JESUCRISTO,
CUMPLIMIENTO
DEL
DESIGNIO
DE AMOR DEL PADRE
Continuamos ofreciendo por entregas a
nuestros lectores el Compendio de la Doctrina social de la Iglesia.
No me sorprendería que más de un
lector se estuviese preguntado, “¿Esto es Doctrina social? Parece más bien
catequesis”.
Y no se puede negar que efectivamente
estos primeros pasos del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia pueden
parecer más catequesis que otra cosa. Pero es que la Iglesia funda su Doctrina
Social en la verdad objetiva del ser humano, tal como la razón y la revelación
divina nos permiten conocer esa verdad, esa realidad. Si ya las entregas
precedentes lo dejaban claro, la de hoy todavía lo dejará más claro. El Hijo
eterno de Dios, como nos enseña la Palabra escrita y trasmitida, único Dios con
el Padre y el Espíritu Santo, se hace Hombre, para enseñar a los hombres con su
doctrina y su vida -el Evangelio- y para ayudarlos con la gracia merecida en su
muerte y resurrección, a ser, en cuanto individuos y en cuanto sociedad,
realmente humanos. Y el hombre, por naturaleza y por gracia, es social.
Viniendo a la entrega presente,
advirtamos que es la segunda parte del primer capítulo: “El designio de amor de
Dios para con la humanidad”. El título de esta segunda parte es el que encabeza
esta entrega que consta de dos subtítulos, a) En Jesucristo se cumple el
acontecimiento decisivo de la historia de Dios con los hombres, y b) La
revelación del amor trinitario. En total seis párrafos no muy largos, pero
ricos de contenido.
a) En Jesucristo se cumple el acontecimiento
decisivo de la historia de Dios con los hombres.
28 La benevolencia y la misericordia, que inspiran el actuar
de Dios y ofrecen su clave de interpretación, se vuelven tan cercanas al
hombre, que asumen los rasgos del hombre Jesús, el Verbo hecho carne. En
la narración de Lucas, Jesús describe su ministerio mesiánico con las palabras
de Isaías que reclaman el significado profético del jubileo: «El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a
proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la
libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (4,18-19; cf. Is 61,1-2). Jesús se sitúa, pues, en la línea del
cumplimiento, no sólo porque lleva a cabo lo que había sido prometido y era
esperado por Israel, sino también, en un sentido más profundo, porque en Él se
cumple el evento decisivo de la historia de Dios con los hombres. Jesús, en efecto, proclama: «El que me ha visto a mí, ha visto al
Padre» (Jn 14,9).
Expresado con otras palabras, Jesús
manifiesta tangiblemente y de modo definitivo quién es Dios y cómo se comporta
con los hombres.
29 El amor que anima el ministerio de Jesús entre los
hombres es el que el Hijo experimenta en la unión íntima con el Padre. El Nuevo
Testamento nos permite penetrar en la experiencia que Jesús mismo vive y
comunica del amor de Dios su Padre -Abba- y, por
tanto, en el corazón mismo de la vida divina. Jesús anuncia la misericordia liberadora de Dios en relación con
aquellos que encuentra en su camino, comenzando por los pobres, los marginados,
los pecadores, e invita a seguirlo porque Él es el primero que, de modo
totalmente único, obedece al designio de amor de Dios como su enviado en el
mundo.
La conciencia que Jesús tiene de ser
el Hijo expresa precisamente esta experiencia originaria. El Hijo ha recibido todo, y
gratuitamente, del Padre: «Todo
lo que tiene el Padre es mío» (Jn 16,15); Él,
a su vez, tiene la misión de hacer partícipes de este don y de esta relación
filial a todos los hombres: «No os llamo ya siervos, porque el
siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo
lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15).
Reconocer el amor del Padre significa
para Jesús inspirar su acción en la misma gratuidad y misericordia de Dios,
generadoras de vida nueva, y convertirse así, con su misma existencia, en
ejemplo y modelo para sus discípulos. Éstos están llamados a vivir como Él y,
después de su Pascua de muerte y resurrección, a vivir en Él y de Él, gracias
al don sobreabundante del Espíritu Santo, el Consolador que interioriza en los
corazones el estilo de vida de Cristo mismo.
b) La revelación del Amor trinitario
30 El testimonio del Nuevo
Testamento, con el asombro siempre nuevo de quien ha quedado deslumbrado por el
inefable amor de Dios (cf. Rm 8,26), capta en la luz de la revelación plena del
Amor trinitario, ofrecida por la Pascua de Jesucristo, el significado último de
la Encarnación del Hijo y de su misión entre los hombres. San Pablo escribe: «Si
Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros? El que no perdonó ni a su propio
Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él
graciosamente todas las cosas?» (Rm 8,31-32). Un lenguaje semejante usa
también San Juan: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos
amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación
por nuestros pecados» (1 Jn 4,10).
