HUIR DEL SOL ES LOCURA

 

 

Dios llamó al hombre y le dijo: ¿Dónde estás?  Así habló Dios aquella tarde.  La primera  tarde  triste  de  la  historia humana.  Para  la primera pareja humana, —también para Dios— , aquella tarde fue diferente. Desgraciada y muy extraña, para ellos y para todos nosotros, los humanos, por los siglos de los siglos de esta historia que aquí vivimos.

Dios había hecho bien las cosas, y eran todas buenas. Creó al ser humano a su imagen y semejanza, además; lo bendijo y le dio potestad sobre lo creado. Todo estaba muy bien. Y fue más allá Dios: plantó un edén para el hombre y la mujer, y allí les colocó, es decir, quiso la felicidad para ellos y se la dio. La humanidad había comenzado bien, muy bien: en íntima amistad humana y divina, con libertad y felicidad. ¿Podía esperar más? Sólo tenía que superar una pequeña prueba: obedecer a Aquel, Dios mismo, origen y razón, Creador y Padre de su vida y de sus bienes. Tan sólo eso. Por si faltara algo, cada día, Dios, Padre, Amigo dedicaba el mejor tiempo de su jornada, la hora de la brisa, a pasear por el jardín y departir familiarmente con el hombre y la mujer.

Pero una tarde a la hora de la brisa, aquella feliz pareja creada por Amor y en el Amor y para Amar, parece que ha perdido el amor, a la libertad, la felicidad. En efecto, al oír el ruido de los pasos de Dios que paseaba por el jardín, el hombre y su mujer se ocultaron de la vista de Dios por entre los árboles del jardín. ¿Por qué? ¿Qué te sucede hombre, mujer, que huyes de Dios? Ayer mismo, ¿no conversabais con Él a la hora de la brisa y era una delicia? Aquel momento ¿no era un encuentro encantador donde se abrían como pétalos vuestros corazones, —también el de Dios—, y os gozabais los tres en la Plenitud de la Vida y del Amor? ¿No era esa cada tarde la cita esperada, pues en ella os comprendíais, os realizabais? En esa cita, la Amistad con Él y entre vosotros dos era una gozada que os hacía sentir más humanos y divinos. ¿Dónde estás?, dijo Dios. Y tú, -vosotros-: Te he oído andar por el jardín y he tenido miedo..., por eso me he escondido. ¿Miedo, dices? ¿Miedo a Quien era todo para ti? ¿Miedo a Quien te lo ha dado todo? ¿A Quien te ha hecho y dado parte de su Ser, de su Vida, de su Amor, Plenitud, Felicidad? Así lo has estado viviendo hasta ayer mismo. Y tu mujer contigo... ¿Y hoy, huyes de Dios?

Desde entonces, el hombre y la mujer tienen miedo a Dios y huyen de Él. He ahí el primero y principal efecto de aquel nefasto pecado. Y el hombre sigue huyendo de Dios. Se aleja de Él. Le siente enemigo. Ni quiere oír hablar de Él. No quiere saber nada de su Vida ni de sus Mandamientos: fundamento de verdad, de vida y de fraternidad, de bien y de mal, de progreso, de la familia y de la sociedad. ¿Adonde vas, hombre, sin Dios? Huyes al abismo de la soledad y del mal. Te pierdes. No huyas más. Él quiere empezar de nuevo. Dios sigue llamando al hombre, porque le ha querido siempre y siempre le ama sin medida. Para estar más cerca de nosotros y cuidarnos, sanarnos y restaurarnos, se ha hecho uno como nosotros aquí en la tierra: se llama y es Jesucristo. Y nos dice cada día al oído hondo del corazón: Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Puede y quiere darnos un corazón nuevo y un espíritu nuevo: el de hijos amados. Es el Camino para que conozcas y vivas la Verdad, conozcas y vivas la Vida. Vive en lo más profundo de ti. Ahí está Él. Fíate. Te han engañado muchos, Dios no. En Él somos, nos movemos y existimos. No huyas del sol, es una locura. Acógelo y tendrás la Luz de la Vida.