SAN PABLO DE LA CRUZ,
Fundador de la Orden de los Pasionistas
“El único amor es Cristo crucificado;
que El nos alcance la gracia de abrazarnos con fortaleza a la cruz de cada día”
El apóstol del crucifijo,
místico italiano, misionero, fundador, guía y consejero, ve la primera luz el 3
de enero de 1.694 en Luguria, montañosa zona de la costa occidental de Italia.
Familia noble y acomodada la
suya, que en ocasiones teme por su patrimonio “al estar la pobre península
italiana en gran desolación y ruina”, como escribe años más tarde Pablo
Francisco Danei, sus auténticos nombres y apellido. La actividad mercantil
mueve a los Danei de un lugar a otro hasta
establecerse definitivamente en Génova. Pablo compagina sus estudios con la
ayuda a su padre. Fascinado por las relaciones comerciales, son ellas quienes
le facilitan un profundo conocimiento de las personas, de sus motivaciones, de
sus inquietudes. “Me desenvuelvo con gran habilidad, afronto riesgos,
discuto, convenzo, soporto desastres. Mi carácter sensible en extremo se gana,
no obstante, la simpatía de todos. En mí late un deseo creciente de perfección
en todo lo que pienso y hago. Mi madre me enseñó a encontrar en la Pasión de
Cristo la fuerza para superar todas las pruebas. Ella me recordaba el crucifijo
cada vez que algún sufrimiento me perturbaba. De Jesús estoy enamorado desde la
infancia. Mi querido padre me animaba a ser mejor; me ponía como ejemplo la
vida de tantos santos; me avisaba del peligro de compañías egoístas,
lujuriosas, viciosas”.
En 1709, al cumplir 15 años,
escucha una inspirada prédica basada en la frase de Jesús: “…si no se
convierten y no hacen penitencia, todos perecerán”. “Para mí aquel día
fue el día de mi conversión”.
Hace confesión general y
comienza un estilo de vida riguroso: prescinde de la cama para dormir, oración
nocturna diaria, lectura del Evangelio. Organiza una asociación de jóvenes
dirigida a pobres y enfermos.
En la convalecencia de una
enfermedad, tiene una visión del infierno. “Me horrorizó y aumentó mi deseo
de romper toda ofensa a Dios y al prójimo y elevarme siempre a la presencia del
Señor en la Cruz”.
En 1715, cumplidos los 21
años, se alista en el ejército de Venecia para participar en la defensa del
cristianismo frente la amenaza turca. En oración ante el
Sagrario comprende que no es su camino el militar. Sirve de criado en una familia
antes de regresar a su casa. Renuncia a negocios prometedores y a una dote que
su tío sacerdote le deja para su posible matrimonio. En el domicilio paterno se
entrega al silencio, meditación, oración y ayuda constante a pobres. “Aunque
siempre viví de niño y adolescente con ejemplaridad, mi conversión a partir de
la predicación oída hizo todo en mí. Quise ser soldado voluntario sin recibir
paga alguna, pero mi auténtico deseo era cumplir aquella visión de vestir
hábito negro hasta los pies con cruz blanca al pecho y escrito el Santísimo
Nombre de Jesús en letras blancas, andar descalzo, vivir en absoluta pobreza de
vida penitente con total pureza mental y carnal, reunir compañeros y junto con
ellos hacer nacer en las personas el santo temor a Dios”.
En 1720, tiene 26 años. El
obispo de Alessandría le reviste con la soñada túnica y Pablo se retira
cuarenta días a un oscuro cuarto de la iglesia de San Carlos. Allí compone su
Diario Espiritual. “Cuando escribía lo hacía como si alguien me dictase…todo
es particular inspiración de Dios”.
Seis años más pasa Pablo como
misionero laico. Predica el misterio de la Cruz a la caída de la tarde en los
pueblos. “En la Pasión del Señor está todo, todo… Es el recurso más eficaz
para extirpar cualquier vicio. Apartado de todo lo que hasta remotamente me
pudiera distraer, paso días y noches en comunicación con mi Dios. He
comprendido el valor, la riqueza que encierra el misterio de la Cruz. Quiero
total pureza de vida para mí; apartarme de cualquier insinuación que me haga
quebrantar alguno de los mandamientos. Mi régimen de vida austero y penitente
es mi mejor ayuda”.
