PARA LA TRAVESIA DE
“ESTE MAR TEMPESTUOSO”
Sigamos
intentando ahondar en el conocimiento del hombre en su estado actual, es decir,
en su condición de animal racional, creado por Dios, pero no en un estado de
pura naturaleza, sino elevado al orden sobrenatural; caído en el pecado, -el de
los primeros padres y los muchísimos otros de sus hijos-, pero redimido por
Cristo. En los últimos artículos hemos hablado de la gracia habitual o
santificante.
La gracia, nueva naturaleza
Esta
viene a ser como una nueva naturaleza sobreañadida a la que hubiera podido ser
pura naturaleza humana. Como nos enseña S. Pedro en su segunda epístola, con
una introducción un tanto enrevesada –hay que reconocerlo-, esa como nueva
naturaleza es una participación en la naturaleza misma de Dios. Juzgue el
lector por si mismo: Simeón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que
por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo les ha cabido en suerte
una fe tan preciosa como la nuestra. A vosotros, gracia y paz abundantes por el
conocimiento de nuestro Señor. Pues su divino poder
nos ha concedido cuanto se refiere a la vida y a la piedad, mediante el
conocimiento perfecto del que nos ha llamado por su propia gloria y virtud, por
medio de las cuales nos han sido concedidas las preciosas y sublimes promesas,
para que por ellas os hicierais partícipes de la naturaleza divina,
huyendo de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia (2 P 1,
1-4). Con todo, la afirmación es clara: por el poder, “gloria y virtud”, de
nuestro Dios Salvador Jesucristo, sus fieles han sido hechos participes de la
naturaleza divina, y así lo ha entendido siempre la Iglesia.
Veamos
como lo presenta el Catecismo de la misma: “Nuestra justificación –dice en el
nº. 1996- es obra de la gracia de Dios. La gracia es el favor, el auxilio
gratuito que Dios nos da para responder a su llamada: llegar a ser hijos de
Dios (cf Jn 1, 12-18), hijos adoptivos (cf Rm 8, 14-17), partícipes de la
naturaleza divina (cf 2 P 1, 3-4), de la vida eterna (cf Jn 17, 3).”
De la
filiación divina adoptiva ya hemos hablado en números anteriores; la
participación en la naturaleza divina puede ser considerada una consecuencia
lógica, el hijo participa de la misma naturaleza de su padre. Pero, para que no
quedase duda, Dios nos lo ha querido confirmar revelándonoslo por medio de S.
Pedro.
Pero hoy queremos seguir adelante.
Toda
naturaleza creada está dotada de unas facultades en orden a la obtención de su
fin. Así la naturaleza humana dispone de los sentidos corporales externos e
internos, y de inteligencia y voluntad.
¿Lleva
consigo la gracia, esa participación en la naturaleza divina, algunas
facultades con las que tienda a su fin, la vida eterna en Dios del hombre
redimido por Cristo?
Se
suele responder que con la gracia Dios infunde en el alma las virtudes, que son
hábitos, no facultades.
Sin
entrar en una posible discusión escolástica, digamos que las virtudes
infundidas por Dios junto con la gracia santificante dan la posibilidad de
realizar actos sobrenaturales con los que merecemos la visión de Dios en la
gloria, y dar la posibilidad de una actividad es más propio de una facultad o
potencia activa que de un hábito. Por eso pienso que no hay inconveniente en
considerarlas facultades, sobre todo si se tiene en cuenta que la facilidad de
ejercerlas no es infundida por Dios, sino que se adquiere como la de los
hábitos naturales con el ejercicio.
Dotados de un organismo sobrenatural
Pero
dejemos esto. Lo importante es constatar que Dios nos dota de todo un organismo
sobrenatural: la gracia, a manera de naturaleza, las virtudes y los dones del
Espíritu Santo, a manera de facultades sobrenaturales. Todo ello infundido en
el alma al recibir el Bautismo. Leamos de nuevo en el Catecismo de la Iglesia:
“1265
El Bautismo no solamente purifica de todos los pecados, hace también del neófito «una nueva creación»
(2 Co 5, 17), un hijo adoptivo de Dios (cf Ga 4, 5-7) que ha sido hecho
«participe de la naturaleza divina» ( 2 P 1, 4), miembro de Cristo (cf 1 Co 6,
15; 12, 27), coheredero con El (Rm 8, 17) y templo del Espíritu Santo (cf 1 Co
6, 19).
1266 La Santísima Trinidad da al bautizado la
gracia santificante, la gracia de la justificación que:
- le
hace capaz de creer en Dios, de esperar en El y de amarlo, mediante las
virtudes teologales;
- le
concede poder vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo, mediante los
dones del Espíritu Santo;
- le
permite crecer en el bien mediante las virtudes morales.
Así
todo el organismo de la vida sobrenatural del cristiano tiene su raíz en el
santo Bautismo.”
