SANTA CATALINA LABOURÉ

La humilde santa del silencio,

que dio a conocer la Medalla Milagrosa

 

Nace el 2 de Mayo de 1806 en el seno de una numerosa familia campesina de la Borgoña francesa.

Al cumplir los 8 años queda huérfana de madre.  El día de su muerte, la criada me sorprendió subida en una silla abrazando una imagen de la Virgen a la que entre lloros le pedía protección”.

Su hermana María ingresa en las Vicentinas, -Las Hijas de la Caridad- , fundadas por San Vicente de  Paúl y  Santa Luisa de Marillach.   El padre encarga a Catalina las tareas del hogar.  Cumplía la obligaciones que mi padre me ordenaba sumida en el silencio, la oración y el ayuno que practicaba los viernes y los sábados. El recuerdo de mi hermana religiosa me ayudaba en mi vida espiritual, aunque descuidé algo mi formación escolar”.

 A los catorce años ruega a su padre le deje seguir los pasos de su hermana ingresando en un convento, permiso que se le deniega.  Oraba al Señor de ver cumplido mi deseo de ser religiosa.  En sueños vi un anciano sacerdote que me decía: Un día me ayudarás a cuidar enfermos”.

Pasado más tiempo, el padre cede para que Catalina visite a su hermana mayor.  Al llegar a la sala de entrada quedé conmovida al reconocer en el retrato de San Vicente de Paúl al señor que visualicé estando dormida”.

Desde ese instante desea con mayor ardor ser hermana vicentina.  Ingresa en la Orden a principios de 1830.  En su hoja de admisión se lee:  Es piadosa, ama el trabajo y tiene una serena alegría.  Lee y escribe sola”.

Después de 3 meses de postulantado, se traslada a la Casa Madre de las Hijas de la Caridad en París, donde comienza el noviciado.  Está presente cuando los restos del Fundador se trasladan a la nueva iglesia de los Paúles.  En  la novena en honor del Santo, “vi el corazón de Vicente en varios colores: blanco, rojo y rojo oscuro”.  El domingo 6 de Junio de 1830, “El Señor Jesús se me mostró en la Eucaristía como un Rey, con una cruz en su pecho”.

“La maestra de novicias insistía mucho en la devoción a María. Éso añadió mucho más fervor a mis oraciones hacia la Madre de Cristo”.

 La madrugada del 18 de Julio de 1830, todo era silencio.  “Estando durmiendo, fui despertada al oír  por tres veces una dulce voz que me llamaba.  Apartando las cortinas de mi cama vi un niño de unos cinco años que me dijo: Levántate. La Virgen te espera. No temas”... “Comencé  a andar al lado izquierdo del niño. Por donde quiera que pasábamos no había oscuridad. Su cuerpo pequeño irradiaba vivos resplandores y a su paso todo quedaba iluminado.  Mi sorpresa fue más completa viendo al entrar en la capilla, encendidas todas las velas y cirios”... “Siempre creí que aquel niño era mi ángel de la guarda”...Permanecí de rodillas. La espera fue algo larga y estaba inquieta por si las hermanas de vela pasaban y allí me veían.  De repente, el niño dijo: Ved aquí a la  Virgen, vedla aquí”. Oí como un rumor, un roce de un vestido como de seda, y allí una señora de extrema belleza que atravesando el presbiterio fue a sentarse en un sillón sobre las gradas del altar mayor al lado del Evangelio”.Me acerqué a Ella y con mis manos apoyadas en las rodillas de la Madre pasé los momentos más dulces de mi vida. Sería imposible referir lo que sentí. La Virgen me comunicó un extenso mensaje...”

