Gotas

 

La lucha por la libertad de la Iglesia,

La lucha para que el Reino de Jesús

no pueda ser identificado con ninguna estructura política,

hay que librarla en todos los siglos.

(Benedicto XVI)

 

Dominar sobre el mundo,

            ¿no es la mejor manera de construir el reino de Dios?

            Dios es el Rey mundo y gobierna con maestría., canta un salmo.

Entiéndase bien, se dice,

            no se trata de un poder intelectual, moral, material o político,

            ni mucho menos de un poder dictatorial.

            Se trataría más bien, de un poder democrático,

            paternal y hasta cordial, más propio del reino de Dios:

            estrictamente de paz, de bienestar, de solidaridad, de libertad,

            en la que los cristianos se puedan empeñar a fondo

            y la Iglesia institucional fuera garante o arbitro

            de un tan evangélico reinado.

¿Sería éste de verdad el Reinado de Dios

            que Cristo ha venido a instaurar?

Sinceramente, ¿me lo pueden asegurar?

Digamos más bien que se repite la tentación.

            La vieja y consabida tentación de identificar

            la estructura política, social, militar, etc., con el reino de Dios,

            con la fe y, en definitiva, con la libertad propia de ambas

            y de la misma Iglesia.

Cuando es así, al final, la fe y la libertad de la Iglesia

            pagan un tributo demasiado caro: el sometimiento.

            Siendo que en realidad de verdad sólo han de estar sometidas

            al Dios único y verdadero y a su Hijo Jesucristo.

                        A Él solo adorarás, respondió Jesús al diablo.

¿Aún no hemos aprendido la lección de la historia?

            Es clara hasta la evidencia.

El imperio cristiano intentó muy pronto convertir la fe en un factor político de unificación imperial. El reino de Cristo debía, pues, tomar la forma de un reino político y de su esplendor. La debilidad de la fe, la debilidad terrena de Jesucristo, debía ser sostenida por el poder político y militar. En el curso de los siglos, bajo distintas formas, ha existido esta tentación de asegurar la fe a través del poder, y la fe ha corrido siempre el riesgo de ser sofocada precisamente por el abrazo del poder... En efecto, la fusión entre fe y poder político siempre tiene un precio: la fe se pone al servicio del poder y debe doblegarse a sus criterios  (Benedicto XVI).

 

¿Volver a las andadas?

¡Muy malos consejeros!

P. Gregorio