¿SANEAR
O EVANGELIZAR A LAS PERSONAS?
Hace unos días,
compartiendo con otro sacerdote, nos preguntábamos sobre la prioridad de
nuestra actuación sacerdotal, ante la progresiva secularización de Europa. Él
opinaba que lo más urgente y necesario era sanear la cultura, o mejor,
recuperar la que hace sólo algunos decenios todavía era sustancialmente
cristiana y hemos dejado que eliminen y sustituyan por ésta otra hostil a toda
trascendencia e incluso, o por lo mismo,
deshumanizante. Yo me inclinaba más bien a pensar que nuestro esfuerzo
principal debe dirigirse a la conversión y santificación de las personas concretas. ¿Qué piensa Vd.?
E. M., Pozuelo
Tu pregunta me
recuerda esa ley que Vittorio Messori llama del
“et-et”. Como sabes, “et” en latín, y también en francés, es la partícula
copulativa, nuestra conjunción “y”. Esa ley consiste en la necesidad de unir
los extremos, aparentemente opuestos, para estar en lo justo: no esto o
aquello, sino esto y aquello. Y opina el gran -quizá el mayor- periodista
católico italiano que “toda la lógica cristiana se funda en la paradoja de la
unión de los opuestos”.
Y te digo que tu
pregunta me recuerda la tesis de Messori, porque me
inclino a pensar que la mejor respuesta a la misma es, “lo uno y lo otro”. Y me
explico.
No cabe duda que el
objetivo principal de
Pero igualmente
claro me parece que la cultura puede entorpecer o facilitar mucho la conversión
de las personas concretas y la coherencia de la vida con la fe profesada.
Trabajar por la recuperación de la cultura cristiana es no sólo facilitar la
conversión y vida cristiana de los miembros de la sociedad, sino también la
perseverancia en esa vida de fe. ¿Luego también doy razón a tu amigo? Pues sí,
también.
Pero me dirás que
uno y otro empeño es tan exigente y absorbente que hace imposible la dedicación
por entero a ambos.
Desde luego, sobre
todo cuando se advierte que un trabajo que pueda resultar significativo en pro
de la cultura exige, además de una formación filosófica y teológica muy serias
y siempre al día —que también se le pide a quien se entrega al apostolado
directo—, exige, digo, además la preparación específica para saberse servir de
los medios de comunicación social y consagrar mucho tiempo al uso de los
mismos, siendo éstos uno de los principales medios, si no el principal para la
creación de una cultura auténtica.
Pero no debemos
olvidar que en
De manera que es
Y a propósito de
esto último, permíteme subrayar algo a lo que ya he hecho alusión. Aunque te he
admitido que la consagración plena a las dos misiones -llamémoslas así- no es
posible en la generalidad de las personas, porque somos limitados, sin embargo
la necesidad y complementariedad de ambas funciones es tal que pedirá siempre a
quien se dedica de lleno a la evangelización que esté muy bien preparado e
identificado con la verdadera cultura humana y cristiana, para ser capaz de
fundar su trabajo en la verdad y realidad del hombre, individual y social,
creado por Dios y redimido por su Hijo, Cristo Jesús. De suerte que
convirtiendo y santificando a las personas, simultáneamente vaya contribuyendo
a la recuperación de la cultura perdida.
Y quien se siente
llamado a consagrarse por entero a la labor cultural, sobre todo siendo
sacerdote, pero también quien sea un simple seglar católico, tiene que estar
animado de un verdadero celo de la salvación de sus hermanos los hombres,
tratando de evangelizar y llevar a la santidad a todos aquellos con quienes
entre en relación.
De suerte que la
diferencia entre la entrega a uno y otro ideal, a mi
entender, debiera consistir, más que nada, en la mayor intensidad y tiempo a
dar a aquel al que uno se siente particularmente llamado.
Si quisiéramos
buscar un modelo, quizá Joseph Ratzinger, el teólogo y el Cardenal Prefecto de
J.M. F-C.