“DESDE ALLÍ HA DE VENIR A JUZGAR A VIVOS Y MUERTOS”

 

SÉPTIMO ARTÍCULO DEL CREDO,  A.-  Desde allí ha de venir

 

En este artículo, el símbolo de los Apóstoles recoge la promesa que Cristo había hecho varias veces a sus discípulos sobre su regreso, tras su muerte y su Ascensión al cielo. La forma más común de esta promesa aparece en las parábolas en que Él se presenta como el Señor que vuelve para revisar el trabajo, la diligencia que han puesto sus servidores durante su ausencia. De manera más solmene y definitiva los Evangelistas la presentan en la magna escena del Juicio final, según la cual Él vendrá con gloria, sobre las nubes, para separar a buenos y malos, poniéndolos respectivamente a su derecha y a su izquierda. Así resplandecerá ante todos cómo premia el bien y cómo castiga el mal.

En los primeros escritos cristianos constan expresiones que exhortan a recordar y a desear este regreso del Señor.  Pero notamos dos maneras diferentes de responder a este retorno. Por una parte el pensar en el reencuentro con el Amado implica un grito de alegría ante la seguridad de su vuelta; podríamos escribirlo con admiraciones: ¡¡El Señor viene!! Pero también podemos interpretarlo como una petición, un deseo de que sea pronto este encuentro, y entonces lo escribiríamos con un imperativo: ¡Ven, Señor Jesús! Estas dos formas corresponden a las dos maneras como se puede pronunciar y escribir la palabra aramea “Maranatha”: si lo hacemos como “Maran atha” expresamos la seguridad del regreso, aunque no sepamos cuando, como si clamáramos “¡El Señor viene!”  En cambio si escribimos y pronunciamos: “Marana tha” estamos pidiendo que el regreso sea cuanto antes. Oramos diciendo: “¡Ven, Señor Jesús!”.

Sin quitar nada a la fe básica del Credo, que nos remite a una esperanza segura de que el Señor vendrá al final de los tiempos para la resurrección y juicio de todas las generaciones, el teólogo Ratzinger-Benedicto XVI da vida a la forma orante de entender el “Marana tha”, el imperativo “¡Ven, Señor Jesús!”. En su libro “Jesús de Nazaret II”, sin olvidar el regreso al final de los tiempos, nota que hay también la “venida intermedia”, de la que San Bernardo nos habla en una homilía, y que el abad cisterciense  justifica con una cita de San Juan: “El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (14, 23). Esta “venida intermedia” que podemos y debemos pedir al Señor, tiene varias modalidades: El Señor viene en su Palabra; viene en los sacramentos, especialmente en la santa Eucaristía; entra en nuestra vida mediante palabras o acontecimientos. Más aún, Ratzinger afirma que hay modalidades de esta “venida intermedia” que hacen época: en los siglos XII y XIII Francisco y Domingo supusieron un modo de entrada de Cristo en el mundo; algo parecido podemos decir posteriormente de Teresa de Jesús, Ignacio de Loyola, Juan de la Cruz; y en tiempos recientes podríamos citar a Teresa del Niño Jesús e incluso a la Madre Teresa de Calcuta…  Esta forma de ver las “venidas intermedias” pueden muy bien alimentar nuestra oración y nuestro sacrificio para la cotidiana ansia que brota de nuestros labios por encargo del Señor: “Venga a nosotros tu Reino”.

B.-  Para juzgar a vivos y muertos

En esta segunda parte del 7º Artículo del Credo está condensada la ansiada respuesta a la eterna cuestión del “sentido de nuestra vida” ¿Para qué estamos aquí?  ¿Por qué el dolor y la alegría? ¿Qué sentido tiene la libertad?  Podemos resumirlo así: la vida del hombre y de la mujer en la tierra viene a ser como un “noviazgo”, una prueba en la que el Infinito Amado se oculta para que podamos, con toda libertad, elegirle como nuestro supremo Amor. Y, al final de los tiempos, cuando se pongan las cartas sobre la mesa, podremos escuchar las consoladoras palabras del Señor: “Venid, benditos de mi Padre, a poseer el Reino, porque tuve hambre y me disteis de comer…” Es decir, porque me habéis amado en mis pequeños hermanos.

San Ignacio de Loyola nos lo recuerda al principio de sus Ejercicios: “El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios Nuestro Señor y, mediante esto, salvar su alma (es decir, llegar al eterno encuentro con el supremo Amor). Y las otras cosas que hay sobre la faz de la tierra son creadas para el hombre y para que le ayuden a conseguir el fin para el que es creado”.  Y, para decir algo semejante, san Juan de la Cruz utiliza una breve fórmula, fácil de recordar: “A la tarde te examinarán en el amor. Aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición”.

Enrique Berenguer, cpcr