DATOS
FUNDAMENTALES DE LA ANTAROPOLOGÍA BÍBLICA – II
En el último número de
Avanzar comencé a publicar la segunda parte del documento de la Congregación
para la Doctrina de la Fe, “Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la
colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y en el mundo”. Como allí
explicaba, el motivo es que en esa segunda parte del documento vaticano, se
presenta una buena síntesis –mucho mejor de la que yo hubiera podido realizar-
de las enseñanzas de Juan Pablo II en sus catequesis sobre la Teología del
cuerpo. Hoy prosigo con la misma publicación. En abril, si Dios quiere, podré
terminar, y continuaré con nuestro tema, tratando de ahondar en el conocimiento
del ser humano.
José Mª Fernández-Cueto, CPCR
La seducción de la Serpiente y
sus consecuencias
7. El pecado original altera
el modo con el que el hombre y la mujer acogen y viven la Palabra de Dios y su
relación con el Creador. Inmediatamente después de haberles donado el jardín,
Dios les da un mandamiento positivo (cf Gn 2,16) seguido por otro negativo (cf
Gn 2,17), con el cual se afirma implícitamente la diferencia esencial entre
Dios y la humanidad. En virtud de la seducción de la Serpiente, tal diferencia
es rechazada de hecho por el hombre y la mujer. Como consecuencia se tergiversa también el modo de vivir su diferenciación
sexual. La narración del Génesis establece así una relación de causa y efecto
entre las dos diferencias: en cuanto la humanidad considera a Dios como su
enemigo se pervierte la relación misma entre el hombre y la mujer. Asimismo,
cuando esta última relación se deteriora, existe el riesgo de que quede
comprometido también el acceso al rostro de Dios.
En las palabras que Dios dirige
a la mujer después del pecado se expresa, de modo lapidario e impresionante, la
naturaleza de las relaciones que se establecerán a partir de entonces entre el
hombre y la mujer: «Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará». (Gn
3,16). Será una relación en la que a menudo el amor quedará reducido a pura
búsqueda de sí mismo, en una relación que ignora y destruye el amor,
reemplazándolo con el yugo de la dominación de un sexo sobre el otro. La
historia de la humanidad reproduce, de hecho, estas situaciones en las que se
expresa abiertamente la triple concupiscencia que recuerda San Juan, cuando
habla de la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la
soberbia de la vida (cf 1 Jn 2,16). En esta trágica situación se pierden la igualdad,
el respeto y el amor que, según el diseño originario de Dios, exige la relación
del hombre y la mujer.
El carácter personal del ser
humano
Recorrer estos textos
fundamentales permite reafirmar algunos datos capitales de la antropología
bíblica.
Ante todo, hace falta
subrayar el carácter personal del ser humano. «De la reflexión bíblica emerge
la verdad sobre el carácter personal del ser humano. El hombre -ya sea hombre o
mujer- es persona igualmente; en efecto, ambos, han sido creados a imagen y semejanza
del Dios personal».10 La igual dignidad de las personas se realiza como
complementariedad física, psicológica y ontológica, dando lugar a una armónica
«unidualidad» relacional, que sólo el pecado y las «estructuras de pecado»,
inscritas en la cultura han hecho potencialmente conflictivas. La antropología
bíblica sugiere afrontar desde un punto de vista relacional, no competitivo ni
de revancha, los problemas que a nivel público o privado suponen la diferencia
de sexos.
Importancia y sentido de la
diferencia de los sexos
Además, hay que hacer notar
la importancia y el sentido de la diferencia de los sexos como realidad
inscrita profundamente en el hombre y la mujer. «La sexualidad caracteriza al
hombre y a la mujer no sólo en el plano físico, sino también en el psicológico
y espiritual con su impronta consiguiente en todas sus manifestaciones».11 Ésta
no puede ser reducida a un puro e insignificante dato biológico, sino que «es
un elemento básico de la personalidad; un modo propio de ser, de manifestarse,
de comunicarse con los otros, de sentir, expresar y vivir el amor humano».12
Esta capacidad de amar, reflejo e imagen de Dios Amor, halla una de sus
expresiones en el carácter esponsal del cuerpo, en el que se inscribe la
masculinidad y feminidad de la persona.
La relación con el otro, buena y
alterada
Se trata de la dimensión
antropológica de la sexualidad, inseparable de la teológica. La criatura
humana, en su unidad de alma y cuerpo, está, desde el principio, cualificada
por la relación con el otro. Esta relación se presenta siempre a la vez como
buena y alterada. Es buena por su bondad originaria, declarada por Dios desde
el primer momento de la creación; es también alterada por la desarmonía entre
Dios y la humanidad, surgida con el pecado. Tal alteración no corresponde, sin
embargo, ni al proyecto inicial de Dios sobre el hombre y la mujer, ni a la
verdad sobre la relación de los sexos. De esto se deduce, por lo tanto, que
esta relación, buena pero herida, necesita ser sanada.
¿Cuáles pueden ser las vías
para esta curación? Considerar y analizar los problemas inherentes a la
relación de los sexos sólo a partir de una situación marcada por el pecado
llevaría necesariamente a recaer en los errores anteriormente mencionados.
