“Venid… aprended… cargad con mi yugo…”
«Venid a Mí los que estáis cansados y
agobiados, y Yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de Mí, que soy manso
y humilde de Corazón» (Mt 11, 28).
Esta invitación permanente del Señor constituye uno de
los fundamentos principales de esta «Alianza de Amor» que deseamos promover. En
Cristo se encuentra —mejor dicho: Él es— ese «Sólo Corazón» que figura
en nuestro logotipo desde el primer diseño creado por el P. Vallet. Por ello no
podemos menos de referirnos con mucha alegría a lo vivido intensamente por
tantos peregrinos, en el Cerro de los Angeles, entre
los días 15 y 21 del presente mes de Junio.
Aprended de Mí
Los primeros días se
consagraron a «aprender de Él», con unas catequesis impartidas
por Obispos de las Diócesis de la Provincia eclesiástica de Madrid. Fueron
presentando aspectos de la plenitud de Cristo tomadas de las Letanías del
Sagrado Corazón: «Fuente de toda consolación» (Mons. Cesar Franco,
Obispo Auxiliar de Madrid, el día 15); «Hoguera ardiente de caridad»
(Mons. Fidel Herráez, Obispo Auxiliar de
Madrid, el 16); «Paciente y de mucha misericordia» (Mons. Reig Pla, Obispo de
Alcalá de Henares, el 17); «Rey y centro de todos los corazones» (Mons. Martínez
Camino, Obispo Auxiliar de Madrid, el 18).
En la celebración del Sagrado
Corazón de Jesús, viernes 19 de junio, fue el Obispo de Getafe,
Mons. Joaquín María quien hizo la homilía en la que se refirió, sobre
todo, al comienzo del Año Sacerdotal. Entre otras cosas recordó que: «San
Pablo presenta la Pasión de Cristo como un acto de obediencia que ha reparado
las desastrosas consecuencias de la
desobediencia del pecado original (Cf. Rm 5, 19)» Y
también que: «La obediencia nunca le ha llevado a Cristo a separarse de los
hombres, sino todo lo contrario: la obediencia la he llevado a unirse a ellos».
Venid a Mí
Cristo nos llama a todos y nos llama
siempre. En estos días se concretó para los jóvenes esta perenne invitación en
una Vigilia
de Oración,
en la Basílica del Cerro, durante la noche del sábado 20 al domingo 21. Fue
presidida por Mons José Ignacio Munillla, Obispo
de Palencia y responsable del departamento de pastoral juvenil de la
Conferencia Episcopal y estuvieron presentes los obispos D. Joaquín María,
de Getafe y su auxiliar D. Rafael Zornoza, y los cardenales D. Antonio María Rouco y D. Antonio Cañizares.
El P. José María Alsina Casanova, Consiliario Nacional de «Jóvenes para
el Reino de Cristo» (Rama juvenil del «Apostolado de la Oración»), explica que,
aunque la convocatoria a esta Vigilia partió de los JRC, la respuesta ha
reunido a jóvenes de distintos Movimientos y también de numerosas Parroquias.
Durante esta Vigilia el
Señor ha llenado con sus dones a cuantos respondieron a su llamada. En primer
lugar se invitó a los convocados a que se preparasen a la Consagración del día
siguiente acercándose al Sacramento que lava y purifica. No cayó en saco roto
la propuesta ya que los sacerdotes jóvenes presentes en la basílica (un el
centenar) estuvieron confesando toda la noche. Según el P. Alsina:
Se muestra con esto que el sacramento de la Reconciliación no está obsoleto
sino que obtiene respuesta, especialmente entre los jóvenes, cuando se les
ofrece, pues ellos buscan el encuentro personal con la misericordia del Señor.
Al principio de la
Vigilia los jóvenes tuvieron un paréntesis para escuchar a dos testimonios
especiales. Uno, de un seminarista japonés que estudia en Toledo. Contó su
conversión, como fruto del encuentro con un joven español en Canadá, y fue
conmovedor cuando relató que él, al principio, no sabía rezar, pero le decía a
Jesús una sola cosa: «Te quiero Jesús, te quiero». Ignacio Noriyasu, que así se llama, nos dijo que ahora
estudiaba en un Seminario en Toledo. Ante estas palabras todos los jóvenes
emocionados empezaron aplaudir. El otro testimonio fue de Mercedes Alsina, una joven tetrapléjica
que venía de Barcelona. Hizo una bonita oración ante el Corazón de Jesús en la
Eucaristía, dando gracias por la vida, por haberle conocido, por saber que
estaba allí, y pidió por las madres que no aceptan a sus hijos, rezó para que
los acepten aunque tengan dificultades. También pidió por los enfermos que
quieren tirar la toalla, y contó cómo la fe le hace llevar con alegría y paz su
enfermedad.
