¿Tuvo Jesús necesidad de buscar y discernir la voluntad del Padre?

 

He encontrado entre otras hojas que algún sacerdote me ha dado, una en la que se dice que Jesús se retiró al desierto durante cuarenta días para discernir la voluntad del Padre, que fue tentado como nosotros, teniendo las mismas tendencias hacia la riqueza, el poder, el honor... y que, descubrió la voluntad de Dios en buena parte, pero no totalmente, que esto no llegaría sino al final de su vida. Satanás y los ángeles que le sirvieron vencida la tentación serían simples personificaciones, sea del mal que trataba de desviarle, sea de la consolación espiritual.

Todo esto me extraña bastante. Podría decirme qué piensa Vd. de ello.

 

 S. V. Barcelona

 

 

Ante todo, tengo que decirle que no es nada fácil hablar de la psicología de Jesús, siendo un Hombre cuya persona no es humana, sino divina; Jesús es la segunda Persona de la Santísima Trinidad hecha Hombre. De tal manera que en Él hay dos naturalezas, la divina y la humana unidas íntimamente en una sola Persona; dos naturalezas con sus correspondientes inteligencias: una inteligencia divina, la inteligencia misma de Dios, con la que lo sabe todo absolutamente, y una inteligencia humana, la más perfecta, si se quiere, de las inteligencias humanas, pero, humana al fin, es decir, muy limitada.

Estando así las cosas, me parece obvio e innegable que tuvo que existir en Él, dada la unidad de persona, una comunicación entre sus dos inteligencias. Por otra parte, en los Evangelios y otros escritos del N.T. hay textos que suponen esa comunicación. Por ejemplo, «Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce  nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11, 27). A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha contado (Jn 1, 18).

Cabrá preguntarse si esa comunicación fue total, o parcial. Y, si parcial, en qué medida y gradualidad se le comunicó a la inteligencia humana de Jesús, el saber divino.

La comunicación total, desde luego, no era posible; no hay capacidad en la inteligencia humana, por grande que ésta sea, para recibir todo el saber divino.

De suerte que hemos de quedarnos con una comunicación parcial y ver si esa comunicación permite o requiere un ulterior discernimiento por parte de Jesús para conocer la voluntad de Dios para con Él.

Procediendo paso a paso, me parece que, ante todo, podemos afirmar que la Persona divina comunica a la inteligencia humana de Jesús la conciencia de estar unido personalmente a la segunda Persona de la Santísima Trinidad y por tanto de ser Hijo natural de Dios. Después se ha de añadir que le ha debió manifestar que Dios quería que llevase a cabo la redención del mundo. Y en tercer lugar habrá debido comunicarle todo lo necesario para el cumplimiento de su misión redentora.

Pero, ¿cuándo ha tenido lugar esa comunicación de una inteligencia a la otra, de la divina a la humana? ¿Al llegar al uso de razón? ¿Más tarde? ¿Todo de una vez? ¿Progresivamente? ¿En cuantas veces? No parece que pueda haber nadie capaz de responder con certeza a estas preguntas.

En general los buenos exegetas suelen optar por la comunicación progresiva, apoyándose en el texto de S. Lucas que dice: Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2, 52).

Ahora bien, si su crecimiento siguió ciertamente el proceso normal de todo hombre, pasando de la infancia a la pubertad y de esta a la juventud y a la madurez, ¿ocurrió lo mismo con respecto a la sabiduría y a la gracia?

En cuanto a esta última, no podemos olvidar que fue concebido en plenitud de gracia, como María su inmaculada Madre.

De todas formas, el crecimiento que a nosotros interesa mayormente aquí es el crecimiento en sabiduría, y más concretamente en los tres pasos que indicábamos más arriba de la comunicación de la inteligencia divina a la humana.

Pero el lenguaje empleado en esa hoja más que a la comunicación de una inteligencia a la otra se refiere al discernimiento y descubrimiento por parte de Cristo del proyecto de Dios sobre Él.

No voy a negar que tal discernimiento haya podido darse en alguna pequeña medida y para cosas de menor importancia. Lo que sí creo poder afirmar es que en ninguno de los cuatro evangelios se puede encontrar una palabra que indique que está o haya estado en búsqueda de la voluntad del Padre, o que haya llegado por su cuenta al descubrimiento de la misma.

En cambio hay afirmaciones claras de que se siente en el deber de cumplirla y que la cumple siempre. Ya a los doce años sabe que debe ocuparse de lo de su Padre, contradistinguiendo a Éste de su padre legal, José, a quien María se ha referido previamente (Cf Lc 2, 48-49).

Los dos textos siguientes de S. Juan dejan entender que su conocimiento de lo la voluntad del Padre no procede de un discernimiento humano, sino de una comunicación por parte del mismo Padre. Les dijo, pues, Jesús: Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy, y que no hago nada por mi propia cuenta; sino que, lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo. Y el que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a él» (Jn 8, 28-29). «Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre» (Jn 10, 18). Otros textos se podrían citar de un tenor semejante, pero no puedo alargarme.

Menos aceptable me parece lo relativo a las tentaciones, a saber, que Jesús tenía las mismas tendencias que nosotros hacia la riqueza, el poder, el honor... Sí tenía esas mismas tendencias, pero en nosotros esas tendencias son desordenadas, como consecuencia del pecado original; en Jesús, que no contrajo ese pecado ni ningún otro, esas tendencias eran ordenadas y por sí mismas no constituían una tentación, porque no le inclinaban al mal. Es Satanás —que no es una personificación de las malas tendencias del hombre, sino un ser personal, puro espíritu, rebelado contra Dios y por ello condenado y a quien Dios permite que tiente a los hombres en orden a un mérito mayor de las buenas acciones de éstos—, es Satanás, digo, quien tienta a Jesús y se sirve de esas tendencias pensando que Jesús tiene el mismo desorden de los demás hombres. Por otra parte, lo que Satanás intenta es desviar a Jesús de su verdadero mesianismo, proponiéndole la obtención de los bienes que el Pueblo erróneamente espera del Mesías. En esto sí que Jesús podía ser tentado, porque, como todo humano, aunque sin ningún desorden, sentía la necesidad de ser aceptado y la de ser aceptado como verdadero Mesías, y Satanás podía hacerle temer que su menosprecio de las riquezas, del poder humano y de los honores ocasionase la inaceptación por parte del Pueblo. Tampoco me parece admisible reducir el servicio que los ángeles le ofrecieron a la consolación divina. Da la impresión de que el redactor de esa página se ha dejado impresionar, como muchos, por el “gran saber” de Bultmann y compañía, y que, o duda de la existencia de ángeles y demonios, o que, al menos, piensa que ni los unos ni los otros intervienen en nuestro mundo. Pero la fe católica enseña ambas cosas, que existen y que intervienen, queriéndolo o permitiéndolo Dios. Y conviene saber que el Concilio IV de Letrán definió como dogma de fe la creación y existencia real de ángeles y demonios.

Mucho me he alargado, pero espero que con lo dicho pueda Vd. comprender lo que de aceptable y no aceptable hay en esa hoja.

J. . F-C.

 

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