«Siento la unidad con Jesús de manera
irresistible»
El cardenal Francisco Van Thuan, que falleció hace unos años, estuvo confinado
durante nueve en las cárceles de Vietnam. Ofrecemos unas experiencias escritas por
él sobre su oración, tomadas de la revista «Id y Evangelizad»
Después de mi liberación muchas personas
me decían: Padre, en la prisión habrá tenido usted mucho tiempo para orar. No
es tan simple como se podría pensar. El Señor me permitió experimentar toda mi
debilidad, mi fragilidad física y mental. El tiempo pasa lentamente en la
prisión, especialmente durante el aislamiento. Imagínense una semana, un mes,
dos meses de silencio... son tremendamente largos, pero cuando se transforman
en años, se convierten en una eternidad. Un proverbio vietnamita dice: Un
día en prisión vale mil otoños fuera. ¡Hubo días en que, al límite del
cansancio, de la enfermedad, no podía ni recitar una oración! (...)
Cuando me faltan las fuerzas y no puedo ni siquiera recitar
mis oraciones, repito: Jesús, aquí estoy, soy Francisco. Me invade la
alegría y el consuelo, experimento que Jesús me responde: Francisco, aquí
estoy, soy Jesús.
Me preguntan: ¿cuáles son tus oraciones
preferidas? Sinceramente, me gustan mucho las oraciones breves y sencillas del
Evangelio:
No tienen vino
(Jn 2,
3). Magníficat... (Lc 1, 46 55). Padre,
perdónalos... (Lc 23, 34). En tus manos pongo mi espíritu... (Lc 23,
46). Que todos sean uno... tú, Padre, en mí. (Jn 17, 21). Ten compasión
de mí, que soy pecador (Lc 18,13). Acuérdate de mí cuando vengas con
tu Reino (Lc 23, 42).
Como no pude llevar conmigo la Biblia a la cárcel, entonces
recogí todos los pedacitos de papel que encontré y me hice una pequeña agenda,
y en ella escribí más de 300 frases del Evangelio; este Evangelio reconstruido
y reencontrado fue estuche precioso del cual sacar fuerza y alimento mediante
la lectura reposada.
Me gusta hacer oración con la palabra de Dios completa, con
las oraciones litúrgicas, los salmos y los cánticos: Me gusta mucho el canto
gregoriano, que recuerdo de memoria en gran parte. Luego, las oraciones en mi
lengua nativa, que toda la familia dice cada tarde en la capilla familiar, oraciones
conmovedoras que me recuerdan mi primera infancia. Sobre todo las tres avemarias y el Acuérdate, oh piadosísima Virgen María, que
mi madre me enseñó a recitar por la mañana y por la tarde.
Como ya he dicho, estuve nueve años en
aislamiento, vigilado por dos guardias. Caminaba todo el día para evitar las
enfermedades causadas por la inmovilidad, como la artrosis; me daba masajes,
hacia ejercicios físicos..., rezando con cantos sencillos religiosos. Estos
cantos de la Iglesia, inspirados en la Palabra de Dios, me comunican un gran
ánimo para seguir a Jesús. Para apreciar estas bellísimas oraciones fue necesario
experimentar la oscuridad de la cárcel y tomar conciencia de que nuestros
sufrimientos se ofrecen por la fidelidad a la Iglesia. Esta unidad con Jesús,
en comunión con el Santo Padre y toda la Iglesia, la siento de manera
irresistible cuando repito durante el día: Por Cristo, con Él y en Él...
Me viene a la mente la sencillísima
oración de un comunista que primero fue un espía y después se hizo mi amigo.
Antes de que él fuera liberado me prometió: Mí casa dista 3 Km. del
santuario de Nuestra Señora de Lavang. Iré allí a
rezar por usted. Yo creía en su amistad, pero dudaba de que un comunista
fuera a rezar a la Santísima Virgen. Pero un día, unos seis años después, en mi
aislamiento, ¡recibí una carta suya! Escribió: Querido amigo, te había
prometido que iría a rezar por ti ante Nuestra Señora de Lavang.
Lo hago cada domingo, si no llueve. Tomo mi bicicleta cuando oigo sonar la
campana. La basílica está totalmente destruida por el bombardeo, por eso voy
al monumento de la aparición, que aún permanece intacto. Rezo por ti así:
«Señora, no soy cristiano, no conozco las oraciones; te pido que le des al
señor Thuan lo que él desea». Estoy conmovido hasta
el fondo de mí corazón; ciertamente, la Señora lo habrá escuchado.