Ayudas para descubrir lo que
Dios quiere de cada uno
En el número de febrero comenzamos la segunda serie de
artículos del P. Hugo. Esta parte es mucho más práctica y el Padre la asimila
con un «botiquín de primeros auxilio» para el discernimiento espiritual. Iremos
agudizando el advertir los síntomas (sentir), para hacer el diagnóstico
(reconocer) y poder medicar, poner el remedio (actuar de una o de otra manera),
logrando así adherir con más lucidez y pasión al querer de Dios, que no siempre
es fácil descubrir; más aún, a veces podemos vivirlo engañosamente, sea
rígidamente o verla fantasiosamente a Dios en cualquier lado, confundiendo
espontaneidad con flexibilidad.
Sigue la Introducción al
cuaderno segundo
San Francisco de Sales en su
obra más importante: Tratado del amor de Dios, describe una voluntad de
Dios que él llama significada y otra a la que pone el nombre de
beneplácito. Nos dice claramente en cuanto a la primera:
“La Doctrina cristiana nos
propone claramente las verdades que Dios quiere que creamos, los bienes que
esperemos, las penas que temamos, las cosas que amemos, los mandamientos que
cumplamos y los consejos que sigamos; todo lo cual se la llama voluntad significada
de Dios, porque nos ha significado y manifestado que Él quiere y entiende que
todo esto sea creído, esperado, temido, amado y practicado. Ahora bien, por
cuanto esta voluntad significada de Dios procede a manera de deseo, y no a
manera de querer absoluto, nosotros podemos, o seguirle por obediencia, o
resistirla por desobediencia”2 .
Así describe la voluntad de
Dios de beneplácito:
“El corazón indiferente es
como una bola de cera en manos de Dios, para recibir de igual modo todas las
impresiones de su voluntad divina; un corazón sin elección, igualmente
dispuesto a todo, sin ningún otro objeto en su voluntad que la voluntad de
Dios, y que no pone su amor en las cosas que Dios quiere, sino en la voluntad
de Dios que las quiere; por esto, cuando la voluntad de Dios está en muchas
cosas, escoge, cuesto lo que cueste, donde está más claramente. El beneplácito
de Dios está en el matrimonio y en la virginidad, el corazón indiferente escoge
este camino aun cuando ello deba costarle la vida…”3 . Agrega luego con acertada precisión:
“No se conoce casi el beneplácito divino más que por los sucesos, y mientras
nos es desconocido, nos hace unir lo más fuertemente que nos es posible a la
voluntad divina que nos es manifestada o significada; mas tan pronto como se
nos descubre la voluntad de Dios, debemos colocarnos amorosamente bajo su
obediencia”4 .
Según el santo debemos vivir
la voluntad de Dios significada, pero con discernimiento, ya que Dios puede
pedir en el presente, por un encuentro, acontecimiento, dificultad, etc, algo
que no lo tenías previsto, que sale de lo cotidiano y pide un cambio de ruta.
Esto sucede porque Dios se
vincula con nosotros no como si fuésemos un número más, sino de una manera
personal: “Te he llamado por tu nombre” (Is 43, 1), “Yo estoy
contigo” (Ib 43, 2). No es una relación indiferenciada. Al respecto Leon
Felipe, en una de sus poesías religiosas, escribe con belleza: “Nadie fue ayer,
ni va hoy, ni irá mañana hacia el mismo camino que yo voy. Para cada hombre
guarda un rayo de luz el sol y un camino virgen, Dios”.
También tendríamos que actuar así. Se puede tratar
siempre de la misma forma a las cosas pero no debería ser así con las personas.
La voluntad de Dios para uno,
como por ejemplo la vocación, no se deduce de principios a priori; ésta es una
llamada personal-gratuita y no se tiene solamente por contar con algunas
cualidades.
El cristiano tiene que optar
siempre con todas sus consecuencias, está movido desde dentro y no sólo desde
fuera y muchas veces va estereotipando sus respuestas con la observancia de la
ley para saber si el camino es bueno o
malo, pero su corazón se queda lejos. Ya en Jeremías 31, 33-34, se promete una
nueva relación, por impulso interior. Pablo nos habla que la ley ha tenido la
función de pedagogo, nos llevó a la escuela y allí el Espíritu asume la
educación de la persona.
Para San Pablo en 1 Co 2,
6-15, el discernimiento es la actitud del cristiano maduro, del hombre de
espíritu; la madurez cristiana nos lleva a una capacidad de discernimiento. Sin
embargo, en 3, 1-3 nos encontramos cristianos no maduros, con hombres
naturales, carnales; son niños en Cristo, que se los alimenta con biberón. En
la misma línea nos advierte Hb 5, 11-14 que: “el manjar sólido es de
adultos; de aquellos que, por costumbre, tienen las facultades ejercitadas en
el discernimiento del bien y del mal”.
El niño discierne quien es su
papá y su mamá primero por el tono de voz, por las caricias, las expresiones de
afectos, luego se le capacita para distinguir entre los demás padres quiénes
son sus padres. Deben madurar en este discernimiento.
Ahora bien, ¿cómo podemos llegar a ser un cristiano maduro? ¿El discernimiento espiritual favorece en el cristiano, en el hijo de Dios, la participación en el conocimiento y amor-querer que Dios tiene de sí mismo, de todos los hombres y de todas las cosas?, dicho de otra manera: El ejercicio de las virtudes teologales: la fe, la esperanza y el amor alcanzan a Dios y nos hacen establecer relaciones de conocimiento y amor-querer con las personas divinas: ¿el discernimiento que tiene que ver en esto?
El Botiquín de primeros
auxilios para el discernimiento espiritual, contiene ayudas especiales que
favorecen la etapa de conversión, para mantener en el camino emprendido, cuando
uno pasa de una vida de pecado y de criterios mundanos a una vida de
seguimiento de Cristo y de criterios evangélicos. Si bien en la vida espiritual
no existen compartimentos rígidos, esta división facilita la comprensión. Como
la vida espiritual se desarrolla en el tiempo, es natural describir etapas por
su valor práctico.
El Botiquín de primeros
auxilios para el discernimiento espiritual es un vademecun conteniendo la
primera serie de reglas de discernimiento elaboradas por San Ignacio de Loyola,
fruto de su oración y de su propia experiencia, primero las vivió y luego las
escribió, y un comentario actualizado, para aprender a afrontar los primeros
combates de la vida espiritual, que podrían llevarnos a desertar, a no querer
seguir adelante en el servicio de Dios, ante la tentación descarada: “¡Quién te
mandó a hacerte el santo!”, y para no avanzar en la vida solamente por
consolaciones, sino en toda circunstancia, también viviendo desde la fe, la
esperanza y la caridad en las tormentas de la desolación. Pero, ¿será
posible esto?
Contando una vez más con el
progreso de la técnica, pasamos de las cartas de discernimiento via correo
normal al correo electrónico, con sus email y archivos adjuntos, que nos acorta
los tiempos, o sea, poder contestar al momento y el destinatario recibir
enseguida la respuesta.
Acuérdate, querido lector,
que si se van acumulando los e-mail en tu buzón,
automáticamente los primeros recibidos se van eliminando. De manera similar si
dejas de utilizar los criterios de discernimiento, si dejas de ejercitarlos a
diario, también quedarán olvidados en tu interior. Más aún, nuestro “enemigo”
buscará favorecer la amnesia o al menos que nos distraigamos. ¡Ojo!,
entonces.
P. Hugo