¿Por qué tanta insistencia del Papa

en la ley natural y en la verdad?

 

Voy siguiendo, en la medida que puedo, los escritos de Benedicto XVI y constato que con frecuencia vuelve sobre la ley natural, como también sobre la verdad. Le confieso que me sorprende, casi me molesta. Que un filósofo hable de esos temas me parece normal. Pero un Papa... ¿Es esa su misión? Yo siempre pensé que la enseñanza del Papa y de los Obispos debe referirse a los Evangelios, a lo que Dios nos ha revelado, a lo que debemos creer. Perdone, pero ¿no está cayendo el Papa en un naturalismo, con tanta ley natural?

S.F.C. Madrid

 

 

No, hombre, no. El naturalismo niega que Dios, en el supuesto de que exista, pueda intervenir en este mundo. A más fuerte razón niega que Dios pueda añadir a la naturaleza del ser humano una participación en su vida divina; participación no exigida en manera alguna por la misma naturaleza; participación, por ende, sobrenatural. El naturalismo niega el orden sobrenatural.

Ahora bien, esto nunca lo ha negado el Papa. Muy al contrario, continuamente está haciendo alusión a ese orden sobrenatural en el que Dios ha introducido al hombre desde el momento de su creación. Es más, Benedicto XVI es un hombre de Dios, que lleva, a todas luces, una vida sobrenatural muy intensa.

Es verdad que con frecuencia se refiere a la ley natural, o lo que es lo mismo, a las exigencias morales de la naturaleza humana que el hombre descubre con la sola inteligencia que Dios le ha dado. Se refiere también frecuentemente, como Vd. bien observa, a la verdad, y reivindica la aptitud de la inteligencia para conocer la verdad con certeza.

Y Vd. se pregunta si es esa la misión de un Papa. Pues sí, ya lo creo.

La misión que Vd. le reconoce de enseñar cuanto Dios nos ha revelado sería imposible si la inteligencia no fuese capaz de conocer con certeza la verdad. El acto de fe es fundamentalmente una certeza de la inteligencia; certeza moral y libre, pero certeza legítima. Si la inteligencia no puede conocer nada con certeza, no puede tener fe. Y si no puede tener fe, vana es toda pretensión del Magisterio de la Iglesia de enseñar lo que Dios nos ha revelado.

Además, no pondrá Vd. en duda que también compete al Papa y a los Obispos el derecho y el deber de recordar a los fieles las exigencias de la moral. Pues bien, si la inteligencia humana no puede conocer la verdad de las cosas; si no puede saber qué es el hombre, toda norma moral desaparece; porque para cualquier ley positiva, es decir, establecida, por una autoridad, sea divina, sea humana, con el fin de reglamentar algo que no establece la ley natural, es necesario que antecedentemente a esa ley exista la obligación de obedecer a las legítimas autoridades; esta obligación viene impuesta por la ley natural y la fuerza obligatoria de esta última viene de Dios, autor de la naturaleza. Sólo quien tiene pleno dominio sobre la criatura libre, por ser su Creador, puede imponerle deberes y obligaciones. Es por este motivo, digámoslo de paso, por lo que no puede existir una verdadera moral sin Dios.

De ahí que el Catecismo de la Iglesia Católica enseñe que “La infalibilidad del Magisterio de los pastores se extiende a todos los elementos de doctrina, comprendida la moral, sin los cuales las verdades salvíficas de la fe no pueden ser salvaguardadas, expuestas u observadas” (nº 2051). Enseña asimismo: “La autoridad del Magisterio se extiende también a los preceptos específicos de la ley natural, porque su observancia, exigida por el Creador, es necesaria para la salvación. Recordando las prescripciones de la ley natural, el Magisterio de la Iglesia ejerce una parte esencial de su función profética de anunciar a los hombres lo que son en verdad y de recordarles lo que deben ser ante Dios (cf. DH 14)” (nº 2036).

En otros tiempos no era tan necesario que el Papa y los Obispos, y en general los pastores de la Iglesia tocasen esos temas, porque la generalidad de los hombres no dudaba de la capacidad de la inteligencia para conocer la verdad y más particularmente la verdad del hombre. Nadie, fuera de algunos filósofos, negaba o ponía en duda la verdad o realidad del ser humano, ni las exigencias morales de esa realidad. Por ejemplo, nadie fuera de los ateos, muy poco numerosos, negaba que el hombre es criatura de Dios y, por lo mismo, que está obligado a aceptarle, adorarle y obedecerle. Nadie prácticamente ponía en duda los deberes de amor, respeto y obediencia de los hijos para con sus padres. La generalidad de los hombres normales comprendía que Dios, al hacernos animales sociales, nos imponía el deber de amarnos los unos a los otros, de entreayudarnos, de vivir en sociedad, sometidos a una autoridad que le de unidad y estabilidad, para buscar juntos las condiciones que hagan accesible a todos una vida digna.  Etc.

Hoy en cambio, el subjetivismo, el relativismo y el escepticismo han llegado al pueblo. Son cada vez más numerosas las personas que sostienen que no podemos estar seguros de la verdad de las cosas; que no sabemos lo que es el hombre y que por lo mismo nada sabemos de la existencia de una ley natural, ni de unos derechos fundamentales de la persona humana. A la mayoría de nuestros jóvenes no les interesa saber si algo es verdad o no; lo que les interesa es poder vivir, disfrutar de la vida y satisfacer sus deseos cuanto antes y con el menor esfuerzo posible.

Se hace necesario y urgente el recurso a la ley natural, si queremos sacar a la humanidad del caos moral, social y político. El Papa Benedicto XVI se pone a la cabeza de este movimiento en defensa del orden y de la verdad.

J.Mª. F-C.