¿Es verdad que la Revelación
quedó terminada
con la muerte del último de los apóstoles?
¿Por
qué la enseñanza del «Apóstol de los gentiles», que no tuvo trato personal con
Cristo, forma parte del depósito de la Revelación?
¿Y
cómo se puede decir que la Revelación se acabe con los escritos de san Juan?
Los Padres y doctores de la Iglesia, tan excelsos ¿por qué se les considera a
parte, formando sólo el depósito de la tradición, cuando ellos también han
ahondado tan profundamente en la palabra de Dios y el Evangelio, apoyándose en
lo recibido unos de otros, y en lo que Dios les ha hecho descubrir, como a San
Pablo? Y ¿por qué si la revelación del Antiguo Testamento duró tantos siglos,
preparando la venida del Mesías, la del Nuevo se puede dar clausurada a la
muerte del último Apóstol?
Estoy
cierta de la autoridad y sabiduría de la Iglesia al establecer el Canon de los
libros inspirados, pero si puede aportar un poco de luz a esas cuestiones que
me rondan le estaré agradecida.
M. L.
L
Barcelona
Ante
todo no se puede poner en duda que S. Pablo es tan apóstol como los doce, por
elección y vocación de Cristo; así lo defiende él mismo en sus escritos y así
lo ha entendido siempre la Iglesia. Es, pues, uno de los autores inspirados del
Nuevo Testamento, como la Iglesia le ha considerado siempre.
Para
entender por qué la Revelación se termina con los escritos del último apóstol
es muy oportuna la reflexión con que comienza
la Epístola a los Hebreos: «De una manera fragmentaria y de muchos
modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en
estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo» (Hb
1, 1-2). Como ves, se hace una diferencia radical en cómo Dios se ha comunicado
con la humanidad en el Antiguo y en el Nuevo testamento: fragmentaria y de
muchos modos por los profetas, en el primero; últimamente lo ha hecho por medio
de su Hijo, lo que supone la máxima y definitiva comunicación. Así lo entiende
el Catecismo de la Iglesia Católica cuando dice en el n. 65, tras esta cita de
la Biblia: “Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta
e insuperable del Padre. En El lo dice todo, no habrá otra palabra más que
ésta.” Y el Compendio de dicho Catecismo retoma este y los demás números del
Catecismo, en su número 9, respondiendo a la pregunta: “¿Cuál es la plena y
definitiva etapa de la Revelación de Dios?
“La plena y definitiva etapa de la Revelación de Dios es la que Él mismo
llevó a cabo en su Verbo encarnado, Jesucristo, mediador y plenitud de la
Revelación ya se ha cumplido plenamente, aunque la fe de la Iglesia deberá
comprender gradualmente todo su alcance a lo largo de los siglos.”
Por
eso la Iglesia enseña que la Revelación terminó con la muerte del último de los
Apóstoles. Y tú me dirás, los textos del Catecismo hablan de Cristo y Vd.
pretende responder ahora a mi pregunta que efectivamente se refería a la muerte
del ultimo de los Apóstoles, hablando de
éstos ¿en qué quedamos, la Revelación se acabó con Cristo o con los Apóstoles?
Pues
bien, con Cristo y los Apóstoles, en cuanto que éstos trasmitieron y
explicitaron las enseñanzas de Cristo, bajo la iluminación y guía del Espíritu
Santo, tal como él mismo se lo prometió: Cuando venga el Paráclito, que yo
os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre,
él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque
estáis conmigo desde el principio (Jn 15, 26-27).
Mucho
tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el
Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por
su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os explicará lo que ha de venir. El
me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo explicará a vosotros (Jn
16, 12-14).
De
manera que la Revelación se cierra con la muerte del último de los Apóstoles,
sí, pero no porque ellos sean agentes de la Revelación y revelen por su cuenta
algo, sino porque ellos han sido encargados de trasmitir todo lo que Jesús les
enseñó, tanto lo que de momento no entendieron, como lo que el Espíritu Santo
les hizo comprender después. La Revelación en los Apóstoles es la Revelación
hecha por Jesucristo.
Creo
que hay una confusión en tus preguntas mezclando la Revelación con la Biblia y
con la Tradición. La Biblia y la Tradición son, en efecto como dos canales de
la Revelación. Se puede decir que toda la Revelación se encuentra en la
Tradición. En cambio, en la Biblia sola no se encuentra todo; la mayor parte
sí, pero no todo.
En la
referencia que haces al Canon de los Libros inspirados te refieres,
precisamente, a una de las verdades que se encuentran en la Tradición y no en
la Biblia. Aquí no ha sido ningún autor sagrado sino la Tradición, quien nos
comunica la lista de los Libros sagrados. Es un punto en el que los hermanos
separados con la Reforma protestante se quedan sin respuesta, al establecer
Lutero que sólo la Biblia contiene la Revelación. Y ciertamente Dios ha tenido
que revelar cuales son esos libros —Biblia, como
sabes, es una palabra griega en nominativo plural que significa «Los libros»—.
Lo ha hecho, pero no está consignado en ninguno de ellos; lo ha conservado la
Tradición. Y el Magisterio de la Iglesia, con la autoridad recibida de Cristo
ha podido definirlo. “La Tradición
apostólica hizo discernir a la Iglesia, —dice el Catecismo de la misma en su
numero 120—, qué escritos constituyen la
lista de los Libros Santos (cf DV 8, 3). Esta lista integral es llamada «Canon»
de las Escrituras. Comprende para el Antiguo Testamento 46 escritos (45 si se
cuentan Jr y Lm como uno solo), y 27 para el Nuevo (cf DS 179; 1334-1336;
1501-1504).
Los
Padres de la Iglesia acogen la Revelación, sea a través de la Escritura, sea a
través de la Tradición y son testigos de excepción de ésta; pero no son
instrumentos de Revelación, como son los Profetas y Cristo; los Apóstoles
también pero en cuanto unidos a Cristo. El trabajo de los maestros posteriores,
que tú encomias, tiene como fin, un esfuerzo de la inteligencia de la
Revelación para tomar conciencia cada vez más plena de la verdad en la que cree
y poder, en consecuencia, no sólo asumirla de forma cada vez más consciente y
acabada, sino también, e inseparablemente, expresarla de forma cada vez más
penetrante e interpeladora (Cfr. Fides
et Ratio, 65-66). Pero este trabajo, como todo, está sometido al juicio del
Magisterio.
Es
importante notar esto. La obra de Jesucristo es perfecta. Ha trasmitido a la
Iglesia su propia infalibilidad para que no quepa duda de lo que nos ha sido
revelado. De la Biblia y aun de la Tradición se pueden sacar pretendidas
verdades que no son tales, y que Dios no ha podido revelarnos. Para tener plena
seguridad está el Magisterio. “Quien a vosotros oye, a mi me oye.”
Lamentablemente no es raro hoy encontrarse con
teólogos que dejan de lado continuamente el Magisterio, con lo que demuestran
que por más que lo pretendan no son teólogos.