PABLO Y SU RICA
ENSEÑANZA SOBRE LA IGLESIA
Aclaraciones. La palabra «Iglesia» en español, está tomada del
griego «ekklésía». Procede del Antiguo Testamento.
Significa la asamblea del pueblo de Israel, convocada por Dios, y
particularmente la asamblea ejemplar a los pies del Sinaí.
Con esta palabra ahora se alude a la nueva comunidad de los creyentes en Cristo
que se sienten asamblea de Dios, la nueva convocatoria de todos los pueblos por
parte de Dios y ante Él. Benedicto XVI nos explica el tema.
Gregorio Rodríguez, cpcr
La
Iglesia y las Iglesias
Ekklésía aparece sólo bajo la
pluma de Pablo, que es el primer autor de un escrito cristiano. Esto sucede en
la 1a Carta a los
Tesalonicenses, donde Pablo se dirige textualmente a la Iglesia de los
Tesalonicenses.
Así vemos que esta
palabra Iglesia tiene un significado variado: indica por una parte las
asambleas de Dios en determinados lugares (una ciudad, un país, una casa);
pero significa también toda la Iglesia en su
conjunto. Por tanto, la Iglesia de Dios no es sólo la suma de las
distintas Iglesias locales, sino que éstas son a su vez realización de la única
Iglesia de Dios. Y así, todas juntas son la Iglesia de Dios, que precede
a cada Iglesia local, y que se expresa y realiza en ellas.
Es importante observar
que casi siempre la palabra «Iglesia» aparece con el añadido de la
calificación «de Dios»: no es una asociación humana, nacida de ideas o
intereses comunes, sino de una convocación de Dios. Él la ha convocado y por
eso es una en todas sus realizaciones. La unidad de Dios crea la unidad de la
Iglesia en todos los lugares donde se encuentra.
Más tarde, en la Carta
a los Efesios, Pablo elaborará abundantemente el concepto de unidad de la
Iglesia, en continuidad con el concepto de Pueblo de Dios, Israel, considerado
por los profetas como «esposa de Dios», llamada a vivir una relación
esponsal con Él. Pablo presenta a la única Iglesia de Dios como «esposa de
Cristo» en el amor, un solo espíritu con Cristo mismo.
Es sabido que el joven
Pablo había sido adversario enconado del nuevo movimiento constituido por la
Iglesia de Cristo. Había sido su adversario, porque había visto amenazada en
este nuevo movimiento la fidelidad a la tradición del pueblo de Dios, animado
por la fe en el Dios único. Esta fidelidad se expresaba sobre todo en la
circuncisión, en la observancia de las reglas de la pureza cultual, en la
abstención de ciertos alimentos, en el respeto del sábado. Esta fidelidad los
israelitas la habían pagado con la sangre de los mártires en el periodo de los Macabeos, cuando el régimen helenista quería obligar a
todos los pueblos a conformarse a la única cultura helenista. Muchos israelitas
habían defendido con su sangre la vocación propia de Israel. Los mártires
habían pagado con la vida la identidad de su pueblo, que se expresaba mediante
estos elementos.
Ahora bien. Tras el
encuentro con Cristo resucitado, Pablo entendió que los cristianos no eran
traidores; al contrario, en la nueva situación, el Dios de Israel, mediante
Cristo, había extendido su llamada a todas las gentes, convirtiéndose en el
Dios de todos los pueblos. De esta forma se realizaba la fidelidad al único
Dios; ya no eran necesarios los signos distintivos de las normas y observancias
particulares, porque todos estaban llamados, en su variedad, a formar parte del
único pueblo de Dios en la «Iglesia de Dios», en Cristo.
La
Iglesia, Comunidad de Dios
Una cosa fue clara para
Pablo inmediatamente en la nueva situación: el valor fundamental y fundante de
Cristo y de la «palabra» que Le anunciaba. Pablo sabía que no sólo no se
es cristiano por coerción, sino que en la configuración interna de la nueva
comunidad, el componente institucional estaba inevitablemente ligado a la
«palabra viva», al anuncio del Cristo vivo en el cual Dios se abre a todos los
pueblos y los une en un único pueblo de Dios.
Es sintomático que
Lucas, en los Hechos de los Apóstoles emplee muchas veces, incluso a propósito
de Pablo, la expresión «anunciar la palabra» (Hch
4,29.31; 8,25; 11,19; 13,46; 14,25; 16,6.32), con la evidente intención de
evidenciar al máximo el alcance decisivo de la «palabra» del anuncio. En
concreto, esta palabra está constituida por la cruz y la resurrección de Cristo,
en la que han encontrado realización las Escrituras. El misterio pascual, que
ha provocado el giro de su vida en el camino de Damasco, está obviamente en el
centro de la predicación del Apóstol (cf 1 Co 2,2; 15,14).
