Los ejercicios espirituales favorecen el encuentro
personal con Dios
Texto de la
Alocución de Benedicto XVI a la federación Italiana de
Ejercicios Espirituales (9 - 2 -2008)
Señor cardenal;
venerados hermanos en el
episcopado
y en el sacerdocio,
hermanos y hermanas:
Me alegra
encontrarme con vosotros al final de la asamblea nacional de la Federación italiana de
ejercicios espirituales (FIES). Saludo al presidente, cardenal Salvatore De
Giorgi, y le agradezco las amables palabras con las que se ha hecho intérprete
de vuestros sentimientos. Os doy las gracias también por vuestra oración y
vuestro canto. Saludo a los obispos delegados de las Conferencias episcopales
regionales, a los miembros de la presidencia y del consejo nacional, a los
delegados regionales y diocesanos, a los directores de algunas casas de
ejercicios espirituales y al grupo de animadores de ejercicios para jóvenes. El
tema de vuestra asamblea: «Para una espiritualidad cristiana auténticamente
eucarística», lo habéis tomado de la invitación que dirigí a todos los pastores
de la Iglesia
en la conclusión de la exhortación apostólica postsinodal Sacramentum
caritatis (cf. n. 94), en la que se han centrado las diversas relaciones y
los grupos de estudio. Esta elección temática manifiesta cuánto os preocupa
acoger, con espíritu de fe, el magisterio del Papa, para integrarlo en las
iniciativas de estudio y traducirlo correctamente en la práctica pastoral. Por
la misma razón, en vuestros trabajos habéis tenido presentes las dos encíclicas
Deus caritas est y Spe salvi. Gracias por todo este empeño.
El estatuto de la FIES afirma claramente que
tiene como fin «dar a conocer y promover de todos los modos posibles y en el
respeto de la normativa canónica los ejercicios espirituales, entendidos como
una experiencia fuerte de Dios en un clima de escucha de la palabra de Dios, en
orden a una conversión y entrega cada vez más total a Cristo y a la Iglesia» (art. 2). Para
ello, «reúne con libre adhesión a cuantos, en Italia, se ocupan de ejercicios
espirituales en el contexto de la pastoral de los tiempos del Espíritu» (ib.).
Por tanto, vuestra Federación quiere incrementar la espiritualidad como
fundamento y alma de toda la pastoral. Ha nacido y crecido atesorando las
exhortaciones sobre la necesidad de la oración y sobre el primado de la vida
espiritual, dirigidas insistentemente por mis venerados predecesores los
siervos de Dios Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II. Siguiendo sus pasos,
también yo, en la encíclica Deus caritas est, quise «reafirmar la importancia
de la oración ante el activismo y el secularismo de muchos cristianos
comprometidos en el servicio caritativo» (n. 37), y en la Spe salvi puse
la oración en el primer puesto entre «los lugares de aprendizaje y de ejercicio
de la esperanza» (nn. 32-34). En efecto, la insistencia en la necesidad de la
oración es siempre actual y urgente.
En Italia, aunque
crecen y se difunden providencialmente múltiples iniciativas de espiritualidad,
sobre todo entre los jóvenes, parece que disminuye el número de quienes
participan en verdaderas tandas de ejercicios espirituales, y esto se
verificaría también entre los sacerdotes y los miembros de institutos de vida
consagrada. Por tanto, vale la pena recordar que los «ejercicios» son una
experiencia del espíritu con características propias y específicas, bien
resumidas en una definición vuestra, que me complace citar: «Una fuerte
experiencia de Dios, suscitada por la escucha de su Palabra, comprendida y
acogida en la propia vida, bajo la acción del Espíritu Santo, la cual, en un
clima de silencio, de oración y con la mediación de un guía espiritual,
capacita para el discernimiento en orden a la purificación del corazón, a la
conversión de vida y al seguimiento de Cristo, para el cumplimiento de la
propia misión en la Iglesia
y en el mundo». Junto a otras formas de retiro espiritual, por lo demás
loables, es bueno que no falte la participación en los ejercicios espirituales,
caracterizados por el clima de silencio completo y profundo que favorece el
encuentro personal y comunitario con Dios y la contemplación del rostro de
Cristo. Jamás se insistirá suficientemente en esta exigencia, que mis
predecesores y yo mismo hemos recordado muchas veces.
