino todo lo contrario, resultado y repercusión social de esa manera de pensar, vivir y actuar, quien se entrega a la evangelización directa de las personas, contribuye eficazmente a la creación de una cultura cristiana y auténticamente humana. De manera que estoy totalmente de acuerdo contigo.

Pero igualmente claro me parece que la cultura puede entorpecer o facilitar mucho la conversión de las personas concretas y la coherencia de la vida con la fe profesada. Trabajar por la recuperación de la cultura cristiana es no sólo facilitar la conversión y vida cristiana de los miembros de la sociedad, sino también la perseverancia en esa vida de fe. ¿Luego también doy razón a tu amigo? Pues sí, también.

Pero me dirás que uno y otro empeño es tan exigente y absorbente que hace imposible la dedicación por entero a ambos.

Desde luego, sobre todo cuando se advierte que un trabajo que pueda resultar significativo en pro de la cultura exige, además de una formación filosófica y teológica muy serias y siempre al día —que también se le pide a quien se entrega al apostolado directo—, exige, digo, además la preparación específica para saberse servir de los medios de comunicación social y consagrar mucho tiempo al uso de los mismos, siendo éstos uno de los principales medios, si no el principal para la creación de una cultura auténtica.

Pero no debemos olvidar que en la Iglesia existe una variedad de carismas y funciones, como ya enseñara S. Pablo: Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos... (1 Co 12, 4-6 y 11). Tu amigo, al parecer, tiene el carisma de la cultura. Tú, en cambio, con muchos otros, tienes el carisma de la evangelización directa de las personas. Y te gustará que, de paso, te cite unas palabras del Cardenal Ruini, Obispo Vicario del Papa en el gobierno de la diócesis de Roma, pronunciadas al recibir uno de estos días el doctorado “honoris causa” en comunicación social de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz: «La comunicación social es cada vez más importante para la evangelización y la comunicación de la fe, pero no basta por sí sola y no es ni siquiera la vía más eficaz, que sigue siendo la de los contactos y relaciones directas, personales y en la comunidad creyente».

De manera que es la Iglesia quien tiene que unir y vivir intensamente estos dos carismas y todos los demás suscitados en ella por el Espíritu Santo. Sus miembros, vivirán cada cual el propio, pero, eso sí, con espíritu de comunión y cooperación.

Y a propósito de esto último, permíteme subrayar algo a lo que ya he hecho alusión. Aunque te he admitido que la consagración plena a las dos misiones -llamémoslas así- no es posible en la generalidad de las personas, porque somos limitados, sin embargo la necesidad y complementariedad de ambas funciones es tal que pedirá siempre a quien se dedica de lleno a la evangelización que esté muy bien preparado e identificado con la verdadera cultura humana y cristiana, para ser capaz de fundar su trabajo en la verdad y realidad del hombre, individual y social, creado por Dios y redimido por su Hijo, Cristo Jesús. De suerte que convirtiendo y santificando a las personas, simultáneamente vaya contribuyendo a la recuperación de la cultura perdida.

Y quien se siente llamado a consagrarse por entero a la labor cultural, sobre todo siendo sacerdote, pero también quien sea un simple seglar católico, tiene que estar animado de un verdadero celo de la salvación de sus hermanos los hombres, tratando de evangelizar y llevar a la santidad a todos aquellos con quienes entre en relación.

De suerte que la diferencia entre la entrega a uno y otro ideal, a mi entender, debiera consistir, más que nada, en la mayor intensidad y tiempo a dar a aquel al que uno se siente particularmente llamado.

Si quisiéramos buscar un modelo, quizá Joseph Ratzinger, el teólogo y el Cardenal Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, podría ofrecernos el ejemplar del cristiano con vocación cultural. El antiguo Arzobispo de Munich y el actual Papa, Benedicto XVI, podría ofrecernos el de quien tiene que dedicarse por entero a la salvación de los hombres.

J.M. F-C.