«El sacerdocio es el amor del Corazón de Cristo»
Párrafos de la carta de Benedicto XVI para convocar el «Año
Sacerdotal», 16-6-2009
Sacerdotes heroicos
Tengo
presente a todos los presbíteros que con humildad repiten cada día las palabras
y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero,
identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su
estilo de vida. ¿Cómo no destacar sus esfuerzos apostólicos, su servicio
infatigable y oculto, su caridad que no excluye a nadie? Y ¿qué decir de la
fidelidad entusiasta de tantos sacerdotes que, a pesar de las dificultades e
incomprensiones, perseveran en su vocación de “amigos
de Cristo”, llamados personalmente, elegidos y enviados por Él?
Todavía
conservo en el corazón el recuerdo del primer párroco con el que comencé mi
ministerio como joven sacerdote: fue para mí un ejemplo de entrega sin reservas
al propio ministerio pastoral, llegando a morir cuando llevaba el viático a un
enfermo grave. También repaso los innumerables hermanos que he conocido a lo
largo de mi vida y últimamente en mis viajes pastorales a diversas naciones,
comprometidos generosamente en el ejercicio cotidiano de su ministerio
sacerdotal. (...)
Misión insustituible del sacerdote
El sacerdote continúa la obra de la redención
sobre la tierra… ¿De qué nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie
que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del
cielo: él es quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios; el
administrador de sus bienes… Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote y
adorarán a las bestias… (1).
Llegó
a Ars, una pequeña aldea de 230 habitantes, advertido
por el Obispo sobre la precaria situación religiosa: “No hay mucho amor de
Dios en esa parroquia; usted lo pondrá”. Bien sabía él que tendría que
encarnar la presencia de Cristo dando testimonio de la ternura de la salvación:
“Dios mío, concédeme la conversión de mi parroquia; acepto sufrir todo lo
que quieras durante toda mi vida”. Con esta oración comenzó su misión. El
Santo Cura de Ars se dedicó a la conversión de su
parroquia con todas sus fuerzas, insistiendo por encima de todo en la formación
cristiana del pueblo que le había sido confiado.
Contando con los seglares
Su
ejemplo me lleva a poner de relieve los ámbitos de colaboración en los que se
debe dar cada vez más cabida a los laicos, con los que los presbíteros forman
un único pueblo sacerdotal y entre los cuales, en virtud del sacerdocio
ministerial, están puestos “para llevar a todos a la unidad del amor:
‘amándose mutuamente con amor fraterno, rivalizando en la estima mutua’ (Rm 12, 10)”. En este contexto, hay que tener en
cuenta la encarecida recomendación del Concilio Vaticano II a los presbíteros
de “reconocer sinceramente y promover la dignidad de los laicos y la función
que tienen como propia en la misión de la Iglesia… Deben escuchar de buena gana
a los laicos, teniendo fraternalmente en cuenta sus deseos y reconociendo su
experiencia y competencia en los diversos campos de la actividad humana, para
poder junto con ellos reconocer los signos de los tiempos”. (Presbyterorum ordinis, 9) (...)
Redescubrir el sacramento del Perdón
En
Francia, en tiempos del Santo Cura de Ars, la
confesión no era ni más fácil ni más frecuente que en nuestros días, pues el
vendaval revolucionario había arrasado desde hacía tiempo la práctica
religiosa. Pero él intentó por todos los medios, en la predicación y con
consejos persuasivos, que sus parroquianos redescubriesen el significado y la
belleza de la Penitencia sacramental, mostrándola como una íntima exigencia de
la presencia eucarística. Supo iniciar así un “círculo virtuoso”. Con su
prolongado estar ante el sagrario en la Iglesia, consiguió que los fieles
comenzasen a imitarlo, yendo a visitar a Jesús, seguros de que allí
encontrarían también a su párroco, disponible para escucharlos y perdonarlos.
Al final, una muchedumbre cada vez mayor de penitentes, provenientes de toda
Francia, lo retenía en el confesonario hasta 16 horas
al día. (...)