La tarde del 27 de Noviembre de 1830, Catalina ora en la capilla en profundo silencio.  Sentí el mismo suave tacto de seda de la vez anterior.  Y  vi a María radiante, vestida de blanco con mangas largas y túnica cerrada.  Su cabeza cubierta por un velo que caía por ambos lados hasta los pies. Su rostro era de una belleza indescriptible. Sus pies posaban sobre un medio globo o un globo y aplastaban una serpiente verduzca con manchas amarillas. Sus manos elevadas a la altura del corazón sujetaban otro globo pequeño de oro coronado por una crucecita...  Sus dedos se llenaron de anillos adornados de piedras que brillaban y derramaban su luz en todas direcciones...  “Este globo que ves a mis pies representa el mundo entero y cada alma en particular.  Estos rayos simbolizan las gracias que derramo sobre quienes me las piden...”.

“Llegó un momento que el globo desapareció y sus manos se extendieron resplandecientes hacia la tierra con unos haces de luz tan fuertes que no dejaban ver sus pies...  Se formó un cuadro como ovalado en el que pude leer: ” Oh María sin pecado concebida ruega por nosotros que recurrimos a Ti”...  “ Las letras eran como de oro”.  “Entonces oí una voz que me dijo: “ Manda acuñar una medalla según este modelo; todas las personas que la lleven recibirán gracias grandes para los que la lleven con confianza”...  ”Me pareció inmediatamente que el cuadro se volvía y vi el reverso:  La letra M  engarzada entre una cruz recia sobre basamenta y dos corazones, uno rodeado de espinas y otro atravesado por un florete... Me quedé llena de no se qué, de buenos sentimientos, de gozo, de consuelo...”.

Las doce estrellas que rodean el reverso es un detalle dado por Catalina desde las primeras acuñaciones de la medalla.

Fue favorecida en Diciembre de ese mismo año con una nueva aparición mariana en el rezo de la oración vespertina.  En esta aparición  María repite el mismo mensaje. 

Catalina  comunica, por encargo de la Virgen, todo lo acontecido a su director espiritual, el padre Aladel, quien de momento no toma en consideración seria lo sucedido.  Sin embargo, consciente de la profunda espiritualidad de Catalina, sus dudas se disipan.  Reunido con el Arzobispo, se autoriza la acuñación de las medallas.  En el año 1832 se reparten, primero por todo París, y seguidamente por toda Francia a la vista de los milagros y prodigios que las acompañan.

En 1841, el padre Aladel pide a Catalina que, por escrito, refiera lo por ella vivido. Le contesta con una detallada carta.

Los años siguientes, hasta su fallecimiento, son tiempos escondidos de trabajo abnegado, de humildes servicios, de profundos silencios en oración constante y en ofrecimiento de todo el ser . En su hoja de servicios se lee: “5 años de ayudante de cocina; 4 en la ropería; 15 años en el establo cuidando y ordeñando vacas; otros años más cuidando enfermos; los últimos, portera del Asilo”.  “Sufrí en mi vida religiosa humillaciones y maltratos. Cuidé y ordeñé vacas hasta que la superiora decidió suprimir el establo. Pasé entonces al cuidado de conejos y cerdos...”.

Salvo el Arzobispo de París, el padre Aladel y, en los últimos momentos de la vida de Catalina, su  Superiora, nadie  supo quién era la monja favorecida por las apariciones.

Cercana ya su muerte, Catalina es propuesta para Superiora.  Madre, ya sabe que no soy capaz de ello.  Estará bien hecho no nombrarme”.

Fallece en paz y santidad.  Su cuerpo incorrupto descansa en pleno centro de París, en la Casa Madre de las Hijas de la Caridad.

Lo ocurrido en el año 1832, es la preparación de otros grandes acontecimientos  donde la presencia de la Inmaculada Concepción se ha hecho presente: Lourdes, Fátima... Bernardette declaró: La Señora de la gruta se me ha aparecido tal como está representada en la Medalla Milagrosa”.

Pío IX, en 1854, define el dogma de la Inmaculada Concepción, y posteriormente Pío XII canoniza a Catalina Labouré en 1.947

La Medalla Milagrosa es instrumento incansable del favor, del amor y de la bondad de la Santísima Virgen María hacia todos los que en este mundo estamos.

Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que acudimos a Vos”.  Amén. Amén.  Amén.

 

José Ramón González