MAURICIO TORNAY,

de los Alpes al martirio en el Tibet

 

“Todo está en empezar siempre, contra viento y marea, y en no desalentarse nunca. Y así, cuando mueres has vencido”.

La vida breve de Mauricio, misionero suizo, se divide en tres periodos de casi igual duración: su infancia hasta los 15 años en la aldea de La Rosière, suspendida en el flanco de los Alpes;  sus estudios en Suiza durante 11 años, y su vida activa de trece años de misión.

Nace el 31 de agosto de 1910, séptimo hijo de una familia de ocho vástagos. Posee cualidades e inteligencia excepcionales unidas a un carácter fuerte, enérgico que le impulsa hacia objetivos muy concretos. Los padres comercian con ganado. Los hijos, como todos los niños y jóvenes de los valles alpinos, ayudan en casa, en el campo, en la guarda de la ganadería, en los prados, en las viñas, aparte de sus deberes de la escuela.

A los 15 años, ingresa en la Abadía de San Mauricio y allí permanece interno hasta que cumple los veintiuno. Su aplicación y devoción destacan. Salpica las relaciones con las personas con trazos de humor, picardía y jovialidad.

Enamorado de la Eucaristía. “Cristo ha hecho de nuestra alma un cáliz, donde permanece a perpetuidad hasta que seamos tan locos como para expulsarlo mediante el pecado mortal”.

El horror al pecado anclado en su corazón, pone de manifiesto los frutos de la educación recibida impregnada de una profunda fe en el Señor.

Terminados los estudios de Secundaria, solicita su ingreso en los Canónigos Regulares del Gran San Bernardo. “Quiero cumplir mi vocación de abandonar el mundo y dedicarme por completo al servicio de las almas para conducirlas a Dios y salvarme yo mismo. Hay Alguien más grandioso que todas las bellezas de la tierra”.

Desde el noviciado escribe a su familia: “Nunca he sido tan libre, pues la Voluntad de Dios me es expresada en cada momento, y yo solo quiero hacer esa Voluntad. Tenemos que darnos prisa, querida hermana Ana, tenemos que apresurarnos; a nuestra edad, otros ya eran santos. Nuestra salud, nuestro tiempo es para aquellos que precisan de verdad de nuestra ayuda. Cuanto más vivo, más convencido estoy de que el sacrificio, la entrega y el abandono de toda pasión tienen un altísimo sentido en estos breves días que pasamos en este mundo. Dios nos quiere santos, nos quiere puros, nos quiere alejados de caer en tanta tentación. Todo es fatuo; primero placer, luego desencanto, tristeza y amargura”.

Providencialmente, las Misiones Extranjeras en París solicitan a la Congregación el envío al Himalaya de religiosos habituados a la vida de montaña.

Mauricio desea ir, pero una úlcera duodenal necesita intervención. La convalecencia es larga y la experiencia del dolor le mueve a animar a su familia a utilizar en positivo el tesoro tan desconocido del sufrimiento. “Nuestras penas poseen un valor infinito si se ofrecen y se unen a las de Cristo”.

Con 25 años, el 8 de septiembre de 1935 el joven canónigo ya restablecido pronuncia sus votos de pobreza, castidad y obediencia.

Parte hacia Asia, y tras 45 días de viaje llega con dos compañeros más al Tibet. “Ahora que he viajado tanto, he visto que la desgracia mayor de las gentes está en haber olvidado a Dios, en vivir una vida inmersa en egoísmo, insolidaridad, venganza, desamor, buscando la propia satisfacción y placer a toda costa. Deseo trabajar con todo el ardor de mi alma en que se conozca lo que Dios pide de cada uno de nosotros, sin deseo alguno de que mi labor resalte. Quiero extenuarme en este servicio”.

Estudia chino con un pastor protestante consiguiendo rápidos progresos; más tarde aprenderá y predicará también en tibetano. Su vida de plegaria, meditación y silencio se fortalece. “En ello consigo la fuerza para sobrellevar la cruz de misionero”.

Escribe a sus padres: “El campo que roturáis algún día lo dejareis; lo que amáis, un día se irá. Hay que amar todo, pero solo en la medida que ese amor lleve a Dios y a lo que Él a través de su Palabra desea de todos”.

La ordenación sacerdotal de Mauricio se realiza en Hanoi tras veinte días de viaje desde su misión.

En 1939 estalla la II Guerra Mundial; el Tibet se ocupa militarmente. “Cuanto más difíciles son los tiempos, más urgente es ponerse en constante oración y ocuparse por el bien de las gentes”.

En 1945, con 35 años, es nombrado párroco de Yerkalo, pueblo en lo alto de los montes tibetanos.

El cristianismo sufre una fuerte oposición por parte de los lamas. “Antes de llegar a Yerkalo ya me llegaron noticias de que sería expulsado de este pueblo. En las danzas de los lamas se proclama que los misioneros deberemos marcharnos, pero he sido enviado a Yerkalo por mi obispo y en mi puesto permaneceré. Si quieren expulsarme solo lo lograrán atándome a un mulo y arreando al animal”.

Al año siguiente, el 26 de enero de 1946, cuarenta lamas irrumpen en la morada de Mauricio, la destruyen y lo llevan por la fuerza fuera del Tibet, dejándolo cerca de la ciudad china de Pamé. Comienza su año más duro. En esa ciudad solo hay una familia cristiana. Los lamas le amenazan de muerte si no interrumpe su correspondencia con los fieles de Yerkalo. “En Pamé me entrego día a día a la oración constante y profunda, a la virtud y a la visita y cuidado de enfermos chinos”.

Recibe carta del gobernador de la Provincia del Tibet, del que depende la localidad de Yerkalo, invitándole a regresar. Contento, inicia la vuelta a pie, pero cerca de la ciudad es apresado por los lamas y vuelto a expulsar por la fuerza de ese territorio.

Acaricia el deseo de visitar al Dalai Lama en Lhassa, capital del Tibet, para obtener de él autorización de libertad religiosa para el cristianismo en Yerkalo. Para ese proyecto comunicado de antemano a Europa, recibe la aprobación y el estímulo de Suiza, Francia y la Santa Sede.

En 1949, a sus 39 años, se une a una caravana y emprende en caminata el viaje, que durará dos meses hasta llegar a Lhassa. A pesar de ir camuflado, es reconocido y denunciado. Le obligan por la fuerza a abandonar la caravana, pero al día siguiente vuelve sobre sus pasos y logra alcanzarla. Es seguido por lamas armados que en un descanso surgen de improviso del sotobosque. Disparos alcanzan primero a su querido compañero Doci que es herido. Mauricio se precipita a atenderle y en ese momento más descargas desploman a Mauricio Tornay. Es el mediodía del 11 de agosto de 1949 cuando de esa forma entrega su vida a su ansiado y querido Dios “por propagar la religión católica en Yerkalo”, según se recoge en las declaraciones dadas por los lamas a las autoridades chinas.

El día de la muerte es el más feliz de nuestra vida. Hay que alegrarse pues significa la llegada a la verdadera patria”. Eso dejó escrito en su diario de infancia.

José Ramón González