La santidad, único camino
para una vida plena y feliz
Párrafos del Mensaje para la Cuaresma del
Card. Rouco Varela
¡Qué difícil le ha resultado
siempre al hombre de todos los tiempos, incluso a los hijos del pueblo elegido
de Israel, aceptar la verdad de que no hay otra vía de conducta y de vivencia
personal y comunitaria para alcanzar el don de la Vida, plena y feliz, que el
de la santidad! Y con cuántas dificultades de humilde aceptación doctrinal, de
superación de nuestras pasiones y debilidades, de cerrazón del corazón y de
pusilanimidad de ánimo nos encontramos los hijos de la Iglesia, fascinados y
tentados también por las glorias y placeres efímeros del mundo, para reconocer al menos en la práctica la primacía del ideal y de
la aspiración a la santidad en la realización de la vida cristiana…
¡Toda una paradoja histórica
en el momento actual de nuestras sociedades en España y en Europa! Crece el
miedo a la muerte y nos agarramos a seguridades humanas, al final siempre
impotentes, para prolongar físicamente unas vidas que van deteriorándose y extinguiéndose
irremisiblemente. ¿No hay más vida que esa? ¿Otra, radicalmente distinta? ¿qué no muere? Y simultáneamente crece la sensación de que no
es posible ni conocer objetivamente ni obrar sin recortes el bien; de
que es una pura e inalcanzable utopía formar la conciencia y seguirla de
acuerdo con la ley de Dios, de que son imposibles la paz interior y exterior y
la satisfacción espiritual en la vida íntima de cada persona, de las familias y
de la sociedad. La propuesta para Madrid de nuestro III Sínodo Diocesano es
inequívoca: “avivar la conciencia de nuestro Bautismo y asumir personal y
comunitariamente nuestra vocación y nuestra misión en el mundo como bautizados,
salvados por Jesucristo y llamados a ser sus testigos”, ayudando “a vivir y
expresar el gozo del encuentro con la Persona de Jesucristo, el Hijo de Dios
hecho hombre y hombre perfecto, en cuyo seguimiento e incorporación crecemos en
humanidad y santidad” (Cc.1/2).
No se puede separar el
crecimiento en humanidad del progreso en la santidad. El hombre crece de verdad
en vida auténtica, en bondad y en felicidad cuando crece en santidad. La
historia de los santos nos ofrece en la Iglesia, para sus hijos y para todos
los hombres de buena voluntad, ejemplos de vidas plenas de riqueza interior y de
irradiación de bondad y de bien para con todos, especialmente los más
necesitados de amor cercano y misericordioso; modelos de vidas ardientes en la
esperanza del gozo del encuentro definitivo y glorioso con Jesucristo
Resucitado. Santa Teresa de Jesús lo expresaba con inimitable belleza:
“Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero
que muero
porque no muero”.
Las almas que se han
alimentado fielmente del agua viva que brota del Corazón de Cristo no han
cesado de aspirar a morir por su amor para vivir eternamente con Él en la
gloria de los Santos junto a su Madre, la Reina del Cielo.
“La Misión joven” no puede
escoger mejor camino para llegar y tocar el corazón de los jóvenes madrileños
que ofrecerles el ideal de la santidad como el verdadero y apasionante programa
para una vida que se proponga la victoria sobre la muerte –del alma y del
cuerpo– y el triunfo de la vida plena, vida de amor sin límites en el tiempo y
en la eternidad: una vida ahora y siempre con Cristo ¡elijamos! Porque no hay
otra alternativa ni para los jóvenes ni para la familia que no sea Él.
Dejémosle acercarse a las puertas de nuestra alma, sobre todo a través de la
oración personal, y que nos pregunte como a la Samaritana del pozo de Jacob:
“dame de beber”; porque es así como podremos corresponderle por nuestra parte
con el ruego: danos tú de tu agua, el agua “que salta hasta la vida eterna”.
¡No tengáis miedo a ser
santos! exclamaba el Papa Juan Pablo II, en la Homilía de la Misa del Monte del
Gozo, dirigiéndose a la inmensa multitud de los jóvenes de la IV Jornada
Mundial de la Juventud de Santiago de Compostela. Con María, la Virgen
Santísima, nuestra Señora de La Almudena, podremos superar victoriosamente
todos los miedos que pudieran interponerse en el camino de nuestra vocación a la
santidad.
Preparando para un gran acontecimiento:
la Pascua del Señor.
Del mensaje para la Cuaresma de Mons. Millán Sorribas Obispo de Barbastro-Monzón
Los primeros cristianos
vivían fascinados por el misterio de la muerte y la resurrección de Cristo. Les
fue muy difícil entender que un ajusticiado en el madero de la cruz pudiera ser
el Mesías, el Salvador esperado. No entraba en sus cabezas. Morir crucificado
era la muerte más cruel, reservada para las personas más malvadas. No es de
extrañar que, en más de una ocasión, al oír hablar del crucificado, la gente
diese media vuelta y en tono despectivo los dejasen con la palabra en los
labios.
¡Qué convencimiento, qué
experiencia tan fuerte debían tener los apóstoles para seguir hablando de
Cristo, muerto y resucitado! Esta experiencia se fundamentaba en la
resurrección de Jesús. Jesús de Nazaret, el crucificado, vive; ha resucitado y
es el Señor.
El Domingo de Resurrección
enseguida ocupó el primer lugar en el calendario de la comunidad cristiana, y
lo ha de seguir ocupando. Por eso nosotros, siguiendo los pasos de nuestros
predecesores en la fe, dedicamos cuarenta días a prepararnos para la Pascua y
celebrar con fruto la muerte y resurrección de Jesucristo.
En la noche de la Vigilia Pascual se celebraba
el Bautismo, en un clima de fiesta y de fuerte vivencia de la fe. Un momento
ansiosamente esperado por los catecúmenos y por toda la comunidad. Por el
Bautismo quedamos vinculados a la muerte y resurrección de Cristo. Es por ello
motivo de alegría desbordante para toda la comunidad que celebra su íntima
unión con Jesucristo, el Señor. Pongamos todo nuestro empeño para mantener vivo
este sentido de gozo espiritual del Bautismo.
Os invito a intensificar en
este tiempo la relación con Dios por medio de la oración y de la formación, y a
preparar la conversión que se manifestará en el Sacramento de la Penitencia. De
esta forma la Pascua revestirá para todos nosotros una alegría parecida a la
que experimentaron los primeros cristianos.
Que el sonido de los tambores
y cornetas de las Cofradías, que estos días ensayan sus repiques, nos recuerde
que nos estamos preparando para un gran acontecimiento: la Pascua del Señor.
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