ElDigamos al Señor

que nos alegra su presencia

 

 

Párrafos  la carta que ha escrito el 29 de mayo monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo, y administrador apostólico de Huesca y Jaca.


Queridos hermanos y amigos: paz y bien.

(...) En Toledo es donde la Iglesia en España está celebrando un acontecimiento singular: el Congreso Eucarístico Nacional. Allí acudimos cristianos del resto de las diócesis españolas para postrarnos ante Jesús en esa Presencia como Señor resucitado que nos prometió cumplida en el momento de decirnos adiós. Sin duda una paradoja: quien regresa al Padre se queda entre nosotros, marchándose y quedándose a la vez

Este gesto del Señor ha encontrado un precioso eco, no sólo en estos congresos eucarísticos, o en festividades litúrgicas, o en la religiosidad popular, sino que también va tomando forma y cuerpo en tantas diócesis lo que llamamos la adoración perpetua del Señor.

Nos recomendaba ardientemente el Papa Benedicto «la práctica de la adoración eucarística, tanto personal como comunitaria. A este respecto, será de gran ayuda una catequesis adecuada en la que se explique a los fieles la importancia de este acto de culto que permite vivir más profundamente y con mayor fruto la celebración litúrgica. Además, cuando sea posible, sobre todo en los lugares más poblados, será conveniente indicar las iglesias u oratorios que se pueden dedicar a la adoración perpetua. Recomiendo también que en la formación catequética, sobre todo en el ciclo de preparación para la Primera Comunión, se inicie a los niños en el significado y belleza de estar con Jesús, fomentando el asombro por su presencia en la Eucaristía. Además, quisiera expresar admiración y apoyo a los Institutos de vida consagrada cuyos miembros dedican una parte importante de su tiempo a la adoración eucarística. De este modo ofrecen a todos el ejemplo de personas que se dejan plasmar por la presencia real del Señor. Al mismo tiempo, deseo animar a las asociaciones de fieles, así como a las Cofradías, que tienen esta práctica como un compromiso especial, siendo así fermento de contemplación para toda la Iglesia y llamada a la centralidad de Cristo para la vida de los individuos y de las comunidades» (Sacramen-tum caritatis, 67).

Efectivamente, si la presencia de Jesús en medio de nosotros es una certeza que ha llenado de consuelo y ha infundido fortaleza a tantas generaciones cristianas, es justo y necesario que esa compañía sea correspondida por un deseo nuestro de salir a su encuentro. Así, en nuestras Diócesis se tomó no hace tanto tiempo una iniciativa muy hermosa: fijar un lugar en donde Jesús Eucaristía pudiese ser adorado de un modo continuo, una Iglesia de adoración perpetua. En Oviedo, en la iglesia de las Esclavas del Sagrado Corazón, y en Huesca, en la iglesia de las Hermanas Clarisas, es ya una realidad. Ojala que también en Jaca se pueda dar ese paso importante para expresar nuestra respuesta al Señor diciéndole que estamos contentos de su presencia, de su espera incondicional.

Cuando tenemos una iglesia (parroquia, templo no parroquial, convento o monasterio) en la que está expuesto el Señor unas horas, o todo un día, incluso las veinticuatro horas del día, estamos viviendo esa preciosa relación con el Señor correspondiendo al deseo de su compañía: siempre habrá una luz que encender en Él, un llanto que enjugar a su lado, una debilidad que junto a Él sea perdonada y luego fortalecida, un motivo para dar gracias o mil razones para pedir gracia. ¡Venid adoradores, vengamos al encuentro de Quien no cesa de esperarnos! Está ahí el Señor.

 

El silencio, camino de libertad

 

Párrafos del mensaje escrito por monseñor Josep Àngel Saiz Meneses, obispo de Terrassa, con motivo de la «Jornada pro Orantibus»

 

Recientemente, una religiosa contemplativa, es decir, una persona que vive la vida monástica o claustral, pronunció una conferencia con este sugestivo título: «El silencio, un camino de libertad». No pude escuchar la disertación, porque las ocupaciones de un obispo le piden a veces tener que renunciar a asistir a actos que alimentan la inteligencia y el corazón. Pero confieso que el título me gustó mucho y me invitó reflexionar.

El silencio es sin duda un camino de libertad. Y no sólo para los monjes y las monjas, para las personas que viven en el claustro, en una vida dedicada a la plegaria de adoración y de intercesión por las necesidades de la Iglesia y del mundo. El silencio, que es invitación a la interioridad, a la reflexión y a la vivencia religiosa es un valor universal, para todos los cristianos. Y aun me atrevería a decir para todos los creyentes y para todos, aunque no sean creyentes.

He pensado estas cosas con motivo de que la Iglesia celebra entre nosotros, en el domingo de la Santísima Trinidad, la jornada bautizada con una expresión latina: Pro Orantibus, es decir, por los -y las- que oran, dedicada al recuerdo de las comunidades religiosas de clausura.

Lo decía el Papa en una de sus alocuciones dominicales, precisamente al comentar esta jornada. «Algunos se preguntan -decía- qué sentido y qué valor puede tener su presencia en nuestro tiempo, en el que hay numerosas y urgentes situaciones de pobreza y de necesidad que se deben afrontar. ¿Por qué «encerrarse» para siempre entre las paredes de un monasterio y privar así a los demás de la contribución de las propias capacidades y experiencias? ¿Qué eficacia puede tener su oración para la solución de los numerosos problemas concretos que siguen afligiendo a la humanidad?»

Hay que decir que, incluso entre nosotros, en el clima de nuestros monasterios han nacido y nacen iniciativas de verdadera solidaridad con los más necesitados, efectuadas bajo la inspiración de comunidades monásticas, en ayuda de los más necesitados tanto de aquí como de diversos países con necesidades más fuertes que en el nuestro. Quienes conozcan algo la realidad de nuestros monasterios saben que esto es un hecho. Los contemplativos y las contemplativas, además de ganarse el pan con su modesto trabajo, también comparten este pan y estos recursos con quienes pasan necesidad.

Pero hay una función social mayor en la vida de estos hermanos y hermanas nuestros. Lo diré de nuevo con las mismas palabras de Benedicto XVI: «son testigos silenciosos de que en medio de los acontecimientos diarios, a veces bastante turbulentos, el único apoyo que no vacila jamás es Dios, roca inquebrantable de fidelidad y de amor».

«Todo se pasa, Dios no se muda», escribió la gran maestra espiritual de Ávila, Santa Teresa de Jesús. Nuestros monasterios son verdaderos oasis espirituales en los que el hombre de hoy puede encontrar silencio, reflexión, valores humanos y espirituales. El lema de la jornada de este año nos lleva al centro de la vida de estos hermanos y hermanas: «¡Venid adoradores! La vida contemplativa, cenáculo eucarístico». Es la adoración a Dios, vivida como un servicio a los hermanos y hermanas del mundo.

Por esto, como ha escrito el Santo Padre, «estos lugares, aparentemente inútiles, son en realidad indispensables, como lo son los «pulmones verdes» de una ciudad: hacen bien a todos, incluso a quienes no los frecuentan y tal vez ignoran su existencia».