ANIMAL SOCIAL
POR EXCELENCIA
En enero del 2007
dejamos el tema de los valores y comenzamos una nueva serie de artículos, para
responder a la pregunta siempre actual, siempre trascendente, qué es el hombre.
Catorce llevamos ya escritos tratando de dar respuesta. ¿Hemos agotado el tema?
Evidentemente no; estamos lejos de ello; hay todavía mucho que decir.
Últimamente me he
detenido bastante en el examen de la condición sexuada del ser humano, siguiendo
las enseñanzas de Juan Pablo II.
Ahora, conducido en
alguna manera por ese examen, quisiera ocuparme de la sociabilidad del hombre.
De varios animales se dice que son sociales,
pero realmente social es sólo uno, el hombre
La sociabilidad, en
efecto no es un fenómeno puramente instintivo, como sucede con el resto de los
animales considerados sociales. La sociabilidad es una relación interpersonal
fundada en la inteligencia y la voluntad libre propias de la persona, que descubren
en el otro un semejante, en sí mismo amable, y en el que la persona puede
encontrar ayuda y complementariedad, o con una expresión más actual,
solidaridad. Y esta tendencia social del ser humano es, después de la tendencia hacia Dios, por la que se le denomina, con toda
razón, animal religioso, la más fuerte y profundamente arraigada en su
naturaleza.
Algún lector podrá
quizá pensar que la tendencia sexual es todavía más fuerte que la social. Si
hubiese que separar una de otra, quizá tendría razón. Pero pienso que no se
deben separar. Por eso he escrito pocas líneas más arriba que ahora quisiera
considerar la tendencia social del hombre conducido en alguna manera por el
examen realizado de su condición sexuada. Es decir, tomando como punto de
partida, y hasta como raíz, si no única, sí una de las principales de la
sociabilidad, la sexualidad, tal como nos la ha presentado Juan Pablo II, con
todo realismo.
En efecto, la razón
principal de la existencia del sexo, en su doble forma masculina y femenina, es
evidentemente la procreación y la recta educación y maduración de los
individuos de la especie humana, llamados ya desde el mismo instante de esa
concepción a vivir en sociedad. Sin decir que el mutuo atractivo sexual del
varón y de la mujer puede ser considerado, por más de un motivo, como una de
las múltiples manifestaciones -quizá la más importante- de la sociabilidad
humana.
El noviazgo, etapa
preparatoria del matrimonio, en la que el amor entre el novio y la novia
debería ir creciendo y purificándose a impulsos del mutuo y progresivo
conocimiento y de la mutua y progresiva
capacidad de renuncia a los propios gustos e intereses, para complacer al otro
en los suyos buenos, constituye un fenómeno perfectamente social y constructor
de sociedad.
El sexo no es, como
supone la cultura dominante en nuestros días, un puro instrumento de placer,
para hacer la vida más alegre y llevadera a los humanos. No, no es sólo, ni
principalmente, eso. Es, ante todo y sobre todo, el medio establecido por el
Creador para dar origen a la sociedad humana. Y dárselo de la forma más digna,
más conforme con la condición de personas, mejor adaptada a las necesidades del
desarrollo armónico de las mismas, desde la gestación hasta la edad madura,
uniendo a los progenitores, un varón y una mujer, por el matrimonio en una
sociedad estable de amor.
La familia, primera respuesta natural
a la sociabilidad del ser humano
De manera que la
familia, sí la familia, es la primera respuesta natural, es decir, dada por la
naturaleza misma, a la sociabilidad del ser humano; es la primera y más básica
sociedad.
La necesidad que el
niño, ya desde el primer momento de su concepción, tiene de amor, de amor hacia
él y de amor entre los esposos sus padres, es otra importante manifestación de
la sociabilidad humana.