Remos y velas para la travesía de la vida
Si el
poeta ha podido comparar la vida cristiana en esta tierra a la travesía de un
mar tempestuoso, no sin razón las virtudes han sido comparadas a los remos y
los dones del Espíritu Santo a las velas. Y es que efectivamente la travesía de
la vida cristiana cuenta con la ayuda de esos remos y de esas velas.
La
iniciativa, tanto en el uso de los remos como en la práctica de las virtudes,
es del hombre. Éste, en el segundo caso, dispone de la ayuda de la gracia, sea
habitual, sea actual, pero la iniciativa es suya; como el remero cuenta con su
propia naturaleza humana, con su cuerpo y sus músculos, con sus sentidos y con
su inteligencia y voluntad y la iniciativa de remar le sale de dentro, es suya.
En
cambio en el ejercicio de los dones del Espíritu Santo, como en el uso de las
velas, la iniciativa no es del hombre, sino del viento, Soplo de Dios en el
primer caso – espíritu quiere decir soplo-, corriente propicia de aire en el
segundo.
“Cuando no sopla viento, remos sin cuento.”
En
ambos casos vale el refrán, “cuando no sopla viento, remos sin cuento.” Dejando
ya la comparación, el refrán es muy útil en la vida cristiana, cuando el
Espíritu no viene en nuestra ayuda con sus luces, consuelos y mociones fuertes,
eficaces, no hay que cruzarse de brazos en espera de mejores tiempos; hay que
relacionarse con Dios con fe, con esperanza, con amor, en una vida de oración
humilde y perseverante; hay que practicar la justicia, la fortaleza la
templanza y todas las otras virtudes relacionadas con ellas y todo ello guiados
por la prudencia, cada cual en su momento y medida. Y esto, sea cual fuere el
estado o etapa espiritual en que el alma se encuentre, ascética o mística.
Y es
que la vida cristiana se desarrolla en dos tiempos o momentos que llamamos vida
ascética y vida mística. La primera se caracteriza por el esfuerzo –ascesis-
con que se practican las virtudes, tanto teologales, como morales. La segunda
por la acción del Espíritu divino en el alma mediante los dones. No se trata de
dos tiempos necesariamente sucesivos; pueden alternarse: una etapa
prevalentemente ascética puede conocer momentos místicos, y una etapa
prevalentemente mística, puede conocer momentos ascéticos. Es más,
convendrá que el místico, sin entorpecer
la acción del Espíritu Santo, coopere con él ascéticamente. Pero lo que
caracterizará siempre a la etapa ascética será el generoso ejercicio de las
virtudes, y a la mística el habitual soplo del Espíritu sobre los dones.
Digamos
de paso que no hay que confundir la vida mística con los fenómenos místicos que
encontramos en la vida de muchos santos, éxtasis, levitaciones, bilocaciones,
don de hacer milagros, etc. Puede darse y se da, gracias a Dios, vida mística
en no pocos cristianos, sin ningún fenómeno místico, y es que éstos no son
necesarios para la santidad, en cambio aquella sí, y lo extraño es que los
místicos, aun siendo numerosos, sean proporcionalmente al número de cristianos
pocos, muy pocos. Sorprende que, dotando Dios a todo bautizado de los dones del
Espíritu Santo, la inmensa mayoría parece tenerlos inactivos, como atrofiados,
hasta la misma muerte.
¿Por qué hay tan pocos místicos?
Pero
no nos quedemos en la sorpresa, preguntémonos por qué. La causa no está
ciertamente en Dios. Él nos ha dado los dones para que actúen y se desarrollen.
Algo falla en nosotros, si no lo hacen.
Alguno
podrá objetar, pero Vd. ha dicho, y es exacto, que los dones funcionan bajo la
acción del Espíritu Santo, que es él quien tiene la iniciativa y no el hombre.
¿No se está contradiciendo?
No. Lo
que ocurre es que para que el Espíritu tome la iniciativa hace falta que el
hombre esté dispuesto a secundar su acción. Y es esta disposición, esta
docilidad la que falta en la mayoría de las personas. ¿Por qué? Porque no se
quiere entrar en una vida ascética, porque no se quiere practicar las virtudes,
porque no se quiere renunciar a placeres, a comodidades, porque se deja que el
corazón se apegue a las criaturas y no sea libre, aun cuando se procure vivir
en gracia. En una palabra, la razón se encuentra en la mediocridad de la
inmensa mayoría de los cristianos, aun de los consagrados. Y es una pena, una
grandísima pena.
He
dicho y escrito más de una vez que el mayor mal de este mundo es la mediocridad
de los cristianos. Si el mundo está como está, la culpa es nuestra. Teniendo en
nuestras manos los medios más poderosos, divinos, para la conversión y
santificación de los hombres, tras dos mil años de cristianismo, miles de
millones de hombres e incluso cientos de millones de bautizados viven como si
Dios no existiera.
Reaccionemos
los que tenemos luz de Dios para comprenderlo y, con su gracia, que a
disposición tenemos todos, salgamos de la mediocridad. Y roguemos para que el
Señor quiera iluminar a todos, y todos puedan no solo salvarse sino también
llegar a la santidad.
José Mª Fernández-Cueto, cpcr.