Los jóvenes rememoraron
las gracias que el Señor concedió a
su confidente, Santa Margarita María
de Alacoque, y sintieron su presencia cercana:
sus reliquias fueron llevadas en procesión antes de los turnos de la Vigilia.
El ambiente que se
respiraba en el Cerro de los Ángeles era de alegría, oración y de auténtica
espiritualidad. Muchas vocaciones jóvenes, hábitos religiosos, sacerdotes de clergymann, etc. Todos reunidos para pasar una noche de
adoración a Cristo presente en la Eucaristía y preparase para consagrarse al
Corazón de Jesús la mañana siguiente. En suma, una noche de intimidad con el
Corazón de Jesús, una noche de experimentar su amor y de tomar decisiones
serias en la vida.
D. José Ignacio Munilla
se refirió en su meditación a las vírgenes prudentes que esperaban la venida
del esposo. El Esposo es Jesucristo, quien nos quiere entregar a todos el amor
de su Corazón. Y D. Joaquín, el obispo titular de Getafe
en su bienvenida, ha acogido a los jóvenes animándoles a entregar su vida a
Cristo usando la libertad para tomar determinaciones que les comprometan de por
vida.
También se comentó a los
jóvenes que religiosas de varios monasterios de toda la geografía española
pasaron toda la noche en vela, unidas a los del Cerro, rezando.
Cargad con mi yugo (sanar
el corazón)
En este tercer imperativo del texto
Evangélico que vamos comentando, la palabra «yugo» puede tomar varias
acepciones.
La forma más llana de entenderlo es como
«La Nueva Ley de Cristo», que San Mateo explícita ampliamente a lo largo de los
capítulos 5, 6 y 7. En ella, el Señor hace una continua referencia al Amor de «vuestro
Padre, que está en los cielos» y procura sanar el corazón de sus oyentes
invitándoles a no tener intenciones de esclavos sino a entrar en la intimidad
filial con el Dios-Amor.
En esta línea, en una de sus catequesis
previas, Mons Munilla analiza los «males del
corazón», agravados en nuestra generación, denunciando: la falta de
autoestima; la insensibilidad (encerrarse como tortuga); el narcisismo
(querer ser adulados... o compadecidos...); la incapacidad para
perdonar (a nuestros favoritos, se lo consentimos todo, a los antipáticos no
les pasamos una); la esclavitud de la impureza (Paradójicamente, lo que
Dios creó para ser un instrumento del amor -el sexo-, por el influjo del “mal
de corazón” que padecemos, se ha terminado por divorciarlo de la vocación al
amor); la desconfianza (Nadie parece fiarse de nadie), y, en fin y más
recientemente el proyecto ideológico laicista (como si la autonomía del
hombre necesitara desprenderse de la tutela religiosa).
Al final de su análisis,
Mons Munilla afirma: la devoción al Corazón de
Cristo se presenta, en este inicio del Tercer Milenio, como auténtica “profecía”
y “terapia” providencial. En esta cultura laicista en la que algunos afirman no
tener más religión que “el hombre”, somos testigos como hemos podido comprobar
en los puntos anteriores- de la radical necesidad de misericordia que tiene el
hombre. El cardenal de Viena, Mons. Christoph Schönborn, en el contexto del Congreso de la Divina
Misericordia realizado en Roma en abril 2008, afirmó: “Cuando algunos enarbolen
la bandera del humanismo sin Dios, reivindicando: ¡Hombre, hombre, hombre…!
vosotros respondedles: ¡¡Misericordia, misericordia, misericordia!!