En una época en la
que la influencia de la secularización es cada vez más fuerte y, por otra
parte, se nota una necesidad generalizada de encontrar a Dios, no debe faltar
la posibilidad de ofrecer espacios de intensa escucha de su Palabra en el
silencio y en la oración. Lugares privilegiados para dicha experiencia
espiritual son especialmente las casas de ejercicios espirituales a las que,
con este fin, hay que sostener materialmente y dotar de personal adecuado.
Animo a los pastores de las diversas comunidades a preocuparse de que no falten
en las casas de ejercicios responsables y agentes bien formados, guías,
animadores y animadoras disponibles y preparados, dotados de las cualidades
doctrinales y espirituales que hagan de ellos verdaderos maestros del espíritu,
expertos y apasionados de la palabra de Dios y fieles al magisterio de la Iglesia. Una buena
tanda de ejercicios espirituales contribuye a renovar en quien participa la
alegría y el gusto por la liturgia, en particular por la celebración digna de
las Horas y, sobre todo, de la
Eucaristía; ayuda a redescubrir la importancia del sacramento
de la Penitencia,
meta del camino de conversión y don de reconciliación, así como el valor y el
significado de la adoración eucarística. Durante los ejercicios es posible
recuperar con fruto también el sentido pleno y auténtico del santo rosario y de
la práctica piadosa del vía crucis.
Queridos hermanos y
hermanas, os agradezco el valioso servicio que prestáis a la Iglesia y el empeño que
ponéis para que la «red» de ejercicios espirituales en Italia sea cada vez más
vasta y cualificada. Por mi parte, os aseguro un recuerdo en el Señor a la vez
que, invocando la intercesión de María santísima, os imparto a todos vosotros y
a vuestros colaboradores la bendición apostólica.
De www.vatican.va
Al
servicio de la
Iglesia-misión
Párrafos el mensaje escrito por Benedicto XVI con motivo de
la 45 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones que se celebrará el 13 de
abril, cuarto domingo de Pascua.
Al ver a la gente sintió compasión de ellos
Las promesas hechas a los padres se realizaron
plenamente en Jesucristo. A este respecto, el Concilio Vaticano II dice: «Vino,
pues, el Hijo, enviado por el Padre, que nos eligió en Él antes de la creación
del mundo, y nos predestinó a ser sus hijos adoptivos... Cristo, por tanto,
para hacer la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el reino de los cielos,
nos reveló su misterio, y nos redimió con su obediencia» (Const. dogm. Lumen
gentium, 3). Y Jesús escogió como estrechos colaboradores suyos en el
ministerio mesiánico a unos discípulos, ya en su vida pública, durante la
predicación en Galilea. Por ejemplo, cuando en la multiplicación de los panes,
dijo a los Apóstoles: «Dadles vosotros de comer» (Mt 14, 16), impulsándolos así
a hacerse cargo de las necesidades del gentío, al que quería ofrecer pan que lo
saciara, pero también revelar el pan «que perdura, dando vida eterna» (Jn 6,
27). Al ver a la gente, sintió compasión de ellos, porque mientras recorría
pueblos y ciudades, los encontraba cansados y abatidos «como ovejas que no tienen
pastor» (cf. Mt 9, 36). De aquella mirada de amor brotaba la invitación a los
discípulos: «Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt
9, 38), y envió a los Doce «a la ovejas perdidas de Israel», con instrucciones
precisas.
Hombres y mujeres que dedican su vida al Señor
En ese proceso de evangelización, el
libro de los Hechos de los Apóstoles atribuye un papel muy importante también a
otros discípulos, cuya vocación misionera brota de circunstancias
providenciales, incluso dolorosas, como el ser expulsados de la propia tierra
por ser seguidores de Jesús (cf. 8, 1-4). El Espíritu Santo permite que esta
prueba se transforme en ocasión de gracia, y se convierta en oportunidad para
que el nombre del Señor sea anunciado a otras gentes y se ensanche así el
círculo de la comunidad cristiana. Se trata de hombres y mujeres que, como
escribe Lucas en el libro de los Hechos, «han dedicado su vida a la causa de
nuestro Señor Jesucristo» (15, 26). El primero de todos, llamado por el mismo
Señor a ser un verdadero Apóstol, es sin duda alguna Pablo de Tarso. La
historia de Pablo, el mayor misionero de todos los tiempos, lleva a descubrir,
bajo muchos puntos de vista, el vínculo que existe entre vocación y misión.