A las prolongadas vigilias,
ayunos, disciplinas, entrenamientos constantes de su voluntad, se añaden las
desolaciones y aflicciones de su espíritu, las fuertes tentaciones del demonio.
“Todo ello Dios lo permite para poner a prueba lo que me propongo, pero en
El soy vencedor siempre”.
El abandono de la Cruz lo
sufre Pablo en su cruda realidad. La angustiosa y prolongada sequedad le hace
confesar “no haber pasado un solo día en cincuenta años sin estos
sufrimientos y en constante aridez. Sin embargo, cada vez poseo un carácter más
jovial, abierto, ameno, social, delicado, suave, muy sensible con el prójimo,
en equilibrio continuo a pesar del desolador desierto en el que estoy sumido.
Cristo crucificado es el divino modelo de toda mi vida, valor infinito de
fecundidad para alcanzar la morada a la que todos estamos llamados”.
En su mente bulle la idea de
fundar una Congregación: la de los Pasionistas. Va a Roma con 27 años, pero la
guardia Papal rechaza su petición de ver al Pontífice. Fracasado su deseo,
vuelve a la vida de oración, penitencia, ayuda a los enfermos. Le acompaña para
siempre desde ese momento su hermano Juan. Ambos profundizan en el estudio de
Teología, y los dos son ordenados sacerdotes en 1727.
Se retira a Monte Argentario,
en la Toscana italiana. Allí descubre una solitaria ermita. “Providencialmente
comprendí que era la destinada para alojar el primer retiro pasionista”.
En Nápoles, logra audiencia
con el Rey español Carlos III a quien solicita ayuda económica para ampliar la
ermita y construir el primer edificio fundacional, dado que la Regla es
autorizada por fin por el Papa en 1725. En 1741, contando Pablo 47 años, es
definitivamente aprobada por Benedicto XIV. Es en ese año cuando Pablo y sus
seguidores profesan, añadiendo el cuarto voto de promover el amor a la Pasión.
En adelante se llamará Pablo de la Cruz. “La congregación se identifica con
Jesús Crucificado y luego Resucitado. Nuestra vida es de muerte mística y de
divino renacimiento”.
Pablo acrecienta la
evangelización: más de treinta diócesis y decenas de tandas de ejercicios
espirituales. Recorre comarcas italianas a pie descalzo, áspera cuerda al cuello,
predica sobre el daño del pecado, de la lascivia; arrastra a multitudes,
impresiona con su presencia y con su paciencia, con su palabra directa, con su
vida coherente. Escribe multitud de cartas a personas de toda condición. “Amo a todos en Cristo Jesús”.
Y así, pacífico apóstol,
infatigable apóstol ve pasar los años, fundando centros, confortando, ayudando
a hombres y mujeres a ser mejores y a amar a ese Cristo que murió por todos.
Ancianidad gloriosa, múltiples vocaciones, aplausos de Papas, veneración de
pueblos y ciudades, senectud gozosa y gastada por y para la Cruz. Triunfo sobre
el pecado, la traición, el desamor, el abandono. Enfermedades y graves achaques
en sus últimos andares. Confortado con las visitas del Papa Clemente XIV y el
Cardenal Braschi en sus tiempos finales. “Mi amor crucificado. Es mi amor
crucificado”, son sus palabras finales aquel 18 de octubre de 1775. Tiene
81 años.
Deja al morir 176 hombres y un monasterio
femenino para monjas contemplativas pasionistas. Hoy están extendidos por todos
los Continentes con más de 3.500 hijos, 25 cenobios para mujeres que con su
oración nutren la función misionera y apostólica de ellos, y multitud de
Congregaciones religiosas, docentes, asistenciales y misioneras creadas a la
sombra de los Pasionistas.
Pablo de la Cruz es canonizado en 1867.
José Ramón González