Cargad con mi yugo (La
Encarnación)
Otra acepción de la
palabra «yugo» es la de «unir», «unidos». En efecto con aquella vieja
herramienta los campesinos conseguían que dos animales de carga trabajaran
juntos. En el aplicación que vamos tratando, el Señor
nos indica que se abaja para unirse con nosotros en su obra de salvación. Así
lo entiende Mons Munilla en su segunda catequesis: Dios
es todopoderoso. El podría haber optado entre muchos caminos para salvar al
hombre. Sin embargo, su amor infinito le ha llevado a elegir el “camino” de la
encarnación… Se ha hecho uno de nosotros, para salvarnos desde nuestra
propia condición humana. Lo sorprendente es que para salvar al hombre, se ha
hecho hombre. O dicho de otro modo, el que venía a “sanar” nuestro corazón
enfermo, ha querido hacerlo sirviéndose para ello de un “corazón de hombre” –el
Corazón de Jesús- como instrumento de salvación. (...) La cruz es la
síntesis de toda la Redención de Jesús. Porque en ninguna parte nos ha mostrado
tanto el amor que nos tiene, la misericordia del Padre y la gravedad del
pecado. «Mirarán al que atravesaron». Miramos con fe y gratitud la cruz del
Señor (...) Esa lanza que se hunde atravesando el Costado de
Cristo significa el pecado del hombre. «Ha sido atravesado por nuestras
rebeliones, triturado por nuestros crímenes» (Is 53,
5). (...) El Espíritu Santo lleva a cabo la obra de la santificación en
nuestras vidas: la transformación del corazón egoísta en un corazón semejante
al de Jesús. Sólo así podremos construir la tan deseada Civilización del Amor,
capaz de transformar las estructuras injustas de nuestra sociedad. Necesitamos
más unidad entre nosotros para poder construir el Reino de Dios, sin caer en la
tentación de buscar cada uno sus intereses particulares (¡Cor
unum et anima una! ¡Un solo corazón y una sola
alma!). Éste fue el ideal por el que Jesús oró al Padre en su oración
sacerdotal: «Que todos sean uno, como Tú, Padre, en Mí y Yo en Ti…» (Jn 17,
21). No olvidemos que el ideal de la unión entre los hombres requiere la unión
en Cristo. Sólo seremos capaces de construir un mundo unido y justo, si el
Corazón de Cristo es nuestro punto de encuentro.
Cargad con mi yugo (Compartir
«cruz» y «gloria»)
En esta frase se puede
adivinar también el sentido de «aliviar» al que lleva el «yugo». Es como si nos
dijera «llevemos tú y yo este yugo común». Esta forma de entender la palabra de
Cristo nos abre la puerta para recordar algo sobre de la «reparación».
Mons Munilla dice a este
respecto en su tercera catequesis: «Reparar es vivir nuestra vida en
intensidad de amor a Dios y al prójimo, con la intención de «compensar» nuestra
anterior frialdad, así como el dolor provocado en Dios por nuestros pecados y
el de nuestros hermanos, del que también nos sentimos corresponsables.
Reparar es dar “alegrías” al Corazón de Dios. (...) No tenemos que entender la
reparación, como si nosotros le hiciésemos un favor a Dios; sino que es Él
quien nos da el honor de participar de sus sentimientos internos: sufrir con
sus sufrimientos, y gozarnos de sus alegrías. Tanto la “cruz” como la “gloria”
de nuestra vida, se convierten en la ocasión propicia para expresar a Dios el
amor que le tenemos. Las mismas «cruces» cotidianas, resultan ser un tesoro,
cuando las ofrecemos a Dios Padre, unidas al sacrificio redentor de Cristo».
Texto de la consagración del día 21
Hijo eterno de Dios y Redentor del mundo,
Jesús bueno, tú que al hacerte hombre te has unido en cierto modo a todo hombre
y nos has amado con tu corazón humano, míranos postrados ante tu altar; tuyos
somos y tuyos queremos ser y, para vivir más estrechamente unidos a ti, todos y
cada uno nos consagramos hoy a tu Sagrado Corazón.
De tu corazón traspasado brota el Amor de
Dios, hecho allí visible para nosotros y revelado para suscitar nuestro amor.
Ante la generación del nuevo milenio, tan esperanzada y tan temerosa al mismo
tiempo, la Iglesia da testimonio de la misericordia encarnada de Dios
dirigiéndose a tu Corazón.
Muchos, por desgracia, nunca te han
conocido; muchos, despreciando tus mandamientos te han abandonado. Jesús
misericordioso, compadécete de todos y atráelos a tu Corazón.
Señor, sé rey no sólo de los hijos
fieles, que jamás se han alejado de ti, sino también de los hijos pródigos que
te han dejado; haz que vuelvan pronto a la casa paterna, para que no perezcan
de hambre y de miseria. Sé rey de aquéllos que, por seducción del error o por
espíritu de discordia, viven separados de ti: devuélvelos al puerto de la
verdad y a la unidad de la fe, para que pronto se forme un solo rebaño de un
solo pastor.
Concede, Señor libertad a tu Iglesia;
otorga a todos pueblos y, en particular, a España la paz y la justicia; que del
uno al extremo de la tierra no resuene sino esta voz; bendito sea el Corazón
divino, causa de nuestra salvación; a él la gloria y el honor por los siglos de
los siglos. Amén