UN AÑO SACERDOTAL

¿Qué voy a hacer yo?

 

Con ocasión del 150 aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars, el 19 de junio pasado, dio inicio en la Iglesia un Año Sacerdotal. Meses atrás, lo había declarado así el Santo Padre. Ese día 19 era también este año la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. ¡Buen comienzo! ¿Tendrá algo que ver, -o mucho tal vez-, el sacerdocio con el Corazón de Cristo? El Sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús, ha escrito el Santo Padre, con cita textual del Cura de Ars, en la carta personal dirigida a los sacerdotes con motivo de este Año. El objetivo de la celebración es el siguiente: Este año desea contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo.

Está claro. Ahora la pregunta es: yo, cada uno de nosotros, hombres y mujeres que valoran el Sacerdocio ministerial de Cristo, concretado en nuestros sacerdotes, ¿qué vamos a hacer por los sacerdotes? ¿Pensaré que un tal Año es cosa sólo de los sacerdotes, puesto que ellos son los que tienen que buscar la urgente renovación interior? A ellos va directamente dirigido, pero yo tengo que ayudarlos. Pese a sus límites y pecados, -en algunos pocos casos muy graves, y hay que condenar- ¿acaso no están los sacerdotes ayudando y sirviendo siempre a los demás? ¿Qué están haciendo si no en una Eucaristía? ¿Qué, en la predicación y transmisión de la Palabra de Dios, en un confesionario, en la consulta y acompañamiento espiritual y de consejo, con los enfermos, niños, jóvenes y mayores..., con la catequesis, los novios y los casados, las familias, etc., etc.? Hemos de preguntárnoslo en serio y ser consecuentes: ¿qué quiero empezar a hacer por los sacerdotes en general y por el mío, mi párroco, en particular, para que sean santos en su vida y misión?

Nuestros sacerdotes tienen que ser valorados y queridos por lo que son y por lo que hacen, y tienen que saberlo. Tienen que saber que los admiramos, que estamos orgullosos de ellos, que los amamos, que les agradecemos cuanto hacen. Y más, que les queremos ver felices, santos y llenos de alegría en su diario quehacer apostólico (Cardenal C. Hume). Que pueden contar con nosotros. Que sabemos y creemos que sin ellos no tendríamos Eucaristía, Sagrario, Palabra de Perdón y Reconciliación... Que sin ellos nuestra vida no podría tener a Cristo Vivo. Por el sacerdote, ¿qué voy a hacer?

Por nosotros, los de casa, nuestros sacerdotes tienen que ser comprendidos, perdonados, jamás criticados, defendidos, acompañados por la relación y la amistad, y ayudados según nuestras posibilidades, tareas y profesionalidad. ¿Seguro que es así? Por el sacerdote, ¿qué voy a hacer?

Nuestros sacerdotes han de ser ayudados a vivir su soledad como riqueza humana y orante; su celibato, como ardiente expresión de libertad y de amor a Cristo, a la Iglesia y a los fieles. Tienen que ser ayudados a vivir su pobreza, que en muchos casos no es poca, como la riqueza que tienen para dar a todos los empobrecidos de Dios y de bienes, a todos los que a él se acerquen. De verdad, por los sacerdotes, ¿qué voy a hacer? Rezar está bien. Pero ¿por qué no rezar con ellos en algún momento de la semana? Haz la propuesta.

El sacerdocio ministerial, don del Corazón de Cristo que los sacerdotes han recibido, les ha consagrado para servir, humilde y autorizadamente, al Pueblo de Dios. Misión indispensable para la Iglesia y para el mundo. De parte de ellos, exige fidelidad plena a Cristo y unión con Él (santidad); de la nuestra, apoyo, oración y colaboración (también santidad). Personalmente o en grupo, ¿qué voy a hacer por los sacerdotes?