Advertir y reconocer lo que Dios quiere de cada uno

 

Durante varios meses hemos publicado en esta sección las «cartas» del P. Hugo en las que ha ido definiendo el por qué y  para qué del discernimiento espiritual, procurando ayudar al lector a iniciarse en el mismo. Comenzamos ahora la segunda parte de «Maestro, ¡que vea!» en la que, en vez de cartas nos irá enviando «E-mails» con sus «archivos adjuntos». Esta parte es mucho más práctica y la asimila con un «botiquín de primeros auxilios para el discernimiento espiritual.

 

Introducción al cuaderno segundo

 

Comienzo con una parábola muy fuerte, pero muy significativa, se titula: El lirio infeliz. “Había un hermosísimo lirio que crecía en un extremo del campo. Rodeado de piedras y de ortigas que admiraban su belleza, el lirio resplandecía feliz. Un día visitó ese lugar un pájaro de múltiples colores. El lirio trató de ser amigo, pero el pájaro lo rechazó y despreció la fealdad y pobreza de sus compañeros. - No sé cómo puedes vivir aquí, entre piedras y ortigas. Crees que este lugar es hermoso, porque no conoces la verdadera belleza. Yo sí conozco lugares encantadores donde los lirios pueden lucir plenamente su belleza y ser admirados por quienes valen la pena. El lirio empezó a lamentar su suerte, a sentirse horrible, a odiar a los que vivían a su lado a quienes ahora veía feos y miserables. En sus frecuentes visitas, el pájaro seguía envenenando el corazón del lirio, hablándole de lejanos paraísos, haciéndole odiar cada vez más a sus antiguos compañeros, que ya ni se atrevían a mirar al lirio y vivían dolosamente su desprecio. Un día, el lirio ya no pudo aguantar tanta desdicha y le dijo al pájaro: - Quiero irme de aquí, llévame a esos lugares fabulosos que conocer donde yo pueda lucir mi belleza en todo su esplendor. El pájaro arrancó al lirio con su pico y, a las pocas horas, murió“.

No escuches ni sigas nunca a las personas amargadas que te enturbian el alma, te siembran el desasosiego, te van arrugando el corazón. Examina a las personas que tratan de convencerte o influir en ti: hazles caso si las ves felices, si en su vida resplandece el optimismo, si lo que te dicen te provoca alegría, ganas de vivir plenamente. No les hagas caso si sientes que sus propuestas te van amargando, te roban la ilusión, te marchitan la utopía, te quitan la paz, te alejan de la personas que realmente te quieren y te necesitan.

¡Con qué facilidad podemos tomar el mal por el bien o viceversa! Nos equivocamos muchas veces en hechos aislados; lo peligroso es cuando esto es habitual y uno sigue empeñado que está en el camino bueno. Tenemos que discernir. El problema no es que la vida sea una lucha, sino no saber luchar.

En el primer fascículo de: “Maestro, ¡que vea!” he puesto algunas preguntas y he dado respuestas: ¿Por qué, para qué y cómo iniciarse en el discernimiento espiritual? ¿Qué pretendemos con el mismo?  ¿Cuáles son los resultados del discernimiento espiritual? ¿Qué pasos dar?

Les recuerdo sintéticamente, aunque con otras palabras, algunas consideraciones que están en dicho fascículo y que necesitamos tener presente. Es el momento de hacerlo, para poder luego dar un paso más.

Hay que descubrir los impactos interiores, en la oración formal, en los tiempos libres, en las lecturas, en la vida, en las veinticuatro horas del día, incluso en los sueños.

¡Cuántas veces te habrás dicho: “No sé lo que me pasa…, hoy por la mañana estuve de buen humor, con muchas ganas de orar, de ayudar al quien tuviese necesidad; pero a la tarde, me puse agrio, busqué la computadora y me pasé toda la tarde y aun parte de la noche enfrascado en ella, olvidándome de los demás!” Tironeos interiores, vaivenes del corazón, tentaciones habrá siempre. El mismo Jesús fue tentado. Nos hace bien una sospecha proporcionada. Para descifrar esto o situaciones similares viene bien recordar los pasos para el discernimiento:

Sentir: ¿Qué nos pasa adentro?, percibir lo que se experimenta. “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3, 20) Oír que llaman.

Reconocer: Se debe conocer quien es el que llaman. Puede ser, según San Ignacio, con la terminología propia de su época:

* el buen espíritu, o sea Dios y las mediaciones buenas, humanas, eclesiales, etc, que me indican la voluntad de Dios, que favorecen la comunión.

* el mal espíritu, el no Dios, el demonio, nuestras oscuras tendencias (pulsiones) y todo lo que nos impide vivir la voluntad de Dios y favorece el egoísmo.

Así como por las señales que da una persona en su forma de hablar, de caminar, de respirar, etc se puede discernir si tiene buena o mal salud.

Hay que distinguir los movimientos interiores, los dos espíritus opuestos que me impulsan hacia algo: deseos, ideales, idealismos, etc. Poner nombre: ¿es gracia o es tentación?; ¿me ayuda o no me ayuda?

Actuar en consecuencia: Cada moción es tiempo de decisión. Si la moción es del buen espíritu recibirla, incorporarla, hacerla parte del propio proceso espiritual, ya que quiere mi vida en plenitud; en cambio, si es del mal espíritu, que en el fondo desvía de la felicidad, hay que rechazarla y lo antes posible. Como el que echa las redes en el mar y al recogerla, selecciona. Tomar partido con lo que lleva a Dios o separa de él. Son las microdecisiones diarias para llegar a tomar macrodecisiones, cuando Dios las pida.

Es el clásico camino de: ver, juzgar y actuar.

Con el Botiquín de primeros auxilios para el discernimiento espiritual iremos agudizando el advertir los síntomas (sentir), para hacer el diagnóstico (reconocer) y poder medicar, poner el remedio (actuar de una o de otra manera), logrando así adherir con más lucidez y pasión al querer de Dios, que no siempre es fácil descubrir; más aún, a veces podemos vivirlo engañosamente, sea rígidamente o verla fantasiosamente a Dios en cualquier lado, confundiendo espontaneidad con flexibilidad.

Siguiendo el esquema de un prospecto farmacológico te describo:

Acción terapéutica de estos fascículos:

Formar una actitud de discernimiento para que se advierta y reconozca lo que Dios quiere o no de uno, y se logre una decisión libre, y para que se pueda ayudar en esto a los demás.

P. Hugo Nazareno Massimino, cpcr.