El Amor, vinculo de la Unidad
Mientras
montamos estas páginas de Avanzar, estamos celebrando la novena de Pentecostés,
fiesta que este año tiene lugar el 23 de mayo.
Ofrecemos
a nuestros lectores unas reflexiones sobre Pentecostés y la Unidad
escritas por el P. Raniero Cantalamessa
y publicadas en “Magnificat”.
El camino mejor para comprender la naturaleza de
la unidad de la Iglesia es remitirse al acontecimiento de Pentecostés. En
Pentecostés la Iglesia se revela como signo de unidad entre todas las gentes.
¿Pero cómo se crea esa unidad? «Se llenaron todos -se nos dice- de Espíritu
Santo» (Hch 2,
4).
Ahora bien, el Espíritu Santo es el amor increado del Padre al Hijo y del Hijo
al Padre. Decir, pues, que se llenaron todos de Espíritu Santo equivale a decir
que se llenaron todos del amor de Dios; que los apóstoles vivieron una
experiencia arrolladora del amor de Dios.
Fue como si se hubiesen abierto las cataratas del cielo y el
océano de amor que es la Trinidad hubiese derramado sus aguas sobre la tierra.
Los apóstoles fueron «bautizados», es decir sumergidos en el amor de Dios. Por
fin Dios Padre, una vez que Cristo destruyó el pecado y renovó la vida, puede
hacer realidad el objetivo para el que había creado el mundo, que no es otro
que derramar su amor sobre todas las criaturas y alegrarlas con la claridad de
su gloria, como dice la Plegaria eucarística IV. Pablo lo dice claramente: «El
amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que
se nos ha dado» (Rm 5, 5). Es ésta una descripción de lo que aconteció en
Pentecostés y de lo que acontece con cada creyente en el bautismo; y responde a
lo que dicen los Hechos, en clave narrativa, con las palabras: «Se llenaron
todos de Espíritu Santo» (Hch 2, 4).
Este amor de Dios, como explica santo Tomás de Aquino, es
inseparablemente el amor con que Dios nos ama a nosotros (amor quo Deus nos diligit) y el amor
con el que hace que nosotros podamos amarle a él (amor quo ipse nos dilectores sui faciti), una capacidad nueva de amar a Dios y al
prójimo a la que llamamos caridad infusa, o virtud teologal de la caridad. Por
eso, en el mismo momento en que los apóstoles se llenaron del amor que Dios
les tenía, se llenaron también de amor de unos a otros.
Raniero Cantalamessa