LOS DIVERSOS «NOMBRES»

DE LA IGLESIA

 

El misterio de la Iglesia se desvela ante todo con su fundación y su andar concreto en la historia de los hombres para la salvación del mundo. Pero además, la Escritura, la comprensión teológica y el Magisterio van desvelando a través de los siglos, mediante diversas imágenes o metáforas muy bellas, la variada e insondable riqueza que es la Iglesia. Se han barajado en la tradición eclesial diversos nombres o conceptos para decir qué es la Iglesia. ¿Cómo si no comprender el misterio? En definitiva, esas imágenes y nombres no hacen más describir aspectos de la Iglesia misterio de Dios; aspectos que se esclarecen y completan entre sí. Está calculado: el Nuevo Testamento utiliza unas ochenta comparaciones para hablar de la Iglesia.

 

Rica y compleja realidad

 

El Concilio Vaticano II recuerda y explica esos nombres o imágenes. Y habla de la Iglesia como: Reino de Dios, redil, labranza, construcción, familia, templo, esposa, nueva Jerusalén, sociedad’, merece especial relieve la imagen de Cuerpo de Cristo. Al respecto, léase el hermoso número 6 de Lumen Gentium.

Los textos Conciliares, además, -y esto es muy importante- ponen de relieve otras expresiones significativas sobre la Iglesia en torno a la clave «comunión». Por ejemplo: la Iglesia, comunidad de fe, esperanza y amor, comunión jerárquica; cuerpo de iglesias; comunión de los santos... Hay que afirmar, en opinión de los expertos, que aunque el título de la Iglesia como «comunión» no aparezca de forma explícita en los textos, su contenido marca decisivamente toda la comprensión que ahora tenemos de la Iglesia a partir del Concilio.

Es por eso por lo que en el Magisterio y en la teología, desde hace años, se habla tanto y con razón, de la «eclesiología de comunión». Pero éste es un tema de hondo calado que ahora, aquí no abordamos.

La expresión más decisiva para hablar de la Iglesia la encontramos repetida unas diez veces en los textos conciliares, y es ésta: La Iglesia es «como un sacramento de salvación». Según esto, ¿los sacramentos serían ocho? No. Se trata, nada más y nada menos, que de una muy bella y verdadera calificación con la se quiere afirmar que la comunidad cristiana toda ella, hay que entenderla como presencia y signo sagrado de Cristo en medio del mundo. Ya la entendía y explicaba así san Cipriano de Cartago en los siglos ll / lll

Entendida de este modo, y con razón, se evitan dos peligros: uno, el considerar a la Iglesia como una realidad puramente sociológica, como si fuera una sociedad civil; otro, y opuesto, el considerarla como una realidad puramente espiritual, un poco al margen y fuera de la historia. La Iglesia es «una realidad compleja» (LG 8): es espiritual y trascendente y, al mismo tiempo, histórica y visible. Toda esta realidad se pone de relieve con la palabra sacramento; o sea, signo sagrado: signo es realidad histórica concreta, y sagrado, realidad espiritual y trascendente. Como Cristo: Dios y hombre.

San Bernardo la describe así: ¡Qué humildad y qué sublimidad! Es la tienda de Cadar y el santuario de Dios; una tienda terrena y un palacio celestial; una casa modestísima y una aula regia; un cuerpo mortal y un templo luminoso; la despreciada por los soberbios y la esposa de Cristo. Tiene la tez morena pero es hermosa, hijas de Jerusalén. El trabajo y el dolor del prolongado exilio la han deslucido, pero también la embellece su forma celestial (Cantar, 27,14; cita del n. 771 del Catecismo de la Iglesia Católica).

 

Sacramento universal de salvación

 

Afirma el Concilio: La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano (LG 1). O sacramento universal de salvación. Sin duda. Pero conviene aclarar esto un poco más.

Es muy cierto que el Concilio no quiso afirmar que la Iglesia es sacramento, sino como un sacramento. ¿Por qué? Así lo explican los expertos.

Esto significa que desde el inicio de su reflexión sobre el ella misma, la Iglesia, tenía clara conciencia de la riqueza divina que hay dentro de ella, por un lado, y por otro, de sus propios límites y de la fragilidad humana que al mismo tiempo la caracteriza. Pues bien, sin este como se podía sospechar que el Concilio quería imponer la Iglesia al mundo contemporáneo como una especial trascendencia, toda y sólo espiritual, en vez de proponerla humildemente como un signo de la gracia de Dios, revelado en Jesucristo; y así presentaba y proponía su propia y concreta actuación en medio de los hombres a la manera de un modesto instrumento, que tiende a la realización de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano. ¿Está claro?

Esto es muy interesante, pues de esta manera el Concilio, la Iglesia, enfocaba sus proyectos sobre la base de una nueva relación de la Iglesia con el mundo contemporáneo, pues la Iglesia tenía nueva conciencia fundamentalmente humilde de sí misma: Sabe también la Iglesia que aún hoy día es mucha la distancia que se da entre el mensaje que ella anuncia y la fragilidad humana de los mensajeros a quienes está confiado el Evangelio (Gau-dium et spes, 43).

Con este espíritu, con toda sinceridad y sin engaño, podrá declarar: Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón (GS 1).

En fin. El sacramento es precisamente «el punto de convergencia entre Dios y el hombre», donde el Dios que lo tiene todo se encuentra con el hombre que todo lo necesita. Y «como no hay más sacramento de Dios que Cristo», que decía san Agustín, la Iglesia es Jesús, el Salvador y la Salvación entre nosotros, porque en ella está Él, su Cabeza, la Iglesia es sacramento universal de salvación: todo lo que ella es, todo lo que en ella se diga y se haga está dirigido a la salvación de los hombres.

Es sentir común hoy que con la designación de la Iglesia como sacramento universal de la salvación, se ha abierto una nueva perspectiva sobre la naturaleza y la misión de la Iglesia. E incluso, que tal afirmación teológica es una de las perlas preciosas del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia.

¡Señor Jesús! Tú has querido hacer a su Iglesia a semejanza tuya: humana y divina por igual. Ayúdanos a aceptar con fe y con amor este misterio que nos sobrepasa; no permitas que veamos en tu Iglesia o sólo la dimensión espiritual y divina o sólo la dimensión visible y puramente humana. Concédenos conocerla y amarla como es, y así gozarla eternamente contigo en el cielo. Amén

P. Gregorio Rodríguez, cpcr