“¿No sabéis que sois templo de Dios?”

 

Para hacernos comprender la grandeza del hombre regenerado por el Bautismo, la Escritura se sirve, como hemos podido ir viendo, de diversas imágenes y expresiones, la vid y los sarmientos, el agua viva, el hombre nuevo. Hoy nos servirá la de “templo de Dios.”

Es S. Pablo quien la propone en su primera epístola a los corintios: ¿No sabéis, les dice, que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? (1 Co 3, 16). Y en otro lugar de la misma epístola: ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? (1 Co 6, 19).

Ya Jesús en la sobremesa de despedida, después de la Última cena, había dicho a sus apóstoles: «Si alguno me ama guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14, 23). La morada de Dios con los hombres se llama templo.

Necesitamos «espacios» para el culto comunitario;

pero cualquier lugar es bueno para el culto en «espíritu y verdad»

Jesús que, cuando la samaritana le preguntó en dónde había que dar culto a Dios, le respondió: «Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad» (Jn 4, 21-24), Jesús, que dio esta respuesta, digo, no dudó en referirse a su propio cuerpo como a un templo, cuando los judíos le pidieron un signo que confirmara la autoridad que pretendía tener para expulsar a los mercaderes del templo, les respondió: «Destruid este santuario y en tres días lo levantaré.» Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se ha tardado en construir este santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» Pero él hablaba del santuario de su cuerpo (Jn 2, 19-21).

Para dar a Dios el culto que se le debe no es necesario otro lugar físico, espacial, que el reclamado por nuestra misma naturaleza corpórea. Es decir, somos cuerpos vivificados por un alma espiritual; como tales desplegamos nuestras actividades y la vida terrena entera en el espacio físico que nos ofrecen los cuerpos circunstantes. Pero a la hora de dar culto a nuestro Creador y Padre, ese espacio puede ser cualquiera. Los edificios que llamamos templos son necesarios para el culto público de la comunidad eclesial, pero pueden ser edificados en cualquier parte; en Jerusalén, en el monte Garizín, en Atenas y en Roma, en Moscú, en Pekín, en París, en Madrid, y en los más pequeños y humildes pueblos o aldeas. Y el culto personal, repito, no reclama otro lugar que el espacio en el que nos encontremos.

Dios está presente en todas partes y por lo mismo en cualquiera de ellas le podemos encontrar, alabar, dar gracias, pedirle perdón y solicitar sus dones; en cualquiera de ellas podemos corresponder al amor que Él nos tiene. Lo importante es que ese culto sea un culto “en espíritu y verdad”, como dice Jesús. Con Él ha llegado el tiempo en el que cesa la necesidad de ofrecer a Dios en sacrificio animales, vegetales, u objetos cualquiera que puedan representar nuestra entrega al Señor. Es lo más íntimo de nuestro ser, nuestro espíritu lo que debemos entregar y consagrar a Dios, en respuesta al amor que nos muestra dándonos la existencia y el mundo que nos rodea y destinándonos a una vida sin término en su misma intimidad. Ese es el culto en espíritu y en verdad con el que no podemos pretender engañar a Dios —quiero decir, refugiarnos tras la ofrenda hecha de cualquier cosa que no sea nuestro mismo yo— que sería pura y simplemente engañarnos a nosotros mismos.

Cada uno de nosotros somos «templo de Dios»

De esta suerte, el templo de Dios tiene que ser uno mismo. Porque, si bien es verdad que Dios está en todas partes, no lo es menos que cuanto más noble es un ser la presencia de Dios en él es mayor y más perfecta. Aun en un orden puramente natural el templo por excelencia de Dios en el universo material sería el hombre. Cuanto más en el orden sobrenatural, en el que Dios nos ha establecido desde el momento mismo de la creación de los primeros hombres. Éstos fueron hechos templos vivos de Dios.

El pecado, privando al hombre de la gracia que le hacía partícipe de la naturaleza y filiación divinas, destrozó ese templo. Pero sabemos bien que Dios no se dio por vencido y, ante la inmensa desgracia del hombre caído, decidió misericordiosamente su reconstrucción, su recuperación, su salvación. ¿Cómo? Con la encarnación del Verbo, segunda Persona de la Santísima Trinidad. Él, habiendo llevado a cabo la redención del género humano con su pasión, muerte y resurrección, es en su mismo ser humano-divino, el Templo por excelencia, el Lugar del encuentro del hombre con Dios. Recordemos las palabras del mismo Jesús a Tomás: “Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14, 6). Y aquellas otras a Felipe: “Felipe, El que me ha visto a mí, ha visto al Padre ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?” (Jn 14,  9-10). Ya antes había dicho a los judíos: “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10, 30).

Ahora bien, los cristianos, en el Bautismo, hemos sido cristificados, transformados en Cristo, hechos miembros de su Cuerpo místico, la Iglesia, ella misma Templo de Dios. Por eso S. Pablo ha podido escribir las palabras que hemos transcrito al comienzo de este artículo: ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? (1 Co 3, 16).