Heraldo del Amor de Dios
El
Cura de Ars consiguió en su tiempo cambiar el corazón
y la vida de muchas personas, porque fue capaz de hacerles sentir el amor
misericordioso del Señor. Urge también en nuestro tiempo un anuncio y un
testimonio similar de la verdad del Amor: Deus
caritas est (1 Jn 4, 8). Con la Palabra y
con los Sacramentos de su Jesús, Juan María Vianney
edificaba a su pueblo, aunque a veces se agitaba interiormente porque no se
sentía a la altura, hasta el punto de pensar muchas veces en abandonar las
responsabilidades del ministerio parroquial para el que se sentía indigno. Sin
embargo, con un sentido de la obediencia ejemplar, permaneció siempre en su
puesto, porque lo consumía el celo apostólico por la salvación de las almas. Se
entregaba totalmente a su propia vocación y misión con una ascesis severa:
“La mayor desgracia para nosotros los párrocos –deploraba el Santo– es que el alma se endurezca”; con esto se
refería al peligro de que el pastor se acostumbre al estado de pecado o
indiferencia en que viven muchas de sus ovejas. Dominaba su cuerpo con vigilias
y ayunos para evitar que opusiera resistencia a su alma sacerdotal. Y se
mortificaba voluntariamente en favor de las almas que le habían sido confiadas
y para unirse a la expiación de tantos pecados oídos en confesión.
Sacerdotes llenos de Dios
En la
actualidad, como en los tiempos difíciles del Cura de Ars,
es preciso que los sacerdotes, con su vida y obras, se distingan por un vigoroso
testimonio evangélico. Pablo VI ha observado oportunamente: El hombre
contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que
enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio. Para que
no nos quedemos existencialmente vacíos, comprometiendo con ello la eficacia de
nuestro ministerio, debemos preguntarnos constantemente: ¿Estamos realmente
impregnados por la palabra de Dios? ¿Es ella en verdad el alimento del que
vivimos, más que lo que pueda ser el pan y las cosas de este mundo? ¿La
conocemos verdaderamente? ¿La amamos? ¿Nos ocupamos interiormente de esta
palabra hasta el punto de que realmente deje una impronta en nuestra vida y
forma nuestro pensamiento?. Así como Jesús llamó a los
Doce para que estuvieran con Él (cf. Mc 3,
14), y sólo después los mandó a predicar, también en nuestros días los
sacerdotes están llamados a asimilar el “nuevo estilo de vida” que el
Señor Jesús inauguró y que los Apóstoles hicieron suyo.(...)
El ejemplo de San Pablo
El Año
Paulino, que está por concluir orienta nuestro pensamiento también hacia el
Apóstol de los gentiles, en quien podemos ver un espléndido modelo sacerdotal,
totalmente “entregado” a su ministerio. “Nos apremia el amor de Cristo –escribía-,
al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron” (2 Co
5, 14). Y añadía: “Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no
vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos” (2 Co 5,
15). ¿Qué mejor programa se podría proponer a un sacerdote que quiera avanzar
en el camino de la perfección cristiana? (...)
Conclusión
Confío
este Año Sacerdotal a la Santísima Virgen María, pidiéndole que suscite en cada
presbítero un generoso y renovado impulso de los ideales de total donación a
Cristo y a la Iglesia que inspiraron el pensamiento y
la tarea del Santo Cura de Ars. Con su ferviente vida
de oración y su apasionado amor a Jesús crucificado, Juan María Vianney alimentó su entrega cotidiana sin reservas a Dios y
a la Iglesia. Que su ejemplo fomente en los sacerdotes el testimonio de unidad
con el Obispo, entre ellos y con los laicos, tan necesario hoy como siempre.
A
pesar del mal que hay en el mundo, conservan siempre su actualidad las palabras
de Cristo a sus discípulos en el Cenáculo: “En el mundo tendréis luchas;
pero tened valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).
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