Este Misterio,
anunciado en la palabra, se realiza en los sacramentos del Bautismo y de la
Eucaristía, y se hace realidad en la caridad cristiana. La obra evangelizadora
de Pablo no tiene otro fin que implantar la comunidad de los creyentes en
Cristo. Esta idea está dentro de la etimología misma del vocablo ekklesía, que Pablo, y con él todo el
cristianismo, prefirió al otro término, sinagoga, no sólo porque
originalmente el primero es más «laico» (derivando de la praxis griega
de la asamblea política y no propiamente religiosa), sino también porque
implica directamente la idea más teológica de una llamada exterior, digamos
así; no una simple reunión. Los creyentes son llamados por Dios, quien les
recoge en una comunidad, su Iglesia.
La Iglesia, Cuerpo de
Cristo
En esta línea podemos
comprender también el original concepto, exclusivamente paulino, de la Iglesia
como Cuerpo de Cristo. Al respecto, es oportuno tener presente las dos
dimensiones de este concepto.
Una es de carácter
sociológico, según la cual el cuerpo está formado por sus componentes y no
existiría sin ellos. Esta interpretación aparece en la Carta a los Romanos y en
la Primera Carta a los Corintios, donde Pablo asume una imagen que existía ya
en la sociología romana: él dice que un pueblo es como un cuerpo con distintos
miembros, cada uno de los cuales tiene su función, pero todos, incluso los más
pequeños y aparentemente insignificantes, son necesarios para que el cuerpo
pueda vivir y realizar sus funciones. Oportunamente el Apóstol observa que en
la Iglesia hay muchas vocaciones: profetas, apóstoles, maestros, personas
sencillas, todos llamados a vivir cada día la caridad, todos necesarios para
construir la unidad viviente de este organismo espiritual.
La otra interpretación hace referencia al Cuerpo mismo de Cristo.
Pablo sostiene que la Iglesia no es sólo un organismo, sino que se convierte
realmente en Cuerpo de Cristo en el sacramento de la Eucaristía, donde
todos recibimos su Cuerpo y llegamos a ser realmente su Cuerpo. Se realiza así
el misterio esponsal, que todos son un solo cuerpo y un solo espíritu en
Cristo. Así la realidad va mucho más allá de la imaginación sociológica,
expresando su verdadera esencia profunda, es decir, la unidad de
todos los bautizados en Cristo, considerados por el Apóstol «uno» en
Cristo, conformados al sacramento de su Cuerpo.
La
Iglesia... campo, templo, pueblo, casa de Dios
Diciendo esto, Pablo
muestra saber bien y nos da a entender que la Iglesia no es suya y no es
nuestra: la Iglesia es el cuerpo de Cristo, es «Iglesia de Dios», «campo de
Dios», edificación de Dios, «templo de Dios» (1Co 3,9.16).
Esta última designación
es particularmente interesante, porque atribuye a un tejido de relaciones
interpersonales un término que comúnmente servía para indicar un lugar físico,
considerado sagrado. La relación entre Iglesia y templo asume por tanto dos
dimensiones complementarias: por una parte, se aplica a la comunidad eclesial
la característica de separación y pureza que tenía el edificio sagrado, pero
por otra, se supera también el concepto de un espacio material, para transferir
este valor a la realidad de una comunidad viva de fe. Si antes los templos
se consideraban lugares de la presencia de Dios, ahora se sabe y se ve que Dios
no habita en edificios hechos de piedra, sino que el lugar de la presencia de
Dios en el mundo es la comunidad viva de los creyentes.
«Pueblo de Dios», en Pablo se aplica
sustancialmente al pueblo del Antiguo Testamento y después a los paganos, que
eran «e/ no pueblo» y que se han convertido también en pueblo de
Dios gracias a su inserción en Cristo mediante la palabra y el sacramento.
«Casa de Dios» (1 Tm
3,15). Ésta es una definición realmente original, porque se refiere a la
Iglesia como estructura comunitaria en la que se viven cálidas relaciones
interpersonales de carácter familiar.
Ésta es la grandeza de la Iglesia y de nuestra llamada: somos
templo de Dios en el mundo, lugar donde Dios habita realmente. Somos, al mismo
tiempo, comunidad, familia de Dios, que es amor. Por eso, debemos realizar en
el mundo la caridad de Dios y ser así, con la fuerza que viene de la fe, lugar
y signo de su presencia. Oremos al Señor para que nos conceda ser cada vez más
su Iglesia verdadera en este mundo. G.R.