Ecumenismo espiritual
Esta forma de procurar la Unión
de las Iglesias está al alcanza de todos y supone, como lo resume el Papa, las
siguientes actitudes: santidad de vida, conversión del corazón, oraciones
privadas y públicas.
Al publicar el mes pasado en esta sección las intenciones de
cada día del Octavario de oración por la Unión de las Iglesia, hacíamos notar
que en este año se celebra el centenario de esta llamada comunitaria a la
oración. Benedicto XVI, en la audiencia del miércoles 23 de enero hizo un
balance de esta iniciativa eclesial, del que ofrecemos algunos párrafos.
Una
intuición del Rev. Wattson
Este año, la Semana de Oración por la
Unidad de los Cristianos asume un valor y un significado particulares, pues
recuerda los cien años de su inicio. Desde sus inicios fue una intuición
verdaderamente fecunda. Fue en 1908: un anglicano estadounidense, que después
entró en la comunión de la Iglesia católica, fundador de la «Society of the
Atonement» (comunidad de hermanos y hermanas del Atonement), el
padre Paul Wattson, junto a otro episcopaliano, el padre Spencer Jones, lanzó
la idea profética de un octavario de oraciones por la unidad de los cristianos.
La idea fue acogida favorablemente por el arzobispo de Nueva York y por el
nuncio apostólico. El llamamiento a rezar por la unidad después se extendió, en
1916, a toda la Iglesia católica, gracias a la intervención de mi venerado predecesor,
el Papa Benedicto XV.
Cuando después sopló el viento
profético del Concilio Vaticano II se experimentó aún más la urgencia de la
unidad. Después de la asamblea conciliar continuó el camino paciente de la
búsqueda de la plena comunión entre todos los cristianos, camino ecuménico que
año tras año ha encontrado precisamente en la Semana de Oración por la Unidad
de los Cristianos uno de los momentos más apropiados y fecundos.
Alma
del movimiento ecuménico
(...) el Concilio Vaticano II prestó
gran atención, especialmente con el decreto sobre el ecumenismo («Unitatis
redintegratio»), en el que, entre otras cosas, se subrayan con
fuerza el papel y la importancia de la oración por la unidad. La oración,
observa el Concilio, está en el corazón mismo de todo el camino ecuménico.
«Esta conversión del corazón y santidad de vida, juntamente con las oraciones
privadas y públicas por la unidad de los cristianos, han de considerarse como
el alma de todo el movimiento ecuménico» («Unitatis redintegratio», 8).
Gracias precisamente a este
ecumenismo espiritual —santidad de vida, conversión del corazón, oraciones
privadas y pública—, la búsqueda común de la unidad ha experimentado en estas
décadas un gran desarrollo, que se ha diversificado en múltiples iniciativas:
del recíproco conocimiento al contacto fraterno entre miembros de diversas
iglesias y comunidades eclesiales, de conversaciones cada vez más amistosas a
colaboraciones en diferentes campos, del diálogo teológico a la búsqueda de
formas concretas de comunión y de colaboración. Lo que ha vivificado y sigue
vivificando este camino hacia la plena comunión entre todos los cristianos es
ante todo la oración. «No ceséis de orar» (1 Tes 5, 17) es el tema de la
Semana de este año.
En
la unidad mostraremos el Rostro de Cristo
La conciencia de nuestros límites
humanos nos lleva a abandonarnos confiadamente en las manos del Señor. Si se
analiza detenidamente, el sentido profundo de esta Semana de Oración es
precisamente el de apoyarse firmemente en la oración de Cristo, que en su
Iglesia sigue rezando para que «todos sean uno... para que el mundo crea...» (Juan
17, 21). Hoy percibimos intensamente el realismo de estas palabras. El
mundo sufre por la ausencia de Dios, por la inaccesibilidad de Dios, desea conocer
el rostro de Dios. Pero, ¿cómo podrían y pueden los hombres de hoy reconocer
este rostro de Dios en rostro de Jesucristo si los cristianos estamos
divididos, si uno enseña contra el otro, si uno está contra el otro? Sólo en la
unidad podemos mostrar realmente a este mundo, que lo necesita, el rostro de
Dios, el rostro de Cristo.
Se
ha abierto un camino fecundo
En este período la Iglesia católica
ha entrado en contacto con las demás iglesias y comunidades eclesiales de
oriente y occidente con diferentes formas de diálogo, afrontando con cada una
esos problemas teológicos e históricos surgidos en el transcurso de los siglos
y que se han convertido en elementos de división. El Señor ha permitido que
estas relaciones amistosas hayan mejorado el recíproco conocimiento, que hayan
intensificado la comunión, haciendo al mismo tiempo más clara la percepción de
los problemas que todavía quedan abiertos y que fomentan la división. Hoy, en
esta semana, damos gracias a Dios que ha apoyado e iluminado el camino hasta
ahora recorrido, camino fecundo que el decreto conciliar sobre el ecumenismo
describía como «surgido por el impuso del Espíritu Santo» y «cada día más
amplio» («Unitatis redintegratio», 1).
Unión
con todos y entre todos
Queridos hermanos y hermanas: acojamos la invitación a «no cesar de orar» que el apóstol Pablo dirigía a los primeros cristianos de Tesalónica, comunidad que él mismo había fundado. Y precisamente porque sabía que habían surgido confrontaciones quiso recomendar que fueran pacientes con todos, que no devolvieran mal por mal, que buscaran siempre el bien entre sí y con todos, permaneciendo felices en toda circunstancia, felices porque el Señor está cerca.