Lo explica el Catecismo de la Iglesia Católica cuando dice en el 1197: “Cristo es el verdadero Templo de Dios, «el lugar donde reside su gloria»; por la gracia de Dios los cristianos son también templos del Espíritu Santo, piedras vivas con las que se construye la Iglesia.”

Y el Compendio del mismo Catecismo resume bien cuanto llevamos dicho, cuando en el número 244 pregunta: “¿Tiene la Iglesia necesidad de lugares para celebrar la liturgia?” Y responde: “El culto «en espíritu y en verdad» (Jn 4, 24) de la Nueva Alianza no está ligado a un lugar exclusivo, porque Cristo es el verdadero templo de Dios, por medio del cual también los cristianos y la Iglesia entera se convierten, por la acción del Espíritu Santo, en templos del Dios vivo. Sin embargo, el Pueblo de Dios, en su condición terrenal, tiene necesidad de lugares donde la comunidad pueda reunirse para celebrar la liturgia.”

Dios está en nosotros en su plenitud y vida divina

Es maravilloso pensar que somos templos vivos en los que realmente habita Dios. Es maravilloso saber que a Dios le tenemos dentro de nosotros mismos y que por consiguiente podemos entrar en relación íntima con Él en cualquier momento y lugar. Ahí, dentro, en lo más hondo de nuestro ser está Él en su plenitud y vida divina. Ahí está el Padre engendrando al Hijo y en el amor mutuo de ambos está procediendo el Espíritu Santo. Ahí está asociándonos a ese misterio de los misterios, transformándonos por el amor en cada una de las divinas Personas, como comprendieron S. Juan de la Cruz y otros místicos. Y todo ello por Cristo, con Cristo y en Cristo, por el que unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu (Ef 2, 18).

S. Ignacio de Antioquía, el obispo locamente enamorado de Cristo, su mártir en Roma, allá por el año 107, se sentía tan lleno de Cristo, tan templo de Dios, que se apellidaba a si mismo, Cristóforo, portador de Cristo.

¡Qué grande es el hombre cristificado!

S. Pablo se sirve de está realidad maravillosa para aconsejar a los primeros cristianos una conducta pura e irreprensible, una conducta digna de quien es miembro de Cristo y templo de Dios. Efectivamente, hay que respetar el templo de Dios en nosotros mismos y en los demás.

Somos templos, «Casa de Oración»

Nosotros queremos servirnos hoy de esa misma realidad para alentarnos a ser hombres de oración. Nos quejamos de que no sabemos orar y, sin embargo, tendría que ser tan sencillo, tan fácil, tan espontáneo y agradable como el respirar. Estamos siempre en el templo, es más, somos el templo de Dios y Dios está siempre en nosotros. Nos falta fe, sin duda; nos falta confianza; nos falta sobre todo amor. Y Él, que nos ama infinitamente, nos deja hacer experiencia de nuestra impotencia e incapacidad, no para que abandonemos la oración desalentados, como sucede, por desgracia, a la mayoría de los que un día se deciden a llevar una vida de oración silenciosa. Muy al contrario, lo que Él pretende es que perseveremos en esa oración tan pobre, con esa impresión de no hacer nada, de perder el tiempo, pero firmes en la fe, con confianza, con amor, porque sólo así, llegaremos a despojarnos de todo y de nosotros mismos, y vacíos, Él podrá llenarnos y hacernos crecer en las tres virtudes teologales, en la vida de intimidad con Él y hasta unirnos al despojamiento y abandono de Jesús en su agonía y pasión.

En 2007 se publicó la correspondencia epistolar de Madre Teresa de Calcuta con sus directores espirituales. Fue una revelación incluso para sus propias hijas e hijos: Esa mujer a la cual era imposible acercarse sin sentir una presencia de Dios casi palpable. Esa mujer siempre sonriente, de cuya boca salían en todo momento palabras de fe, ardientes; estaba realmente llena de Dios, era un templo vivo, como muy pocos otros ha habido en el mundo, y sin embargo ella no podía disfrutar de esa presencia. Vivió prácticamente toda su vida, a partir de la fundación de las Misioneras de la Caridad, en un vacío tremendo, en una soledad dolorosísima, ardiendo en ansias de amar a Dios y de ser amada. Pero sin sentir nunca que Él la amase. Teniendo más bien la impresión de que Él no la amaba. Nadie lo hubiera dicho. Ella sonreía siempre. Tenía que vivir en pura fe. Sólo comprendiendo que el plan de Dios sobre ella era unirla estrechamente al abandono de Jesús y al abandono de los más pobres ente los pobres, se le fue haciendo más soportable el continuo dolor de ese abandono. ¿Dejó por ello la oración? No sólo no la dejó, sino que llegó a ser una de esas personas que viven en continua oración. Hermoso y heroico ejemplo para nosotros.

 

José Fernández-Cueto, cpcr.