Nos ha dado su Espíritu   

 

No es visión sino fe

El autor de la carta pone de nuevo en guardia a sus lectores contra la secta de los gnósticos que se las daban de espirituales y pretendían ver directamente a Dios mediante un éxtasis del entendimiento.

El conocimiento de Dios en este mundo es a través de la fe y de la caridad. La visión intuitiva y directa se nos dará solamente en la vida eterna. Jesucristo, Hijo de Dios es el único que ha conocido al Padre, y con su palabra y con su vida es epifanía, manifestación y revelación del Padre para nosotros: «A Dios nadie le ha visto jamás: El Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha contado»(Jn 1, 18 ).No es que nadie haya visto al Padre; sino aquel que ha venido de Dios ese ha visto al Padre.» (Jn 6, 46)». Ahora vemos en un espejo, en enigma .Entonces veremos cara a cara.» (1Co 13, 12) «pues caminamos en fe y no en visión.» (2 Co 5, 7) «A Dios nadie le ha visto nunca.» 1Jn 4, 12ª)

No es visión sino comunión y morada

La caridad fraterna y la comunión con Dios son dos experiencias vitales en mutua y recíproca relación. Si nos amamos unos a otros, siguiendo la insistente exhortación de San Juan (1Jn 4, 7.11) estamos también en comunión con Dios. Dios mora en nosotros. Nos convertimos en morada de Dios, a través del amor al hermano. En nuestro peregrinar terrestre nuestro conocimiento de Dios es experimental y vital en lo hondo de nuestro ser y se realiza mediante la fe y la caridad. La fe y la inhabitación terrestres son el camino para la visión e intuición celestes que nos esperan en el más allá. Los creyentes que se aman están también en comunión de ser y de vida con Dios. Y este es el mayor grado de nuestro conocimiento de Dios en esta vida: se le conoce a través de una experiencia viva ,íntima y profunda de inhabitación mediante la fe y la caridad en espera de la plena visión y posesión en la eternidad: «Si nos amamos unos a otros, Dios mora en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a la perfección.»(4, 11b)

Nos ha dado su Espíritu

Otro criterio de certeza de la presencia e inmanencia de Dios en la fe y en la caridad, es la presencia y el don del Espíritu Santo que se infunde en los corazones de los creyentes. San Juan repite lo que ya había afirmado en 3, 24 : «En esto conoceremos que mora en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado.»»El que cree en mí, como dice la Escritura: «De su seno correrán ríos de agua viva. Esto lo dijo refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él.» (Jn 7, 38) Es el don del Espíritu como cumplimiento de las promesas de que habla también San Pablo: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.»  (Rm 5, 5) «Y, como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clamaAbbá, Padre!»(Ga 4, 6) «En esto conoceremos que moramos en él y él en nosotros: en que nos ha dado su Espíritu.» (1ªJn 4, 13)

Éstos son los tres componentes del conocimiento divino que el alma puede alcanzar en grado máximo en este mundo: la caridad (v.12) la posesión del Espíritu Santo (v. 13) y el don de la fe (v.15)

Somos sus testigos

¡Nosotros somos testigos! El tono que utiliza el Apóstol Juan es enfático y vehemente. «Nosotros», se refiere sin duda a los todos los apóstoles, que, desde el principio, han sido testigos oculares de los hechos. Han contemplado con sus propios ojos a Jesucristo el Verbo Encarnado. Han escuchado sus propias palabras, han presenciado sus milagros. Han sido testigos de su muerte y de su resurrección. Y han recibido de él la misión de testificar y anunciar por doquier cuanto han visto y oído:  «Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra». (Hch 1, 8) Los Apóstoles serán muy conscientes y responsables de este mandato de Jesucristo, como dirá San Pedro en presencia del Sanedrín: «No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído.»(Hch 4, 20)

Pero son sobre todo testigos de la gran obra del Padre que ha realizado la salvación del mundo por medio de su Hijo Jesucristo. La palabra mundo tiene un sentido amplio y universalista. Jesucristo es el Salvador de todos los hombres de la historia:»Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre ha enviado a su Hijo como Salvador del mundo.» (1ªJn 4,14)

La salvación de Jesucristo es vida

La confesión de fe en la divinidad de Jesucristo no es solo salvación para el creyente .No es solo el perdón de los pecados. Es muchísimo más. Es el comienzo de una nueva vida generada por la fe. Es la vida de la gracia y del amor de Dios, de este amor que nos mueve a amarnos unos a otros como Él nos ama. Y este amor fraterno es el distintivo inequívoco de nuestro amor unitivo con Dios. Amor de inhabitación y de comunión con Él . Es comunión de vida de amor con el Padre y el Hijo en el don del Amor que es el Espíritu Santo:  «Si uno confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios mora en él y él en Dios.»(1ªJn 4, 15)

Hemos creído en el amor

Otra vez «y nosotros hemos conocido.» San Juan insiste en la responsabilidad de su testimonio, y en instruir y amonestar a los suyos, para que no se dejen influir por los errores de los gnósticos que están pululando en su tiempo. Subraya seguridad y certeza de su conocimiento del amor de lo divino manifestado en Jesucristo, por medio de dos verbos clave: «conocer y creer». Conocimiento, amor y fe, vienen a ser como sinónimos en el sentido de que son matices de una profunda e íntima experiencia de Dios en nosotros. Es un conocimiento que es un reconocimiento, por parte del creyente, de la obra de amor de Jesucristo Salvador y dador de la vida divina, que nos da su Espíritu de amor que procede de Él y del Padre. Es acogerle y sentirse acogido por Él, sentirse envuelto en su vida de amor. Este versículo es como la recopilación y la síntesis de los anteriores. El verbo «permanecer» es también clave para la comprensión y el sentido del texto. No se trata de una cualidad transitoria, sino de una realidad perenne, porque es ya la vida eterna anticipada en nuestro peregrinar terrestre. Con ella se alcanza la cumbre de la unión transformante, y el máximo exponente del amor que es posible en este mundo. «Y nosotros hemos conocido y hemos creído en el amor que Dios nos tiene. Dios es amor; y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.» (1ªJn 4,16)

 

Pedro Cura cpcr