¿A quién me puedo dirigir para intimarle a que me escuche?
¡Pero su oído es
incircunciso, son incapaces de entender!
¡La palabra del Señor
les resulta oprobio, no les agrada!
(Jeremías 6, 10)
Lee la Palabra:
Dios invita al profeta a reunir al
pueblo amenazado de invasión. No encuentra respuesta entre sus paisanos. Nadie
le escucha. Lo quiere Dios, pero a ellos no les interesa demasiado. Con todo,
es necesario que la Palabra de Dios se anuncie. Se quiera oír o no. Atender y
entender o no. Guste o no guste. La Palabra de Dios alerta las conciencias
dormidas y activa los corazones generosos.
Medita la Palabra:
Sin prisas, rumia un poquito estas
Palabras:
Dios mismo pregunta al profeta,
-hoy, a ti y a mí-:
¿A quién puedo dirigirme y
suplicarle que me escuche?
¡Si lo que
quiero es prevenir, curar y salvar de las dificultades!
En serio... ¿Escuchamos a Dios o no?
¿Queremos escucharle o somos
incapaces de hacerlo?
¿Qué impide que escuchemos la
Palabra de Dios?...
Dificultades interiores...Dificultades
exteriores...¿Qué?
¿Que no la comprendemos? ¿Por qué?
¿Acaso es dura porque no halaga los
intereses personales
e
interesados del corazón caprichoso y egoísta?...
Ora la Palabra:
Dile, -digamos-, ahora al Señor, por
qué no le escuchas.
Conviene sincerarse con Él, porque
su Palabra puede
atravesar los oídos humanos y llegar al
corazón.
Quiere hacerlo para restaurar y
remozar el corazón.
Es más: muy claramente puede hacerse
entender, puede y quiere.
Dile cómo está el oído de tu
corazón: ¿Tiene otitis?
Dile que no oyes, que no entiendes,
que sólo percibes ruidos extraños,
zumbidos...
¡Quiero escucharte, Señor! ¡Habla!
¡Habla, Señor...!
Contempla la Palabra..., y Vive:
Que tu hablar suave y profundo
transforme mi corazón... Soy todo oídos para ti...
Y para los demás contigo...
Hazlo, hasta que la Palabra habite,
se encarne en tu corazón.
¡Ojalá,
escucharais hoy su
voz! (Salmo 95/94,7).
P. Gregorio