¿Miedo a hablar?

 

¿Qué nos pasa? ¿Por qué no estamos enamorados de la Verdad? Todo son miedos, muchos nos «aconsejan» callar. Por ejemplo, si ante un médico tocas la llaga del tema del aborto no sabes lo que te puede ocurrir. Cuando yo estaba embarazada tuve que «explotar» con firmeza ante una matrona y dos médicos que se inclinaban a que abortase. La actitud de uno de los médicos ha sido la de no hacerme ni caso cuando tuve que volver a verlo para otro tema; frialdad y «pasotismo» fue con lo que me recibió. Pero a mí no me importa, le pienso saludar y sonreír, como si no hubiera pasado nada, si lo encuentro de nuevo.

¡Cuántas veces caemos en la tentación de «bajar el listón» para que todo el mundo pueda saltar!  Llamamos «prudencia» a lo que es «cobardía». Lo más frecuente es callar, o hablar de otra cosa para que la gente no se espante.

Si reconocemos nuestra debilidad, la falta de fortaleza de nuestro corazón, tenemos que acudir al Señor. Necesitamos la luz y la fuerza del Espíritu Santo para saber decir la palabra adecuada que, no tiene por que ser de «sabiduría», ni mucho menos; simplemente de sentido común: una admiración sobre la sonrisa de un niño; un agradecimiento por el servicio de un desconocido; la alegría del deber cumplido, del amor otorgado y recibido... Todo ello puede parecer mínimo pero deriva de la bondad de Dios, el único que puede iluminar con  esa  Verdad que buscamos y necesitamos.

¡Enamorémonos del Señor! Que la lectura del Evangelio nos llene de la sencillez y amor con que Cristo hablaba con las personas. Pidámosle nos lleve por el camino del crecimiento hacia una madurez más plena que es, al mismo tiempo, sencillez y familiaridad.

Digámosle: ¡Aquí estoy, Señor! Envíame como heraldo de tu sentido común, tan lleno de amor, tan consciente del pleno Amor que nos tiene el Padre Celestial.

De todo corazón,

Rosario