31 El Rostro de Dios, revelado progresivamente en la
historia de la salvación, resplandece plenamente en el Rostro de Jesucristo
Crucificado y Resucitado. Dios es
Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, realmente distintos y realmente uno,
porque son comunión infinita de amor. El amor gratuito de Dios por la humanidad
se revela, ante todo, como amor fontal del Padre, de quien todo proviene; como
comunicación gratuita que el Hijo hace de este amor, volviéndose a entregar al
Padre y entregándose a los hombres; como fecundidad siempre nueva del amor
divino que el Espíritu Santo infunde en el corazón de los hombres (cf. Rm 5,5).
Con las palabras y con las obras y, de
forma plena y definitiva, con su muerte y resurrección, 30 Jesucristo revela a
la humanidad que Dios es Padre y que todos estamos llamados por gracia a
hacernos hijos suyos en el Espíritu (cf. Rm 8,15; Ga 4,6), y por tanto hermanos
y hermanas entre nosotros. Por esta razón
la Iglesia cree firmemente «que la clave, el centro y el fin de toda la
historia humana se halla en su Señor y Maestro». (31)
32 Contemplando la gratuidad y la
sobreabundancia del don divino del Hijo por parte del Padre, que Jesús ha
enseñado y atestiguado ofreciendo su vida por nosotros, el Apóstol Juan capta el sentido profundo y la consecuencia más
lógica de esta ofrenda: «Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también
nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie le ha visto nunca. Si nos
amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en
nosotros a su plenitud» (1 Jn
4,11-12). La reciprocidad del amor es exigida por el mandamiento que Jesús
define nuevo y suyo: «como
yo os he amado, así amaos también vosotros los unos a los otros» (Jn 13, 34). El mandamiento del amor
recíproco traza el camino para vivir en Cristo la vida trinitaria en la
Iglesia, Cuerpo de Cristo, y transformar con Él la historia hasta su plenitud
en la Jerusalén celeste.
33 El mandamiento del amor recíproco, que constituye la ley
de vida del pueblo de Dios, (32) debe inspirar, purificar y elevar todas las
relaciones humanas en la vida social y política: «Humanidad significa llamada a la comunión interpersonal», (33) porque la imagen y semejanza del Dios trino
son la raíz de «todo el “ethos” –“ethos”,
palabra griega con la que se expresa la corrección moral, el buen y debido
comportamiento- humano... cuyo vértice es el mandamiento del amor». (34) El moderno fenómeno cultural, social, económico y político de la
interdependencia, que intensifica y hace particularmente evidentes los vínculos
que unen a la familia humana, pone de relieve una vez más, a la luz de la
Revelación, «un nuevo modelo de unidad del género humano, en el cual debe
inspirarse en última instancia la solidaridad. Este supremo modelo de unidad,
reflejo de la vida íntima de Dios, Uno en Tres personas, es lo que los
cristianos expresamos con la palabra “comunión”». (35)
En síntesis, la creación del hombre
“a imagen y semejanza” de Dios y la encarnación del Hijo de Dios en el Hijo de
María, Jesús de Nazaret, con su vida, muerte y resurrección redentoras, ofrecen
a la humanidad, no sólo el origen y fundamento más firme de una vida social,
sino también el amor necesario para la comunión
universal reclamada por “el moderno fenómeno” de la globalización, “nuevo
modelo de la unidad del género humano”.
José Mª Fernández-Cueto, cpcr.
Notas:
31 Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, 10: AAS 58 (1966) 1033.
32 Cf. Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, 9: AAS 57 (1965) 12-14.
33 Juan Pablo II, Carta ap. Mulieris dignitatem, 7: AAS 80 (1988) 1666.
34 Juan Pablo II, Carta ap. Mulieris dignitatem, 7: AAS 80 (1988) 1665-1666.
35 Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 40: AAS 80 (1988) 569.