Cerebro
y sentimiento
Están circulando unas ideas
que propalan ciertos científicos, según las cuales todo cuanto hacemos,
pensamos, sentimos, comunicamos, queremos no son más que emanaciones del
cerebro. Quieren hacernos creer que cada uno de nosotros no somos más que una
especie de robot «programado» desde el principio de nuestra vida. Que no
tenemos libertad, ni capacidad de amar, ni podemos escoger sino lo que ya está
escrito en nuestros «genes», como dicen.
No soy científica ni tengo
estudios superiores, pero comprendo que el cerebro es como un pequeño universo,
aún muy desconocido, pero algo vivo, en crecimiento. Por ello a mí nadie me hará creer que es algo «ya
hecho», terminado, preestablecido. El cerebro está necesitando siempre de
muchísimas atenciones. Sobre todo, es capaz de ser formado —para el bien o para
el mal— durante los primeros años de la
infancia. ¡Cuánta experiencia tenemos las madres de cómo nuestros niños recogen
con avidez las más pequeñas acciones, gestos, palabras, muestras de cariño, así
como los olvidos, el mal humor, las prisas...! Y todo eso se va grabando en sus
corazoncitos y así se les encamina hacia un futuro feliz, o, por desgracia, a
otro desdichado. Por eso decimos que los primeros años
de la educación infantil son vitales.
Y no sólo en los primeros
años de la vida el cerebro se forma; durante toda ella vamos madurando, vamos
haciendo opciones por lo que queremos, por lo que amamos. Si no, ¿como se
explicarían los cambios que hemos visto en muchas personas, incluso en nostros
mismos? Cuántas veces hubiéramos hecho lo contrario, si no hubiera sido por un
deseo de mejorar, de establecer la paz, de gozar de la alegría de lo bien
hecho. ¿Por qué nos quieren? ¿Por qué queremos? ¿Será por el «programa» de
nuestro cerebro, o no será más bien por los detalles de caridad que nos
conmueven?
La felicidad no reside en
nuestro cerebro, en encerrarnos en nosotros mismos. Sólo una vida vivida para
los demás merece la pena vivirla; sólo ella te hará feliz.
De todo corazón.
Rosario