Ana Lorena, mártir de la castidad
En diciembre del pasado año,
un acontecimiento conmocionó la sociedad y la prensa francesa: el asesinato de
Ana Lorena, joven de 23 años, apuñalada en un tren parisino en defensa de su virginidad. Se ha
escrito mucho sobre el valor manifestado por esta joven, sobre sus convicciones
católicas, sus prácticas religiosas, su piedad personal, aunque pocos la han
llegado a presentar como lo que es, una nueva María Goretti del siglo XXI.
Ana Lorena era la mayor de
cinco hermanos. Había efectuado un año de estudios en la Legión de Honor de
Saint Denis, antes de ser recibida en el Instituto de Estudios políticos de
Lille. De allí pasó a una excelente escuela de ciencias de la información y de
la comunicación dependiente de la Sorbona. Durante sus prácticas en diversos
ambientes periodísticos, llamaba la atención por su cultura general, su
madurez, su exigencia para con ella misma. Una exigencia que provenía
seguramente de su fe: profundamente creyente, Ana Lorena se había fuertemente
comprometido en el movimiento scout, pero mantenía también relación con otras
comunidades de Iglesia. Era una joven de su tiempo, encantadora, brillante y
apreciada de todos. Formaba parte de esos hijos que parecen no haber nacido
sino para colmar a sus padres de alegría y honor. Comprometida desde hacía unos meses, quería reservarse enteramente para su
futuro esposo.
El domingo 25 de noviembre,
fiesta de Cristo Rey, sus padres la esperaban por la mañana en una estación de
tren al sur de París para ir en familia a Misa. Un delincuente sexual
reincidente, de origen turco, condenado en 1996 a 5 años de prisión por una violación cometida bajo
amenaza en la misma línea de trenes, fue el autor del drama personal de Ana
Lorena. La joven manifestó un valor impresionante hasta el fin: defendiéndose,
impidiendo a su agresor conseguir sus fines, logró herirle volviendo el arma
contra él, lo que permitió su arresto posterior. Fueron 31 heridas las que recibió
la joven víctima en 10 minutos de combate.
Miles de cartas tanto de
compasión como de admiración fueron recibidas por la familia. Hasta el Presidente
de la República Francesa la mencionó dirigiéndose a los alumnos de la escuela
de la Legión de Honor, en donde Ana Lorena fue vigilante: “Estoy orgulloso, y
vosotros podéis también estarlo, de vuestra antigua vigilante, porque ella, por
su valor, ha estado a la altura del lema (Honor y Patria) de la Legión de
Honor.”
“En tu último combate,
Ana, has escogido la muerte antes que mancillarte” dijo su padre, el
coronel Felipe Schmitt, en el funeral. Y sus hermanos y hermanas repitieron en
la misma ocasión: “Estamos orgullosos de ti”. Esta familia ha
manifestado una actitud de gran nobleza: “El perdón, claro está. Es algo muy
personal. Pero el deber de proteger está ahí. Deseo que la muerte de Ana Lorena
pueda servir. Me sentiría culpable si mi perdón produjera otras víctimas. No me
duele tanto ese individuo, como el sistema que permite que hombres así se paseen
sin problema en nuestras calles. No quiero que vuelva a suceder… Ana Lorena,
desde ahora pondré todas mis energías para que tu sacrificio no sea vano”.
Concluimos con la oración de
los hermanos de la joven: “Ana Lorena, hermana nuestra, ayúdanos a arder con
el fuego de tu llama, especialmente en un amor renovado de la pureza. Sabes muy
bien que es toda una revolución lo que hay que emprender en este sentido en
nuestros propios ambientes…”
Hna. María Lourdes