Hace falta romper, pues, esta
lógica del pecado y buscar una salida, que permita eliminarla del corazón del
hombre pecador. Una orientación clara en tal sentido se nos ofrece con la
promesa divina de un Salvador, en la que están involucradas la «mujer» y su
«estirpe» (cf Gn 3,15), promesa que, antes de realizarse, tendrá una larga
preparación histórica.
Preparación histórica de la
promesa divina de sanación
9. Una primera victoria sobre
el mal está representada por la historia de Noé, hombre justo que, conducido
por Dios, se salva del diluvio con su familia y las distintas especies de
animales (cf Gn 6-9). Pero la esperanza de salvación se confirma, sobre todo,
en la elección divina de Abraham y su descendencia (cf Gn 12,1ss). Dios empieza
así a desvelar su rostro para que, por medio del pueblo elegido, la humanidad
aprenda el camino de la semejanza divina, es decir de la santidad, y por lo
tanto del cambio del corazón. Entre los muchos modos con que Dios se revela a
su pueblo (cf Hb 1,1), según una larga y paciente pedagogía, se encuentra
también la repetida referencia al tema de la alianza entre el hombre y la
mujer. Se trata de algo paradójico- si se considera el drama recordado por el
Génesis y su reiteración concreta en tiempos de los profetas, así como la mezcla
entre sacralidad y sexualidad, presente en las religiones que circundaban a
Israel. Y sin embargo, este simbolismo parece indispensable para comprender el
modo en que Dios ama a su pueblo: Dios se hace conocer como el Esposo que ama a
Israel, su Esposa.
Participación de lo masculino y
lo femenino en la configuración de la historia de salvación
Si en esta relación Dios es
descrito como «Dios celoso» (cf Ex 20,5; Na 1,2) e Israel denunciada como
esposa «adúltera» o «prostituta» (cf Os 2,4-15; Ez 16,15-34), el motivo es que
la esperanza que se fortalece por la palabra de los profetas consiste
precisamente en ver cómo Jerusalén se convierte en la esposa perfecta: «Porque
como se casa joven con doncella, se casará contigo tu edificador, y con gozo de
esposo por su novia se gozará por ti tu Dios» (Is 62,5). Recreada «en justicia
y en derecho, en amor y en compasión» (Os 2,21), aquélla que se alejó para
buscar la vida y la felicidad en los dioses falsos retornará, y a Aquél que le
hablará a su corazón, ella responderá allí como en los días de su juventud. (Os
2,17), y le oirá decir: «tu esposo es tu Hacedor» (Is 54,5). En sustancia es el
mismo dato que se afirma cuando, paralelamente al misterio de la obra que Dios
realiza por la figura masculina del Siervo, el libro de Isaías evoca la figura
femenina de Sión, adornada con una trascendencia y una santidad que prefiguran
el don de la salvación destinada a Israel.
El Cantar de los cantares
representa sin duda un momento privilegiado en el empleo de esta modalidad de
revelación. Con palabras de un amor profundamente humano, que celebra la
belleza de los cuerpos y la felicidad de la búsqueda recíproca, se expresa
igualmente el amor divino por su pueblo. La Iglesia no se ha engañado, pues, al
reconocer el misterio de su relación con Cristo, en su audacia de unir,
mediante las mismas expresiones, aquello que hay de más humano con aquello que
hay de más divino.
A lo largo de todo el Antiguo
Testamento se configura una historia de salvación, que pone simultáneamente en
juego la participación de lo masculino y lo femenino.
Los términos esposo y esposa,
o también alianza, con los que se caracteriza la dinámica de la salvación, aun
teniendo una evidente dimensión metafórica, representan aquí mucho más que
simples metáforas. Este vocabulario nupcial toca la naturaleza misma de la
relación que Dios establece con su pueblo, aunque tal relación es más amplia de
lo que se puede captar en la experiencia nupcial humana.
Igualmente, están en juego
las mismas condiciones concretas de la redención, en el modo con el que
oráculos como los de Isaías asocian papeles masculinos y femeninos en el
anuncio y la prefiguración de la obra de la salvación que Dios está a punto de
cumplir. Dicha salvación orienta al lector sea hacia la figura masculina del
Siervo sufriente, sea hacia aquella femenina de Sión. Los oráculos de Isaías
alternan de hecho esta figura con la del Siervo de Dios, antes de culminar, al
final del libro, con la visión misteriosa de Jerusalén, que da a luz un pueblo
en un solo día (cf Is 66,7- 14), profecía de la gran novedad que Dios está a
punto de realizar (cf Is 48,6-8).
(Continuación y fin el
próximo número.)
10. Juan Pablo II, Carta.
Mulieris dignitatem (15 de agosto de 1988), n. 6.
11. Congregación para la
Educación Católica, Orientaciones educativas sobre el amor humano. Líneas
básicas de educación sexual (1 de noviembre de 1983), 4: Ench. Vat. 9, 423.
12. Ibid.