Es deber de padre y
madre ofrecer a sus hijos a lo largo de
todo el proceso de su desarrollo ese amor mutuo que les llevó inicialmente a
darles el ser. Es igualmente deber de ambos esposos y padres amar a sus hijos;
amarlos los dos, amarlos cada cual según su propia condición masculino-paterna
y femenino-materna, amarlos a todos. Y como el amor no se expresa con puras
palabras, aunque éstas sean necesarias, sino también con obras, tendrán también
el deber de ofrecerles todo cuanto necesiten en el orden del crecimiento, de la
salud y de la higiene; de la educación física, social, moral y religiosa; de la
capacitación cultural, científica y técnica, para que puedan ser hombres y
mujeres de provecho, como se decía en otros tiempos. De provecho para sí
mismos, de provecho para su futura familia, de provecho para la sociedad civil,
puesto que son sociales. Todo ello siguiendo el recto criterio de la razón, confirmado
en el creyente por el de la fe. A este deber o suma de deberes, corresponde el
derecho de actuar en consecuencia libremente, sin otras cortapisas externas que
las reclamadas por el verdadero bien común.
La sociedad civil, segunda respuesta natural
a la sociabilidad humana
Si la familia es,
como decíamos, la primera respuesta natural a la sociabilidad humana, la
sociedad civil es indudablemente la segunda. La sociedad civil nace de la
necesidad natural que las familias tienen de una estructura superior que les
facilite el logro de los medios necesarios para su existencia y cometido, ese
conjunto de medios que llamamos el bien común.
La autoridad civil
puede establecer en vistas a la obtención de ese bien común, unos determinados
niveles culturales y morales a lograr mediante los estudios básicos, medios y
superiores en cada ramo del saber. Puede asimismo ofrecer a las familias ayudas
e instituciones de diversa índole que les asistan en su cometido, pero no puede
imponerlas, sino cuando las familias,
por sí mismas o por medio de iniciativas privadas, no consigan llegar a
los niveles legítimamente establecidos. En este caso se trata de una función
subsidiaria que debe todavía respetar ulteriores opciones libres de los padres.
Pero fuera de ese caso no está en su derecho suplantar a los padres, ni a la
iniciativa privada surgida libremente como ayuda y complemento de estos
últimos. Cuando un gobierno, como sucede en algunas autonomías de nuestro país,
escoge e impone a los padres los centros educativos para sus hijos; cuando el
gobierno central hace obligatoria para todos los niños y jóvenes españoles una
asignatura con la que pretende no sólo darles una conveniente cultura
sociopolítica, sino también imponer una ideología o cosmovisión atea, con su
correspondiente moral laica, conculcan los derechos de los padres y de los
ciudadanos e instituciones privadas que se sienten llamados a ofrecer a los
padres las ayudas que puedan necesitar. Conculca igualmente los derechos de
La sociedad civil ha sido hecha para la familia y
la persona,
no al revés
Si la ley natural
reclama la existencia de la sociedad civil, es para la familia y la persona; no
la persona y la familia para la sociedad civil.
Por ahí se
comprenderá que cuando un gobierno legaliza el divorcio y lo facilita hasta el
extremo de no necesitar para su aplicación más razones que la voluntad de uno
de los esposos; cuando pretende elevar a la categoría de familia, y con los
mismos derechos, a uniones de hecho incluso entre personas del mismo sexo,
degrada a la familia, a la familia natural, a la única verdadera familia,
fundada en la unión indisoluble, amorosa y fecunda, de un varón con una mujer.
Y por ende se degrada a si mismo y a la sociedad civil que debe gobernar y al
pueblo a quien representa. ¿Qué digo, degrada? Prepara su autodestrucción con
la de la sociedad civil misma. Porque, repitámoslo, la sociedad civil nace de
la familia y para la familia.
En el próximo
artículo veremos que la sociabilidad humana pide otra respuesta natural en el
ámbito de las relaciones internacionales. Más adelante veremos cómo la
sociabilidad reclama muchos otras realizaciones, no exigidas o impuestas por la
ley natural, sino libremente llevadas a cabo por los individuos y las mismas
sociedades naturales: familia, estado y sociedad de las naciones.
José Mª Fernández-Cueto, cpcr.