“Muchas veces y de muchas maneras
habló Dios en el pasado a nuestros Padres
por medio de los Profetas.
En estos últimos tiempos nos ha hablado
por medio del Hijo”
(Hb 1, 1-2)
En el pasado, Dios habló muchas y veces y de
muchas maneras.
Ahí están los 73 libros que componen la Sagrada
Escritura.
Toda una sinfonía de voces y matices de Amor
para hacerse oír en todo tiempo, por todo hombre,
en cualquier cultura y civilización.
Ahí está el maravilloso diálogo de
Dios con la humanidad.
Un único misterio o designio amoroso
de Dios con nosotros.
Pero llegó un tiempo, un día, un momento...
en que la Palabra divina se hizo Rostro y Corazón humano
en Jesús de Nazaret:
brilló así y aquí la Plenitud de la Vida y del Amor.
¡Oh divina estrategia!
Ahora sí: el hombre
puede estar en Dios,
Comulgar, compartir
y conversar con Él...
Verle. Oírle.
Abrirse a su Amor...
¡Abrazarse sin confundirse; llenarse... y desbordar a lo divino!
Y ahora, hoy y siempre,
Precisamente porque en el centro de
la Revelación
está la Palabra divina
transformada en rostro,
el fin último del
conocimiento de la Biblia
no está en una decisión
ética o una gran idea,
sino en el encuentro con un
acontecimiento,
con una Persona, que da un
nuevo horizonte a la vida y,
con ello, una orientación
decisiva (Dios es Amor, 1).
El encuentro personal es posible. Puede darse ahora.
En tal caso: tu rostro puede irradiar su Rostro;
tu corazón, su Corazón.
Tu vida puede expresar su misma
Vida. ¿Quieres?
¡Ojalá escucharais hoy su voz! (Salmo 95/94,7).
P. Gregorio