El amor de Cristo apremia a los misioneros
Al principio, como también después,
lo que «apremia» a los Apóstoles (cf. 2 Co 5, 14) es siempre «el amor de
Cristo». Fieles servidores de la
Iglesia, dóciles a la acción del Espíritu Santo, innumerables
misioneros han seguido a lo largo de los siglos las huellas de los primeros
apóstoles. El Concilio Vaticano II hace notar que «aunque la tarea de propagar
la fe incumbe a todo discípulo de Cristo según su condición, Cristo Señor llama
siempre de entre sus discípulos a los que quiere para que estén con Él y para
enviarlos a predicar a las gentes (cf. Mc 3, 13-15)». El amor de Cristo, de
hecho, viene comunicado a los hermanos con ejemplos y palabras; con toda la
vida. «La vocación especial de los misioneros ad vitam -escribió mi venerado
predecesor Juan Pablo II- conserva toda su validez: representa el paradigma del
compromiso misionero de la
Iglesia, que siempre necesita donaciones radicales y totales,
impulsos nuevos y valientes» (Encl. Redemptoris missio, 66).
Entre las personas dedicadas
totalmente al servicio del Evangelio se encuentran de modo particular los
sacerdotes llamados a proclamar la
Palabra de Dios, administrar los sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Reconciliación,
entregados al servicio de los más pequeños, de los enfermos, de los que sufren,
de los pobres y de cuantos pasan por momentos difíciles en regiones de la
tierra donde hay tal vez multitudes que aún hoy no han tenido un verdadero
encuentro con Jesucristo.
Hay quienes escogen vivir el Evangelio con radicalidad
Siempre ha habido en la Iglesia muchos hombres y
mujeres que, movidos por la acción del Espíritu Santo, han escogido vivir el
Evangelio con radicalidad, haciendo profesión de los votos de castidad, pobreza
y obediencia. Esas pléyades de religiosos y religiosas, pertenecientes a
innumerables Institutos de vida contemplativa y activa, «han tenido hasta ahora
y siguen teniendo gran participación en la evangelización del mundo» (Decr. Ad
gentes, 40). Con su oración continua y comunitaria, los religiosos de vida
contemplativa interceden incesantemente por toda la humanidad; los de vida
activa, con su multiforme acción caritativa, dan a todos el testimonio vivo del
amor y de la misericordia de Dios. Refiriéndose a estos apóstoles de nuestro
tiempo, el Siervo de Dios Pablo VI escribió: «Gracias a su consagración
religiosa, ellos son, por excelencia, voluntarios y libres para abandonar todo
y lanzarse a anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra. Ellos son
emprendedores y su apostolado está frecuentemente marcado por una originalidad
y una imaginación que suscitan admiración. Son generosos: se les encuentra no
raras veces en la vanguardia de la misión y afrontando los más grandes riesgos
para su santidad y su propia vida. Sí, en verdad, la Iglesia les debe
muchísimo» (Exhort. apost. Evangelii nuntiandi, 69).
La Iglesia implora el don de las vocaciones
El don de la fe llama a todos los
cristianos a cooperar en la evangelización. Esta toma de conciencia se alimenta
por medio de la predicación y la catequesis, la liturgia y una constante
formación en la oración; se incrementa con el ejercicio de la acogida, de la
caridad, del acompañamiento espiritual, de la reflexión y del discernimiento,
así como de la planificación pastoral, una de cuyas partes integrantes es la
atención vocacional.
Las vocaciones al sacerdocio
ministerial y a la vida consagrada sólo florecen en un terreno espiritualmente
bien cultivado. De hecho, las comunidades cristianas que viven intensamente la
dimensión misionera del ministerio de la Iglesia nunca se cerrarán en sí mismas. La
misión, como testimonio del amor divino, resulta especialmente eficaz cuando se
comparte «para que el mundo crea» . El don de la
vocación es un don que la
Iglesia implora cada día al Espíritu Santo. Como en los
comienzos, reunida en torno a la Virgen María, Reina de los Apóstoles, la
comunidad eclesial aprende de ella a pedir al Señor que florezcan nuevos
apóstoles que sepan vivir la fe y el amor necesarios para la misión.